HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





viernes, 27 de agosto de 2010

VIDEO: LA SEGUNDA CRUZADA


Este es mi nuevo Video sobre mi cuento LA SEGUNDA CRUZADA, incluído en este blog y publicado en varios medios. Es un cortometraje de casi 15 minutos que incluye música de Morricone, Metallica, épica, etc., así como imágenes de viejas publicidades Chevrolet, películas, y hasta videos filmados por amigos y por mi mismo. Espero que les guste.


http://www.youtube.com/watch?v=6PNjjAbXaNg

jueves, 12 de agosto de 2010

MUTANTES Y GLADIADORES


“Había visitado en una ocasión anterior esta ciudad sin nombre
entre las arenas, y sabía algo de sus misterios, pero no todo, por lo que estaba ansioso por sondear estos enigmas hasta lo mas profundo” (Lin Carter “El Necronomicón-La traducción de Dee”)

Pasaron quince o dieciséis años ya, pero aún recuerdo haber visto pelear a un tipo de una sola pierna usando sus muletas como armas mortales en un pool de Constitución. Daba saltitos en la punta de su único pié como boxeador a la mitad, y a la vez que apoyaba una muleta, pegaba con la otra, y así iba alternando sus brazos de madera para hacer base y golpear a la cabeza, al torso, a las piernas. Mientras combatía sonreía todo el tiempo, quizá para desanimar a su contrincante. El sujeto se veía como indigente y tenía esa edad incalculable de quienes viven en la calle. Quizá veintipico, quizá cuarenta. Supongo que durante el día pediría limosnas en la estación fingiendo una minusvalía que no tenía a pesar de su pierna faltante. Pero en la noche era todo un artista marcial cuyo sensei fue la puta vida que lo hizo duro para no morir.
No ganó ni perdió aquella pelea. Dio y recibió, como suele suceder, pero cuando todo terminó se dirigió hacia la barra de aquel tugurio donde yo estaba apoyado, y quizá advirtiendo mi mirada de admiración cuando pasó a mi lado me saludó serio con la cabeza. Con su cercanía advertí que el tipo tenía ese olor inconfundible de quien duerme en la calle, el olor de la pobreza. En silencio le devolví el saludo del mismo modo levantando un poco mi lata de cerveza a su paso. Cuando pasó y quedó de espaldas a mí se detuvo, giró y me pidió que lo invite una ficha de pool. Le dije que no, que ya me iba. Asintió haciendo una especie de reverencia de bufón y siguió con sus muletas un paso mas, y volvió a detenerse y girar su cabeza de búho: “¿… Y una birra?”. Miré al orangután que atendía la barra y le dije: “Una lata mas de cerveza para él”.
Mientras me iba de aquel antro, vi al gladiador de las muletas gastadas saludarme con su flamante lata de Quilmes desde la barra. Se la había ganado.
Cuando salí de aquel reducto perdido en lo más oscuro de la ciudad, y ya del tiempo, caminé en la noche fría unos metros entre los subseres que poblaban ese arrumbado pasaje de Constitución cerca de la calle Brasil. Y entre los borrachos, los proxenetas, los tarjeteros de “saunas” y los rateros de poca monta, llegué hasta la avenida Garay donde pegado al cordón me esperaba mi lugar en el mundo: mi Fairlane LTD que me miraba con sus duales ojos soñadores. Ese auto tenía nombre como corresponde a todo ser viviente, y se llamaba Mark, quien había sido uno de mis personajes de historieta favoritos de la infancia. Mark era un aventurero solitario de un futuro post-nuclear, ideado por el genial Robin Wood y que aparecía en la revista El Tony, que vivía en un mundo destruido y apocalíptico, y luchaba contra tribus de “mutantes” y de “destructores”. Así me sentía yo cuando manejaba en las noches irrepetibles de aquellos mágicos años.
Justamente en aquellos primeros noventas un auto así no llamaba mucho la atención, mientras todo un país vendía su alma al diablo y se embarcaba en absurdos planes en cuotas para comprar un Duna que luego no serviría ni para chatarra. Pero mi enamoramiento con el Fairlane sobrepasaba los límites explicables desde la semántica. Sus líneas rectas e interminables que se extendían mas allá de la parrilla parecían diseñadas por algún aventurero loco que trató de imaginar la cuarta carabela de Colón para descubrir nuevos continentes. Y esos nuevos continentes o nuevos mundos eran los que yo pensaba explorar con mi LTD de pintura gastada. Quien así no lo hiciese estaría traicionando al espíritu y la imaginación creativa de aquellos maravillosos dementes de Detroit que idearon semejante carruaje celestial.
Entré al Fairlane y cerré su puerta sólida como escudo. Entonces respiré tranquilo, le dí arranque y salí por Garay derecho en dirección a la avenida Entre Riós. La noche era espectral y la gente “como la gente” a esa hora dormía entre las tristes paredes de sus hogares. Pero como ya dijera, mi hogar se llamaba Ford Fairlane LTD, o Mark, para hablar con propiedad. Era una noche de domingo, lunes ya, las 2 de la mañana, las oficinas estaban cerradas y los cabarets abiertos. Los hombres de familia dormían y yo no. Yo manejaba como vagabundo sin destino fijo entre mutantes y destructores imposibles de ver de día. Y era feliz como gato en los tejados buscando acción. Como diría la canción de Sade: hambriento por la vida y sediento por la distancia. Tenía 25 años y la inocencia de quien se siente inmortal.
Solo faltaba que me afeite la cabeza al estilo mohicano del Travis interpretado por De Niro en “Taxi Driver”. En ese tiempo mis horas parecían dirigidas por el Scorsese de aquella pieza fundamental (are you talking to me?).
Así manejé por desiertas avenidas mientras en el pasacassette sonaba una y otra vez mi compilado de The Cure con Robert Smith aullándole a la luna “the hanging gaaarden!”. Siempre tratando de encontrar el lugar más oscuro entre los neones donde quizá pudiese rescatar alguna princesa de las garras de los mutantes.
Serenidad espacial con caja de tercera al volante.
Una hora más tarde me encontraba en una pseudo-discoteca que si mal no recuerdo quedaba en la calle Esmeralda casi Viamonte en pleno microcentro. No creo que ese lugar exista más, lo cual sería muy triste. Y tengo la casi certeza de que se llamaba “Mi Club”, como su popular homónimo de zona sur conocido por generaciones, al cual sus habitués en algún momento llegaron a llamar “el Registro Civil” porque según se decía, estaba lleno de buenas chicas de barrio que iban a buscar novios con intenciones serias, lo cual -desde ya- lo hacía un lugar desaconsejable para mí. Pero lo cierto es que el “Mi Club” capitalino era un engendro al cual se accedía por una escalera descendente -¿Cómo si no?- como la mayoría de los inolvidables sótanos céntricos de Buenos Aires, donde pasaban mayoritariamente cumbia y música latina, cosa que me convertía en un notable sapo de otro pozo, acostumbrado a los lugares que yo frecuentaba donde pasaban música electrónica, a la que en aquellos años llamábamos “tecno” o “marcha”.
De lo que se trataba, era de descubrir nuevos submundos, o como diría Lin Carter en su anotación sobre el Necronomicón: de sondear misterios hasta lo más profundo. ¡Y bien profunda que era aquella cueva que latía por debajo de un microcentro que de día ignoraba la existencia de semejante universo en su inframundo!
“Mi Club” respondía a ese canon de cuasi-bailanta (más categoría que una bailanta y menos que una disco) con muchas mesitas, pista de baile, una barra y un escenario donde bandas de cumbia alternaban con el DJ. Como era de esperarse el elemento femenino no era de lo mejor dadas las características del lugar sumado al hecho de ser la noche de un domingo.
Pero al cabo de un rato ya me encontraba bailando en la pista –o dando lástima, dado que era evidente que nunca había bailado cumbia- con una morocha muy sexy que tenía las lolas naturales mas grandes que vi en mucho tiempo. Se llamaba María y curiosamente se veía mucho más linda que el promedio de mujeres del lugar.
María se veía incómoda y tensa, y yo pensaba que era debido a mi constante papelón en la pista de baile, pero de todos modos decidí preguntarle: “¿estás nerviosa por algo? “, le dije, y agregué: “Ya sé, es demasiado evidente que no sé bailar esta música, pero…” entonces ella me interrumpió diciendo tajante: “No, lo que pasa es que tengo novio…”. “Ah, bueno, pero igual si no vino, ¿Qué problema hay?” le dije entonces, a lo que ella respondió con cara de extrema preocupación: “Si vino, ¡y es el cantante del grupo que está tocando!”.
Allí fue cuando giré mi cabeza hacia el escenario donde por única vez en mi vida vi a un grupo de media docena de cumbieros pelilargos tocando y cantando con caras de enfurecidos como si fuesen Metallica. El cantante –por razones obvias- parecía el mas enojado de todos y me miraba fijo señalándome mientras cantaba como diciéndome: “en cuanto termine de cantar, nos bajamos y te matamos”. Para colmo de males, la tal María me dice al oído: “Y tengo malas noticias: este es el último tema y mi novio es re-celoso. Cuando termine el show te van a venir a buscar…perdoname”. Claro que podría perdonarla, pero de seguro, los de arriba del escenario a mi no me perdonarían.
Allí fue cuando mi sentido de supervivencia me indicó que debía retirarme cuanto antes de aquel local en el cual yo resultaba manifiestamente visitante. Y debía hacerlo antes de que la banda de cumbieros a pleno se baje del escenario a aniquilarme. Pero antes de irme, y como velocirraptor que asegura su presa, le dije a María: “ OK, ya me voy. Si querés nos vemos en un rato en el bar de Esmeralda y Lavalle, acá a menos de 2 cuadras, y te invito a desayunar”. La chica me miraba como si estuviera loco. Así fue como me dirigí rápidamente hacia la puerta de “Mi Club” mientras 6 o 7 músicos tropicales todos con sus camisas iguales, me lanzaban dardos con sus ojos amenazantes desde aquel perdido escenario.
Una hora más tarde, estábamos desayunando con la hermosa morena María, que apoyaba sus grandes atributos sobre la mesita del bar indicado, junto a las medialunas. Ella había tomado el riesgo y se había ido del boliche para compartir conmigo aquel café con leche inolvidable. Luego nos subimos al Fairlane y la llevé hasta su casa, que quedaba por Palermo –antes de que ese barrio se transformara en el lugar cool que hoy pretende ser-. Mientras manejaba por avenida Córdoba me sentía como el príncipe de los ladrones.
Luego de dejar a la bonita morocha en su casa, el maldito sol en la cara del lunes a la mañana me lastimó como a un vampiro, y me recordó que en pocas horas debía ir a trabajar otro día sin dormir.
Pasaron muchos años ya desde entonces. Con María no duramos casi nada, como alguien dijera alguna vez: nuestras colecciones de discos eran incompatibles.
Luego de tanto tiempo creo que ya no soy tan joven ni tan inmortal. Pero de vez en cuando en sueños vuelvo a aquella noche y a otras parecidas donde todos esos personajes me visitan. Entonces, al despertarme, extraño a mi Fairlane Mark y a aquellas historias de mutantes, princesas subterráneas y gladiadores de una sola pierna.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

miércoles, 21 de julio de 2010

VIAJAR EN EL TIEMPO


Conozco bastante de bares, y de putas, y de autos retro.
Conozco algo de cervezas importadas y de barras de tragos de Buenos Aires, y puedo recomendarte la Newcastle colorada, o alguna mezcla en la barra de atrás del “Living” de Marcelo T. y Paraná.
Manejo aceptablemente otros idiomas, los cuales me han servido más en los pubs que en entrevistas laborales.
Se que el sistema de combate de un striker es el opuesto al de un grappler, y puedo diferenciar un estrangulamiento sanguíneo de uno aéreo, que opera más rápido.
Sé que “Medusa” fue el mejor disco de Annie Lennox, y que difícilmente se pueda escribir un poema mejor que aquel de las “Chicas Tranquilas” de Bukowski.
Conozco y recito de memoria el monólogo inicial de Don Juan de Marco y el final de Blade Runner en idioma original.
Sé bien que los verduleros bolivianos son mejores que los chinos, al menos en mi barrio.
También sé que basta con mirar los tobillos y/o las muñecas de una mujer para saber como viene de piernas y cola.
Sé, por supuesto, que nunca seré el presidente del Colegio Público de Abogados.
Sé perfectamente, y además me consta, que las chicas del Metro de París son las mas elegantes del mundo, y las de la Avenida Atlántica de Río de Janeiro las más fáciles.
Sé todo eso, y apenas unas pocas cosas más.
Lo que nunca supe y lo que nadie sabe, es como diablos puede hacerse para viajar en el tiempo. El DeLorean de “Back to the Future” nunca existió, sino sería mas fácil para Michael Fox subirse a ese auto, en lugar de seguir peleándosela al parkinson. Pero no. Entonces pone cojones, y la pelea.
Pareciera que el camino difícil es la única vía. Esas historias de suertudos y millonarios de la noche a la mañana que pasan por Travel & Living no parecen ser las nuestras. Pero una máquina del tiempo: ¡vaya si solucionaría nuestros problemas!, así al menos viajaríamos un toque al pasado para no cometer los mismo errores. ¡Que fácil sería!
Pero no.
Quien no ha soñado con ese truco de viajar en el tiempo como en aquel túnel a rayas de Tony y Douglas. Un amigo hace poco me decía que hasta se iría un ratito a la agencia de Grandío & Lopez en los setentas para comprarse un Chevrón y dejarlo bajo una lona en un lugar secreto para luego quitarle la capota cuarenta años mas tarde y andarlo cero kilómetro en esta época.
Pero nunca descubrimos la condenada Time Machine.
Existe un lugar cerca de la avenida Galicia en Piñeiro, Avellaneda, donde el destino me llevó hace unos años, donde tras un portón de madera una familia de mecánicos celebra cada sábado el ritual de revivir viejos motores Chevrolet 230 y 250para asegurarles vida eterna. Hacia allí llegué una tarde a bordo de mi extenuada cupé ’71 y conocí una banda de tipos con historias de vida muy distintas a la mía.
No fuimos nosotros, sino nuestros caballos cansados, conocedores del camino, quienes allí nos llevaron.
Allí Rubén y sus hijos Ale y Diego revelan sus verdaderas identidades los fines de semana para el mundo exterior (como casi todas las personas, claro). Ellos de lunes a viernes fingen tener empleos fijos, administrativos, en firmas, en empresas o reparticiones públicas que en realidad, no hacen más que encubrir sus dotes reales de hacedores de milagros en los 6 cilindros y sus esqueletos. Juro que los he visto revivir chasis y motores que parecían muertos y sepultados hace tiempo. Pero llegado el sábado se calzan sus overoles azules y desenfundan su infinito arsenal de herramientas medievales, que imagino, fueron previamente bendecidas como espadas de cruzados, y se abocan al mandato transmitido por generaciones de hacer verdadera mecánica como se hacía en los sesentas y setentas.
Ese taller es nuestro meeting point. El círculo de amigos de Piñeiro se asemeja de alguna manera a una orden al estilo de la Mesa Redonda –ya sea la del Rey Arturo, o la del bar que más te guste-, y una vez dentro de ella, la hermandad nunca te abandonará, donde quiera que te encuentres. Los cofrades van a rescatarte cuando estés en problemas, ya sea en la ruta 2 a medianoche, o en un perdido camino provincial de Tucumán o de Corrientes, o en el Himalaya. Si estás en aprietos con tu 6 en línea, solo deberás hacer el llamado de emergencia y al rato verás dibujarse las siluetas de sus acorazados en el horizonte, llegando al rescate. Allí donde las pólizas y las grúas no se atreven. Allí donde las águilas se atreven, si entendiste.
En Piñeiro se cultiva la amistad al viejo estilo, y convergen cada sábado distintos personajes de las más variadas características.
Fito, por ejemplo, con su Chevy Zeppeliniana con sus calaveras y sus cadenas. Hay tanto metal en su auto como en su indumentaria.
Ezequiel, uno de los pocos capaces del milagro de transformar un Chevrolet 400 en una cupé con capot cowl induction y todo; tanto que parece un Nova . . . o casi un Nova.
Carlos y su hijo con su Impala 64 y su impecable Ford A. Aquí cabe mencionar que Carlos posee una fórmula secreta de preparación de chorizos a la pomarola con los que suele lucirse en muchos encuentros multimarca.
Está también Martín, curioso fanático de su Opel K 180 que aun nadie conoce pero que dicen las predicciones que cuando esté listo no dejará ruta del país sin pisar. Martín es además el único sujeto que conozco capaz de decirle a su novia que aun no está listo para casarse porque no terminó de armar su Opel . . . Me pregunto que dirá cuando lo termine.
Además está Daro, con su Chevy que responde al nombre de La Fénix, ya que literalmente resurgió de las cenizas. Daro es uno de esos tipos que han sabido ganar su libertad, dejando atrás a un jefe prisionero de sí mismo, y hoy partió hacia tierras del nordeste mesopotámico a aterrorizar a los lugareños con el sonido de su 250 furioso.
Y puedo mencionar también a mi vecino Emiliano, eterno compañero de caminos, y a también a Tulio, y a Ariel, con su sombrero tex-mex que yo mismo le traje de Baja California. Y Mauro, reciente padre de familia y dueño de un 400 y de un Rottweiler llamado Homero. Y a Richard, uno de esos chapistas de vieja escuela, cuyo oficio tiene mucho que ver con el arte.
Todos ellos, y algunos mas. Y yo, extraña clase de abogado que customiza una vieja cupé como la de un asesino serial hollywoodense.
Y todos nos reímos, y todos aceleramos, y todos escuchamos Metallica, y todos somos felices cuando el calor del motor se pasa al habitáculo, porque somos parte de la máquina de guerra y ella de nosotros, ¡porque eso está vivo!
Los puntos de encuentro de esta particular casta de soñadores suelen cambiar constantemente, y dada la naturaleza rutera y la pasión por el camino de sus miembros, hoy puede ser un pub irlandés en Mar del Plata, mañana un hotel al costado del camino en Chascomús, y luego un camping, o la parrilla “El Tano”, o el peaje Hudson, o cualquier lugar impredecible. Pero lo cierto es que se sabe que la única sede central del escuadrón, es el famoso portón de madera de zona sur en Piñeiro.
Me pone bien cuando veo otros grupos y hermandades amigas de diversos lugares del país cada vez que hay un encuentro; mis conocidos torineros, los fanas del Falcon, los dodgeros, y tantos otros. ¡Que parecidos somos!, ¿de veras pensaron que la “evolución” de la industria automotriz podría detenernos? ¿no saben acaso que el tiempo, que parece invencible a veces puede perder la partida al igual que en el cuadro de Dalí donde los relojes se derriten?
Hace poco me enteré de la existencia de un supuesto “Club del Audi”, cuyos miembros se reúnen periódicamente en una coqueta confitería de la Avenida Figueroa Alcorta en Palermo Chico, y hablan de negocios utilizando sus autos como pretexto. Los RRPP de dicha confitería diseñaron el Audi Lounge, un espacio exclusivo donde a los propietarios de vehículos de la prestigiosa marca alemana se les informa respecto de actividades y paquetes en Las Leñas y Cariló. Conforme consigna la revista Fortuna, el Gerente de Marketing de la mencionada firma automotriz, sostiene que “el Audi Lounge es un lugar de reunión, donde nuestros clientes pueden sentirse igual que cuando están sentados arriba de su Audi”.
Al otro extremo del mundo, en Piñeiro, junto al portón de madera, Betty, la mujer de Rubén y madre de Ale y Diego, nos prepara un bizcochuelo y nos tiene listos unos mates, mientras mis amigos y yo reforzamos nuestros dragones con chapa del 18, barras estructurales y jaulas tubulares. Nuestras fieras no ostentan frías siglas como A3, A6, A8 etc. Los nuestros se llaman Super Sport, Brava o Pura Pimienta. Sueño despierto e imagino, que algún día deberíamos arrasar el Audi Lounge como una invasión vikinga, dejando solo un montón de escombros y varios negocios inconclusos.
Y hablo de vikingos porque no dejo de pensar en mi viaje a otras edades de la historia de la humanidad.
Por todo ello, a esta altura puedo concluir que a ciencia cierta sé que nunca seré capaz de inventar una máquina para viajar en el tiempo. Pero conozco un lugar, en la zona sur, donde puedo experimentar un efecto bastante parecido y sentirme un poco dentro de otra época, donde la amistad y los autos eran de fierro.
Sé eso y unas pocas cosas más.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

domingo, 4 de julio de 2010

CONVOYS!


Se llamaba Edgardo pero le decían Egar, y era fanático de las series y películas de vaqueros. Dentro de los límites de sus dominios –una pequeña casa con patio y jardín en Lanús, a la vuelta del club Pampero– solía andar con un sombrero de cowboy, o “convóy”, como entonces se decía en los barrios suburbanos. A fines de la década del sesenta, él y su mejor amigo desplegaban día tras día un mapa-color de América del Sur sobre el piso de aquel patio inigualable. Marcaban y remarcaban dos cruces. Una en Buenos Aires y otra en Caracas, Venezuela. Entre ambos puntos trazaban rutas imaginarias con diferentes colores de “pinturitas” Faber. Los dos adolescentes soñaban con un viaje fantástico que los llevaría a través de ruinas incaicas y salvajes junglas, atravesando luego el mítico camino trans-amazónico para llegar finalmente a la capital venezolana. En el camino seguramente vivirían mil peligros e historias de amor. Si años antes unos audaces Ernesto Guevara y Alberto Granados lo habían intentado en una moto Norton 500, ¿por qué no habrían de lograrlo los dos intrépidos aventureros de la zona sur esta vez en un automóvil?
Primero pensaron que lo ideal sería hacerlo en un Jeep, pero luego decidieron que sería mejor algo con techo fijo, dada la larga travesía. Fue entonces muy difícil arribar a una decisión final en tal sentido, pero luego de tardes y tardes de debate, entre capítulos de Bonanza y canciones de los Beatles, ambos amigos pactaron que el mejor medio para llevar a cabo su periplo, sería el que surgiese de sus propios sueños de esa noche. “Hagamos algo”, sugirió Egar a su fiel amigo: “Hoy no decidamos nada. Fijate si esta noche cuando te vas a dormir soñás con un auto en particular. Un Peugeot, un Rambler, lo que sea. Y si soñaste con alguno en concreto y te lo acordás, anotate el nombre en un papel y traelo mañana a casa. Yo trataré de hacer lo mismo. Si nuestros sueños coinciden, ya sabemos cual será el coche para el viaje, y si no, tiramos una moneda a ver cuál gana”. Su amigo asintió con la cabeza y se fue a su casa muy serio mientras caía el sol suburbano y pensaba que aun durmiendo sus responsabilidades no terminaban.
A la mañana siguiente sonó el timbre de la casa de Egar, quien suspendió su Vascolet y, calzándose su sombrero texano, corrió atravesando el patio hacia la puerta con un papelito previamente plegado en forma muy prolija en su mano izquierda. Al abrir la puerta se encontró con su amigo que a su vez traía un bollito de papel madera en un puño cerrado y temblequeante. No se dijeron una palabra, se miraron y desplegaron sus enigmáticos papiros. En ambos se leía la misma categórica palabra mágica: Torino.
¿Con qué otra cosa hubiese soñado un adolescente de los años sesenta más que con ese motor Tornado de 4 bancadas y ese toro rampante en el frente? Con los ojos llenos de lágrimas se estrecharon la mano y corrieron a desplegar una vez más aquel garabateado mapa sudamericano.
Pero lo cierto es que tanto Egar como su compinche eran hijos de inmigrantes italianos laburantes de aquella Argentina industrial, y a sus jóvenes años estaban muy lejos de poder adquirir un auto tan magnífico, que siempre fue tan caro. Claro que eso no les impedía lo más importante: soñar.
Así pasaron unos meses dibujando líneas sobre su precaria cartografía, y haciendo listas del equipo necesario para el recorrido, hasta que Egar comenzó a sentirse mal. Y tan mal se sentía que con los días le pidió a su amigo que pospusiesen por un tiempo la eterna planificación de su aventura y, por lo tanto, también las visitas a su casa a trazar rutas y ver Bonanza. Dijo que necesitaba descansar y hacerse unos estudios médicos para ver realmente qué le estaba pasando. El semblante de sus padres había cambiado y se veían misteriosamente preocupados.
Dos semanas después, en una mañana de noviembre, víctima de una insuficiencia renal fulminante, Egar se fue sin avisar, buscando quién sabe que nuevos viajes y aventuras infinitas. Su amigo nunca lo superó.

Año 2010. Arden las cafeterías de Buenos Aires en el viernes a la tarde. Los planes de fin de semana parecen inagotables. Todas las grandes esperanzas deberán materializarse dentro de las próximas 48 horas. El lunes es como la muerte que sabemos inexorable pero lo sentimos tan lejano que ni pensamos en él. Los subterráneos realizan su frenético delivery humano, transportando almas apiñadas con sus ojos en blanco pensando en alguna quimera de weekend. Ese fin de semana que representa un desafío como si fuese una hoja en blanco.
En un repleto vagón del Subte C, viaja Víctor, un repartidor de productos La Virginia rumbo a la estación Constitución. Desde hace décadas recorre a pie las áreas que le asignan con muestras de productos que lleva en una valijita. Hoy le ha tocado Zona Norte y pudo terminar su pedestre recorrida en cinco horas. Todo un récord teniendo en cuenta los tiempos que hace en otros circuitos. El martes le tocó Moreno, el miércoles: Isla Maciel, y el Jueves: las temibles torres del Docke. Víctor tiene más de 60 años y todo el pelo blanco. Aparenta más edad inclusive, porque camina algo encorvado y usa sweaters de abuelo y mocasines. Pero a no dejarse engañar, su famoso paso ligero es difícil de acompañar, y su cambio de marcha puede ser mas rápido que la vista, como varios chorros y salteadores podrían atestiguar. Víctor es un sobreviviente, le robaron treinta y siete veces. Las contó. Pero él está entrenado para sobrevivir en zonas bravas y seguir su recorrido de repartidor heroico de infantería. Siempre lleva un vuelto de 10 mangos en el bolsillo trasero de su pantalón Chemea, por si los delincuentes se pasan de nerviosos. Este hincha de El Porvenir no usa billetera ni alianza, y porta su DNI en el bolsillo izquierdo de su camisa a la altura del corazón.
Desde Constitución, Víctor viaja luego hasta su casa donde lo espera su mujer Anita y su vieja perra cocker cuya medalla identificatoria reza: Magui (y no Maggie). Anita no sonríe pero tiene hoy una mirada comprensiva. Le ceba unos mates a su marido mientras Magui se acurruca a sus pies bajo una mesita de piedra en medio de uno de los últimos jardines de patio de zona sur, donde aún se pueden escuchar zorzales.
“¿No te olvidás de nada?”, le pregunta ella. “Creo que no, tengo todo en el baulsito”, le responde él, en alusión al nombre doméstico que ambos le dan a una pequeña valija que la pareja suele usar para sus veraneos en San Clemente. Víctor toma unos mates y se dirige a la puerta entonces, diciendo: “En un rato vuelvo, voy a ponerle al auto la calcamonía” –que es su forma de decir plotter-. “Si serás chiquilín”, llega a escuchar que su mujer le dice cuando ya llega a la vereda, a lo que él le contesta a la distancia: “La dedicatoria no puede faltar”.
La mañana siguiente anticipaba un sábado fresco y nublado. Los vecinos habían salido a la vereda y murmuraban observando. A través de las miradas mediocres, Anita abrazó a su hombre y se despidió de él diciéndole al oído: “Dicen que estás loco”, a la vez que le daba, en forma encubierta, una estampita de San Jorge. Víctor con mirada tranquila le contestó: “Nos vemos a la vuelta”.
Al entrar a su auto, el aventurero besó la estampita que depositó en la guantera cuidadosamente junto a otro de sus tesoros: un viejo y desgastado trozo de papel madera que rezaba: Torino.
El bólido rampante de Industrias Kaiser Argentina salió quemando cubiertas y se perdió en el horizonte de la avenida Pavón.
Tiempo más tarde tribus de aborígenes aymaras, jíbaros, kayapós, desde el Altiplano hasta el Amazonas, ya contaban historias y leyendas respecto de un misterioso auto de faros redondos conducido por un hombre de cabello blanco, que surcaba selvas y caminos como un rayo y en su luneta trasera llevaba un plotter de letras grandes con la leyenda EGAR.
Algunos nativos y lugareños de diversas regiones de Sudamérica juraban inclusive haber visto a un copiloto joven y con sombrero de cowboy riendo como loco.


* Basado en una historia real y dedicado a todos los cowboys que aún creen en la amistad.

sábado, 19 de junio de 2010

MANIFIESTO-ahora en Video-



Video de mi cuento MANIFIESTO publicado en TCU, Gobierno de la Ciudad y en este mismo Blog. Acerca de los sueños de la infancia y los verdaderos autos con su leyenda.
Homenaje a la auténtica caballería metálica.

martes, 8 de junio de 2010

LA NOCHE DEL IMPALA

"Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir. . . y la muerte perderá su dominio" (poema de Dylan Thomas).


Los mozos de Las Cuartetas nunca aprenderán. Es bien conocida la mala onda de quienes tienen la sagrada misión de atender las mesas de las más emblemáticas pizzerías de Corrientes. En el Palacio de la Pizza la situación es todavía peor, en Guerrín la cosa mejora un poco, pero aún así no son precisamente los reyes de la cortesía. Pareciera que la calidad de la pizza de Buenos Aires fuese inversamente proporcional a la hospitalidad de los mozos del local que fuere. La única excepción podría ser el magnífico Cuartito, de Talcahuano y Paraguay, con sus paredes empapeladas de posters de inolvidables eventos deportivos, sobre todo pugilísticos: Leonard/Lalonde, Hollyfield/Tyson I y II, etc., pero ya estaríamos hablando de un lugar Off Corrientes.
Lo cierto es que cuando el viejo del chaleco y el repasador al hombro deslizó el platito de chapa sobre mi mesa con ese inconfundible queso derritiéndose sobre las dos porciones de muzza, me olvidé de sus malos modales por completo, porque ese solo espectáculo limpia cualquier pecado.
Ese viernes estaba terminando una semana de quiebres, de puntos y aparte. Acababa de rescindir mi contrato de trabajo previo arreglo de un monto que me permitiera vivir un par de meses hasta conseguir otra cosa. ¿Beneficio?: jamás volvería a ver al miserable de mi jefe atornillado a su oscuro escritorio. Al mismo tiempo y luego de cuatro años había decidido poner punto final a mi noviazgo –con convivencia incluida- con mi chica, justo cuando el círculo se cerraba y su siniestro plan matrimonial se estaba volviendo una realidad ineludible. ¿Beneficio?: esa vertiginosa sensación del salto al vacío de los hombres libres. Había dejado el departamento de mi novia, y todo lo que tenía en este mundo era mi Impala cupé 64 y mi libertad. Era infinitamente rico.
Lo cierto es que allí estaba yo una vez mas, sentado solo en Las Cuartetas frente a mis dos porciones y una Coca común burbujeando mientras mis mejores amigos discutían en sus hogares con sus mujeres, que ya no estaban tan buenas como en los primeros noventas, cuando usaban las botas altas al estilo Julia Roberts en Pretty Woman. Sus planes de fin de semana tendrían su punto más excitante en un partido de fútbol colegial donde sus hijos jugarían una semifinal contra los del Don Bosco. Evento que les tomaría toda una hermosa tarde.
Pero ese no era mi mundo. No. Tampoco el de mi amigo Javier, recientemente divorciado, que prefería pasar un rato por Esmeralda Vip en la tarde del viernes en lugar de acompañarme en mi maratónica cacería nocturna que había planificado con tal de vivir un poco mas y dormir un poco menos. Javier no era un bicho nocturno, rara vez era de mi partida.
Se puede cazar como tigre, solitario y al acecho. Se dice que los campesinos de la India usan unas caretas dadas vuelta, con la cara sobre la nuca, y así parece que te miran aunque estén al revés, para no ser atacados por esos felinos que claro, son sigilosos y atacan por la espalda. También se puede cazar como lobo, en jaurías de ataque estratégico y grupal, lo cual además requiere por lo tanto de buenos compañeros de equipo.
De un modo u otro, todo requiere un plan, una logística que nunca termina de perfeccionarse y que puede quedar totalmente desbaratada por cualquier imponderable fuera de la lógica. Todos sabemos que las mujeres al carecer de cualquier tipo de coherencia, resultan presas impredecibles, por lo cual nunca sabemos de antemano en que dirección pueden correr, o desde donde pueden aparecerse. Pero aún así siempre es mejor estar preparado, en guardia y con un cierto arsenal de armas conocidas y en cuyo uso estemos bien entrenados.
Cuando terminé de cenar en Las Cuartetas me fui a tomar el café de rigor a la esquina del Bar Ramos. Nada que empiece en el Ramos puede terminar mal, y como diría Bono: “midnight is when the day begins”. En el trayecto por Corrientes hasta Montevideo vi a los hippones en la puerta de los teatros con sus mantas y sus artesanías, y se veían tan relajados y en paz. Me pregunté como lo logran.
El Ramos estaba habitado por fantasmas, como siempre. Solo que luego de su reestructuración se hace algo difícil verlos porque quedó demasiado luminoso y limpio, con muchos colores acrílicos donde antes primaba la calidez y la humedad de la madera. Pero de todos modos yo sabía que estaban –estábamos- allí.
En otros tiempos muy distintos mi búsqueda tenía quizá un objetivo hasta metafísico. Pensaba y hasta creía en quimeras tales como encontrar al “amor de mi vida” a la vuelta de cualquier esquina. Con el primer sorbo de cafeína cerré los ojos y me vi a mí mismo en aquellos días, aquellas noches ochentosas y noventistas planificando los mismos trucos, las mismas tácticas, pero claro, con objetivos mas nobles a largo plazo quizá; sentado en este mismo bar o cualquier otro similar como el desaparecido Quijote de 9 de Julio y Avenida de Mayo, que tenía el plus de quedar cerca del Morocco. Todo ello fue cuando todavía creía en el futuro. Ahora solo creo en la ruta.
Pero el cazador romántico era inigualable, porque su mundo es completo y su existencia, infinita. En el se resume la adrenalina de la aventura y el corazón del enamorado incansable. Su guardia dura las 24 horas. Cualquiera puede ser la elegida: la camarera que te sonríe, la promotora cautiva en su stand, la chica del inolvidable Play Woman –digo Play Woman y me pongo de pié- o hasta la vendedora de un Shopping. Cabe señalar que este subgrupo de mujeres de alta exposición, al que podríamos llamar de blancos fijos, por su incapacidad para desplazarse, no necesariamente resulta mas accesible que otros, ya que las señoritas que lo integran, sabiéndose estáticas y bellas, se encuentran con la guardia alta por los reiterados vuelos razantes de las aves predadoras como nosotros.
Habiendo terminado mi café caminé hasta el garage de la calle Sarmiento donde mi Impala aguardaba en silencio en el típico lugar en línea recta con la entrada destinado a los autos grandes o camionetas. Antes de subirme lo miré unos instantes solo por mirarlo. Nunca me canso de eso. Con sus líneas rectas y sus ojos redondos y desafiantes -dos a cada lado- que me miraban como preguntándome cual era el siguiente paso de la noche. “Recoleta”, le dije (no creo necesario aclarar que yo soy de los que hablan con su auto). Me subí y hacia allí salimos, donde mi solitario brindis no podía ser en otro lugar mas que en Madaho´s. Podría escribir la enciclopedia completa de ese cabaret infinito.
Cuando me tocó vivir unos años en Mar del Plata hacia la segunda mitad de los noventas, conocí al viejo y primigenio Madaho´s que por entonces funcionaba allá por la calle Moreno, por el centro de la ciudad. El lugar no era fastuoso, pero era un clásico con su barra en forma de “U”. Un verdadero oasis en la noche de los días de semana de aquellos tiempos. En el ‘97 con la creación del Hotel Sheraton Mar del Plata, pegaron un salto ganador y el local se instaló en la esquina misma de ese hotel cinco estrellas, allá por Playa Grande, frente al Golf en calle Alem.
Allí, Madaho´s se instaló definitivamente como el cabaret líder en la ciudad, ganándole la pulseada a quien fuera su rival directo durante años: el inolvidable “Smoke” de Güemes y la costa, que tenía vista a un hermoso mar nocturno, cuyas mejores chicas comenzaron incluso a pasarse a Madaho´s por su nuevo local estratégico. Otras como Katia, la brasileña, no lo hicieron y siguieron en Smoke. Katia permaneció fiel a su primer equipo, y la partida de los mejores bombones le sirvió para afianzarse como la flor más bella del lugar. Se dice incluso que con el tiempo hizo fortunas en Smoke, y cuenta la leyenda que hoy vive en un lujoso piso en la zona de Playa Chica frente al mar con lo que ganó en aquellos años del uno a uno, convertida ya en toda una dama respetable. Yo por mi parte, recuerdo el perfil de su figura perfecta frente al inmenso ventanal del Cabaret mirando ese mar helado del agosto marplatense, con “saudades” quizá, de otro mar no tan frío ni tan oscuro en su país natal. ¡Vaya un brindis por ella!
Lo cierto es que alrededor del 2001 se inauguró el Madaho`s Buenos Aires en lo mejor de Recoleta, pero esa ya es otra historia.
Llegué con el Impala y conseguí lugar para estacionar sobre Azcuénaga, del lado del paredón del cementerio. Uno ya ve con naturalidad la coexistencia de esa necrópolis en la vereda impar, enfrentando a los más famosos night clubs de la ciudad en la vereda par con sus luces de neón. Luego de activar la alarma y encomendar el auto a Dios, me crucé para el lado del local y entré.
Una vez dentro de Madaho´s me apoyé en la punta de la barra junto al sector de mozos y Tommy, viejo camarero de los tiempos marplatenses, luego de años sin verme, me saludó como si me hubiese visto ayer: “Que tomás hoy”, me dijo con su media sonrisa y su mirada oscura, profunda, penetrante y con un dejo diabólico (Tommy sin dudas será el barman residente en el infierno algún día. No pienso perderme ese fantástico cabaret de noche eterna). Pedí solo un Speed, ya que en unas horas seguro seguiría manejando y había que mantenerse bien arriba y sin alcohol en sangre. Me lo trajo, junto con vaso finito y lleno de hielo.
De repente, creí vislumbrar vagamente entre las mesitas contiguas a la cabina del DJ, y un grupo de mulatas siliconadas, a una figura conocida, una cara conocida. Me fui acercando con mi Speed en la mano tratando de agudizar mi vista entre los cuerpos perfectos y las miradas devoradoras. Crystal Waters sonaba en el aire con los bajos bien arriba –Destination Calabria-. Cuando estuve a un par de metros ya no tenía dudas: Araceli Hunt, después de más de una década estaba allí y no había cambiado nada. Seguía con su pelo rubio cortito como la Madonna de True Blue, su cuello largo y sus hombros perfectos. Me acerqué y la saludé. Me miró con la misma mirada soñadora de otros tiempos y nos abrazamos con esa calma y profunda sensualidad con la que se abraza a una amiga de la noche. Hacía unos trece, quizá catorce años habíamos tenido una historia allá por Mar del Plata, donde ella se había instalado a vivir en mi departamento por un tiempo hasta que decidimos terminarla sobre todo por diferencias horarias. La casa se había transformado en una anarquía con ella trabajando de noche y yo de día. Nuestra relación no había sido de amor, pero sí, de una amistad basada en una intensa atracción recíproca.
Allí estábamos una vez más, ahora en el siglo 21. Recordamos la noche en que nos conocimos cuando lo primero que me contó fue que pensaba trabajar en Smoke solo por un tiempo hasta poder comprarse una moto –Harley decía- con la cual planeaba irse nada menos que hasta Canadá, con un grupo de amigos motociclistas que se hacían llamar los Jinetes del Asfalto, y usaban camperas de cuero con esa inscripción en la espalda. Hablamos de aquellos días de gloria, de nuestros sueños rotos y nuestra pasión por el camino. De su cantante favorita Alanis Morissette, y del estribillo que vivía cantando -¡you leeearn!-.
¿Cumpliste tu sueño?, le pregunté. “Evidentemente no”, me dijo, “aquí estoy, pero hubiese sido maravilloso aunque sea haberlo intentado”. “¿Y vos?”, me preguntó entonces ella. “Bueno, tendría tanto para contarte, pero es mas fácil empezar desde aquí hacia atrás, quizá. Puedo contarte que tengo una cupé Impala 64 estacionada en la vereda de enfrente…”. Cuando le dije esto sonrió y me dijo en tono imperativo: “No esperes mas, entonces. ¿Que esperás para salir a devorar kilómetros de ruta y litros de nafta con ese dragón? ¿Que importa adonde? ¡Atrapa tu sueño, ja ja!” exclamó desafiante a la vez que simulaba meter cambios con una imaginaria selectora Hurst. Mi corazón comenzó a acelerarse y hasta me atreví a la demencial invitación: “¿Y vos me acompañarías ahora mismo cuando salgas de acá?, ¿a que hora salís? Allí fue cuando me recordó las reglas de juego del lugar y me dijo: “¡ah, bien!, nunca pierdas esa locura. Dale, traeme algo para tomar, un daiquiri o lo que sea y seguimos hablando esto que me interesa…”.
Salí eyectado y caminé entre las sombras y las miradas voraces una vez mas, a buscar a Tommy que estaba en el sector de camareros de la barra, cargando una bandeja con una botella de champagne y muchas copas. “Me acercarías después un daiquiri de … frutilla, creo. Para Ara que está conmigo allá”, le señalé. “¿Para quien? Me repreguntó Tommy levantando una ceja y mirándome fijo. “Para Ara, bueno …Araceli, man. Salvo que ahora se haya puesto un nombre de trabajo, ¡ja!” le contesté. ¿Araceli la de Mar del Plata, la de las motos? Volvió a preguntarme. “Si, allá”, le señalé. “Allá, nada.” Afirmó entonces. “Araceli murió hace como diez años en un accidente en la ruta, pensé que sabías” me susurró con cara de preocupado, y siguió: “te habrás confundido, se compró esa moto que tanto quería y solo le sirvió para darse un palo, creo que a la altura de Córdoba. Iba con un grupo de motociclistas, esos Jinetes de no se qué…, dicen que era de noche, que se yo. En su momento se comentó mucho allá. Claro, pero vos ya te habías vuelto a Buenos Aires, por eso no te enteraste, seguro”. Tratando de no perder la línea le dije ahí, “Ok, te la traigo yo, y te explico de quien te hablo. Estás muy confundido”.
Entonces volví al sector de la cabina del DJ, pero Ara ya no estaba, y la busqué por los reservados del fondo, y por el contorno del escenario con sus caños, pero tampoco. Y la busqué por el piso de arriba al cual no cualquiera sube, diciendo que había perdido algo, pero seguía sin verla. No estaba ni siquiera en el pasillo que conduce hasta los baños desde el guardarropas. Entonces cuando les pregunté a un grupo de chicas que trabajaban allí, me dijeron que con ese nombre y descripción no conocían a nadie.
Volví entonces, cansado y confundido a acercarme a la barra desde donde mi viejo camarero amigo con cara de quien tiene la razón, me esperaba mirándome fijo con su media sonrisa ganadora, siniestra. Me vio acercarme y cuando estuve frente a él, sin decir palabra soltó una estruendosa carcajada. La risa de Tommy parecía enmarcada por llamas eternas.
Cuando salí de Madaho´s comenzaba de a poco a llover. El olor del asfalto mojado de la ciudad es inigualable. Caminé unos metros hasta el auto del lado del paredón del cementerio, y se me ocurrió pensar que en esa cuadra de Azcuénaga al 1900, la calle no divide al mundo de los vivos del de los muertos, sino que por el contrario constituye una zona gris, donde se unen ambos mundos.
Las gotas caían sobre el casco de la cupé, haciendo que se vea aún más hermosa con su parrilla cromada que sonreía invitándome a ganar la ruta.
Al entrar al Impala y cerrar su pesada y larga puerta que aún cierra y encuadra bien, bajé el vidrio y saqué mi nariz para llenar mis pulmones de ese magnífico aire de lluvia urbana. Luego puse mis manos sobre el volante y miré al frente. Azcuénaga estaba desierta, mojada y en silencio. Pensé:¿A dónde iría ahora?: ¿ruta 9 pasando por Rosario para tomar un café en El Cairo leyendo a Fontanarrosa?, ¿el desarmadero de Bell Ville para escuchar el rumor de los huesos traqueteantes de tantos dinosaurios?, ¿Purmamarca para ver una vez mas ese cerro de siete colores?, ¿o tal vez mas al norte, llegando a Rio de Janeiro donde alguna vez fui feliz?, ¿y luego Salvador de Bahía para sumergirme una vez mas en las estrechas calles de Pelourinho?.
Pero también mi lado mas lógico y terrenal me hizo un llamado de atención haciendo que también me pregunte si iniciar así un viaje tan descabellado tendría sentido, si realmente eso me haría encontrar algo dentro de mi alma.
Planteados así los tantos solo tenía dos opciones: o emprender una larga y loca travesía por carreteras perdidas sin fecha de regreso, o solo volver a casa y reencauzar una vida normal y coherente.
Giré la llave de arranque, y el rugido del motor V8 del Impala me dio la respuesta.
*Publicado también en TCU Nº155 y en Libroderena Gob.C.A.B.A.


miércoles, 2 de junio de 2010

PUBLICACIONES EN TCU


Con la publicación del próximo número de la Revista TC URBANO el 9 de junio, aparecerá mi cuento LA NOCHE DEL IMPALA, que a la brevedad también será publicado en este blog. Y desde ahí en adelante voy a contar con una sección fija en dicho medio, de dos páginas en cada número dedicadas a la publicación de mis cuentos y crónicas. Gracias a Emiliano y Marcelo por creer en mí y darme la oportunidad de la divulgación de mis textos en la mejor revista de autos del país. CESAR.