HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





jueves, 24 de marzo de 2011

EL ESCRITO DE TOLEDO


Primera Parte: LAS CALLES SERPENTEANTES

“Por antiguas calles serpenteantes, los dos caballeros te indicarán el camino hacia la torre sangrienta, donde el oscuro dragón de la justicia te llevará con sus alas hacia donde la cruz de tus hermanos brilló sobre la luna, y allí desde lo alto verás los caminos infinitos de los inmortales en sus corceles de hierro”. El misterioso párrafo fue tallado por el monje Santiago de Arrúa en el siglo dieciocho en la pared de su calabozo de Toledo donde había sido encerrado por loco, antes de quitarse la vida. Existen registros que confirman que en efecto, el sacerdote había sido expulsado de su Orden luego de que perdiera la razón y de que comenzara a escribir y pronunciar textos y palabras inconexas y sin aparente sentido. No existen mayores precisiones históricas acerca de tan misterioso personaje. La pista de su figura se pierde en el tiempo. Pero su enigmático texto siempre me intrigó, al grado de despertarme luego de repetirlo en sueños o pesadillas.
Arrúa nunca llegó a ser considerado un visionario por la historia, dado que los pocos escritos que de él se conservan resultan breves y en apariencia incoherentes. Por ello, la teoría de que el monje hubiere perdido la razón pareciera ser la mayoritaria.
Aun así, y luego de haberlo pensado vagamente durante años, decidí hacer mi propia investigación acerca de su mensaje críptico, y para eso debía viajar al lugar donde Arrúa había pasado y terminado sus días: la medieval ciudad de Toledo, en el centro geográfico de España. Así que preparé mi mochila y todo el equipo que necesito para este tipo de travesías: mi anotador y mi cámara de video de bolsillo, cosas que jamás olvido, ya sea que viaje a Europa en un vuelo de doce horas, o a Mar del Plata con mi Chevy. Cada ruta puede ser una futura historia, una crónica, una lección o una herida. Pero de algo estoy seguro: jamás hay que quedarse quieto, viajar quizá no sea una elección, es un destino.
Hace poco leía que viajar es ser un extraño en otras latitudes donde nadie espera nada de nosotros, y que la geografía se aprende con los pies; para averiguar en definitiva quiénes somos en realidad, lejos de nuestro universo de objetos y afectos cotidianos.
El vuelo a España no pudo ser peor: el aire demasiado fuerte, mala comida, y encima nos pasaron una película de Jackie Chan. Llegué sin dormir a Madrid y dejé mi mochila en un hotel céntrico donde me alojaría unos días. En tren desde allí, en menos de una hora, estuve en el lugar donde Santiago de Arrúa había pasado sus atormentadas horas hacía ya tres siglos.
Toledo es una misteriosa ciudad de la edad media donde convergen rastros de un pasado que congrega rastros musulmanes, cristianos y judíos entre murallas y puentes que permanecen inalterables a pesar del paso de los siglos, y que guardan ecos de combates que van desde luchas de moros y cristianos hasta batallas de la Guerra Civil en la década del 30. Según pude averiguar cuando llegué, allí existía un viejo bibliotecario, poseedor de una de las colecciones de libros más grandes de España relativas a temática medieval, al que se conocía como Don Alfonso, quien era considerado además, el mejor historiador de la ciudad. Según me dijeron, nadie conocía como él, la historia de Toledo, sus personajes y sus mitos.
Mientras caminaba hacia la biblioteca donde mi futuro entrevistado vivía recluido entre antiguos textos polvorientos, en el centro histórico de la ciudad amurallada, no dejaba de pensar en las líneas iniciales del fragmento del monje: “Por antiguas calles estrechas y serpenteantes…” dado que de hecho, así eran las callejuelas de piedra sobre las que caminaba yo en ese momento. El archivo de libros y textos varios que servía de hogar al viejo Don Alfonso se encontraba tal como me habían dicho, con su puerta abierta para aquel que decidiera visitarlo; algo que intuía, no ocurría con mucha frecuencia.
El anciano me recibió en lo que parecía ser el comedor de su morada, cuya puerta de salida estaba flanqueada por dos armaduras completas de soldados de los siglos doce o trece, una a cada lado de las pesadas puertas, y en las paredes se apreciaban algunos escudos de la misma época. Me invitó a sentarme frente a él y me convidó con una copa de jerez. Por mi acento, enseguida supo que yo venía de Argentina. Sentados en unas sillas de madera hablamos de Toledo y también de Buenos Aires. Él me contó historias de monarcas árabes y acerca del acero toledano, y me preguntó sobre la Avenida de Mayo y su arquitectura hispánica. Por último, cuando le pregunté acerca del significado del texto de Santiago de Arrúa –lo cual motivaba mi visita–, el viejo hizo una pausa y mirándome como queriendo ver a través de mí, me dijo que no existía una explicación universal para esas líneas, pero que leyéndolas bien, cada persona debería tener la suya. Advirtiendo mi gesto de decepción, quizá por esperar una respuesta mas categórica, me dijo con tono seguro: “Deberías orgulloso de venir desde tan lejos buscando esas respuestas”, a lo que agregó: “te contaré: hubo épocas en las cuales los hombres daban sus vidas terrenales, sacrificándose en la certeza de que los esperaba la eternidad, entonces… ¿qué mejor manera de entrar a otra vida que muriendo por aquello que nos apasiona y que habita en nuestro corazón?”. Don Alfonso terminó su jerez de un trago y mirándome fijo me preguntó: “¿Alguna vez supiste de alguien que muriese haciendo algo que lo apasionara profundamente?”.
La primera imagen que vino a mi mente como respuesta fue la de mi amigo Fernando, compañero de ruta desde los años del secundario, con quien crecimos juntos a pesar de tomar luego caminos laborales diferentes. Aún cuando me mudé de barrio, jamás dejamos de vernos cada tanto en alguna pizzería de Montes de Oca. O hasta a veces el pasaba a buscarme por casa con su auto que se oía a la distancia. Recuerdo que escuchábamos a The Cult y hasta fuimos a verlos cuando vinieron a la cancha de River y tocaron bajo la lluvia con un Ian Astbury afónico. En el colegio Fernando, mientras los profesores daban clase, se dedicaba a dibujar autos sobrenaturales, bien bajos, con gigantescas ruedas y cruces de malta pintadas en sus puertas al estilo Custom. Él era un fanático del Chevrolet 400 tanto como yo de las Chevys. Cuando Fernando pudo tener su propio Rally Sport, fueron inseparables y recorrieron juntos toda la Argentina; lo bautizó el “Rayo de Barracas” y llevaba una cruz de malta cromada colgada del espejito retrovisor interno porque decía que lo protegía en todas las rutas del país. Siempre me decía que nuestros autos eran de una estirpe superior, “los guerreros del camino” repetía riéndose a carcajadas mientras hacía roncar aquel trombón libre bajo la puerta. “¡No tenemos carrocería, tenemos coraza!” les gritaba a veces al pasar a los conductores de autos mas nuevos que lo miraban como si estuviera loco. Con aquel 400 ruidoso, no dejó autovía ni camino polvoriento sin recorrer, buscando alguna princesa quizá en algún pueblo perdido del interior. Una tarde de verano, volviendo desde Jujuy tomó una curva cerrada demasiado rápido en un camino de tierra bajando un cerro, y se desbarrancó por un acantilado de piedras. Según los peritos murió en el acto. Entre lo poco que pudo recuperarse de su “Rayo de Barracas” estaba su querida cruz de malta que hoy descansa junto a él. Cuando Fernando, el “guerrero del camino”, se fue, sentí lo que debe sentir un soldado cuando ve caer a un compañero en combate.
Le conté a Don Alfonso la historia de mi amigo, y el viejo bibliotecario con tono de voz tranquilo volvió a preguntarme: “y donde crees que está la respuesta al significado del texto del monje de Arrúa?, a lo que yo respondí: “Aquí, en Toledo donde el vivió y murió”. Entonces el anciano meneando la cabeza en gesto negativo, se llevó la mano al pecho indicando el corazón y me dijo: “la explicación está aquí. Auque hayas viajado tantos kilómetros, la respuesta está dentro tuyo”. Tomó lo que quedaba de su jerez y se retiró diciendo: “ahora estoy muy cansado, debo irme. Así que se retiró a su habitación y me dejó solo en aquel comedor mirando a la puerta de salida que parecía custodiada por las dos armaduras que la flanqueaban. Fue entonces en la soledad de ese espacio que me quedé mirando fijamente ese detalle: las dos corazas con sus cascos y sus espadas, y recordé la parte del texto que decía “…los dos caballeros te indicarán el camino…”. ¿Acaso esas plateadas y mudas figuras medievales serían una señal?
Salí nuevamente a la calle y mientras me alejaba una vez mas por las calles serpenteantes, creí escuchar la voz burlona de Don Alfonso gritándome desde alguna ventana oculta: “¡Tu amigo Fernando ya encontró la respuesta!”.
De vuelta en Madrid, no pude dejar de visitar el Museo del Prado, el más famoso de España, donde hubo una pintura que llamó mi atención de manera siniestra. Se trataba de “Las Edades y la Muerte” de Hans Baldung Grien, una obra de 1539 en la cual la propia muerte lleva del brazo a una mujer anciana, y ésta a su vez trata de llamar la atención de otra mujer –en este caso joven y bella–. Así la anciana, cercana a lo inevitable, no deja de recordarle a la joven que ella es la siguiente a largo plazo. Pero sentí que lo más aterrador de esa obra de arte, era que la figura de la muerte llevaba en su mano derecha un reloj de arena como símbolo de que el tiempo estaba de su lado.
Al caer el sol me perdí en la noche madrileña, sus bares de tapas, sus sótanos y sus personajes; algo para lo cual siempre tuve particular facilidad. Recuerdo en especial un bar de paredes amarillas cerca del barrio Lavapiés donde me quedé hasta que cerrara, luego de lo cual salí a la vereda y me quedé hablando con unos inmigrantes africanos que habían llegado ilegalmente a España en la bodega de un barco carguero y apenas hablaban castellano. Ellos me contaron que previamente habían intentado entrar a Inglaterra, desde donde fueron deportados. No tenían nada que perder, sus vidas eran aventuras constantes.
Esa noche en mi habitación de hotel en la Gran Vía, miré las líneas escritas por aquel monje supuestamente loco de adelante hacia atrás, en forma vertical y transversal como si fuese un crucigrama, y así decidí que la siguiente etapa de mi viaje sería en busca del “oscuro dragón de la justicia”, el cual habitaría cerca de una supuesta “torre sangrienta” según el propio texto. Estaba decidido a desentrañar el misterio de aquellas líneas talladas en piedra. Para ello entonces, debía ir a la tierra de los dragones por excelencia, y solo había un lugar en el cual encontrar dragones oscuros.

Segunda parte: OSCURO DRAGÓN INGLÉS

Un día mas tarde llegué a Londres en un vuelo de EasyJet en clase turista. La tierra de Jack el Destripador, de Los Beatles, y de los dragones más famosos de la mitología universal me recibió como corresponde, con un día frío y húmedo. Caminé por sus puentes sobre el Támesis, por Westminster, Notting Hill, Covent Garden, Bloomsbury. Hice mi circuito nocturno por Picadilly, West End y el Soho, dentro del cual está Chinatown, pero los dragones chinos eran demasiado coloridos, y el que yo buscaba era oscuro.
Finalmente, y extenuado de tanto caminar hice una parada en el Pub “The George”, cerca de la Catedral de Saint Paul, donde se pueden tomar las mejores cervezas del mundo, y desde allí dentro a través de la ventana vi algo que me dejó paralizado: sobre la mitad de esa calle, se erigía una enorme columna sobre la cual reposaba la estatua de un dragón de color negro, con sus alas abiertas. Salí de nuevo a la calle, y entonces observé una enorme construcción frente a la estatua con forma de castillo, custodiada por un uniformado. El edificio tenía en su fachada un gran escudo con una inscripción. Al acercarme a leer lo que allí decía, finalmente estimé que había encontrado lo que buscaba: ahí se leía “The Royal Court of Justice”. Sentí entonces que quizá me hallaba frente a aquel oscuro dragón de la justicia. ¿Dónde estaría entonces la famosa torre sangrienta de la que hablaba el monje prisionero? Sin miedo al ridículo, me acerqué a aquel guardia uniformado desplegando mi mapa de turista, y le pregunté si en Londres existía algún lugar bajo esa denominación, a lo que el custodio me contestó en un inglés victoriano, con total cortesía y naturalidad apoyando su dedo índice en el medio de mi cartografía londinense: “Todo el mundo conoce La Torre Sangrienta, se encuentra en el castillo mas famoso de Inglaterra: La Torre de Londres”.
A la mañana siguiente, un taxista fanático del Arsenal me dejó en la entrada misma de la Torre de Londres, frente al Tower Bridge (puente de la torre), una de las postales más famosas del mundo. En ese enorme castillo donde se cometieron parte de las más atroces ejecuciones de Gran Bretaña, como las de las esposas de Enrique VIII o Santo Tomás Moro, me adentré en el lugar que buscaba: La Torre Sangrienta, que debe su nombre según cuenta la historia al misterioso crimen de dos niños herederos al trono en 1483.
Afuera, en los jardines del palacio, los cuervos mas célebres del reino graznaban orgullosos de su estirpe, eran parte de la iconografía más pura del imperio. Otras historias cuentan que esos cuervos son almas que volvieron a vengar una muerte injusta, sería por eso que había tantos.
Volví a mi hotel de Russel Square, donde sentí que habiendo completado casi todo el rompecabezas aún no encontraba sentido a los misteriosos vocablos del monje encarcelado. Solo me quedaba encontrar el lugar acorde a las palabras finales del texto, esas que hablaban de “allí donde la cruz de tus hermanos brilló sobre la luna…”, ¡para terminar mencionando “caminos infinitos”, “inmortales”, “corceles de hierro”! Todo eso empezaba a parecerme demasiado. Mi loco viaje siguiendo la pista de otro loco. Y aún sin comprender nada. Pero estaba embarcado en eso, y no era hora de bajarme. Así que volví a sacar mis libros y folletos de España donde se contaba la historia de las luchas medievales de moros contra cristianos. El símbolo de los musulmanes era la media luna, en tanto los cristianos enarbolaban sus cruces… y fue en Granada donde finalmente los moros fueron derrotados por los reyes católicos, luego de siglos de guerras. Allí sería entonces pensé, donde la cruz brilló sobre la luna… o sobre la media luna.

Final: CORCELES DE HIERRO

Hablar de la ciudad de Granada es hablar de un lugar a mitad de camino entre la realidad y el ensueño, donde un sol irreal brilla en tranquilas plazas, y donde las guitarras flamencas de los gitanos se mezclan con tradiciones entre lo europeo y lo árabe, entre lo cristiano y lo musulmán. Antiguo escenario de cruentas batallas militares y religiosas. Si alguna vez estuviste en Granada, nunca sabrás si lo viviste o lo soñaste.
Cuando desde Londres, llegué a esa ciudad dentro de Andalucía, al sur de España, sabía que inequívocamente debía adentrarme en un lugar si quería encontrar respuestas: La Alhambra, sede de los más lujosos palacios de los monarcas nazaríes, último bastión musulmán en la península ibérica.
Cuando entré en ese increíble complejo palaciego, recorrí sus jardines, fuentes, cascadas y enigmáticos salones que parecían salidos de una historia de “Las Mil y Una Noches”. Si los moros quisieron crear allí el paraíso musulmán, seguro que estuvieron muy cerca de lograrlo. Pero yo necesitaba ver el lugar clave para encontrar sentido a mi maldito texto. Así que decidí subir al punto más alto del Alcazábar –nombre que se da a la muralla defensiva de la Alhambra–, el sitio panorámico más elevado desde el cual se puede observar toda la ciudad de Granada. Desde allí, las últimas defensas moras, vieron avanzar a los guerreros cristianos en el siglo quince.
Subí a la cima del Alcazábar amurallado entonces, donde la cruz habría brillado sobre la luna.
El escrito de Santiago de Arrúa culminaba diciendo en su tramo final: “allí desde lo alto verás los caminos infinitos de los inmortales en sus corceles de hierro”. Entonces en ese punto, recordé la voz del viejo bibliotecario Don Alfonso cuando me comentó que hubo épocas en que los hombres sacrificaban sus vidas terrenales buscando la eternidad, y también cuando desde su habitación de Toledo me gritó que mi amigo Fernando ya tenía la respuesta a mi gran acertijo, acaso la forma de vencer al maldito reloj de la muerte de aquel cuadro del museo del Prado.
Aquello que nos apasiona nos vuelve inmortales. Esa es la clave de todo, ahora, en la edad media, y siempre.
En lo alto de la muralla cerré los ojos y juro que entonces te vi, mi viejo amigo Fernando, “guerrero del camino”, a bordo de tu “Rayo de Barracas” con tu cruz de malta en el pecho, levantando el polvo en los infinitos senderos del cielo, entre los soldados cristianos avanzando una vez más sobre Granada, con sus armaduras gloriosas y brillantes al lado de la coraza de tu 400 invencible, y vi sus caballos resoplando junto a tu corcel de hierro. Eras ya parte de ese ejército eternamente victorioso que nunca dejó de ir a la carga en la ruta de los sueños; ya veo tus banderas triunfales ondear bajo el sol de Andalucía o acaso el de la avenida Montes de Oca. Escucho el rugido de tu 250 y a The Cult en ese estéreo haciendo estremecer a tus enemigos. ¿Encontraste ya a tu princesa en ese pueblo perdido que no aparece en los mapas? El reloj de arena de la muerte se hizo trizas aplastado por las ruedas de tu Rally Sport que nunca detuvo su motor. Aguárdame con esa caballería invencible para el asalto final de los soldados de la pasión. Y que tu cruz brille siempre sobre la luna.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH