Lo siento, pero el McDonalds y el Starbucks de Santa fe y Callao nunca serán como Cinema o como Pippo. Les falta la mística, la porteñidad, la noche, la leyenda. Las chicas más lindas de la ciudad siguen pasando y pasando incesantemente por esa esquina, pero no es lo mismo mirarlas desde adentro de un local de comidas rápidas con olor a hamburguesas rodeado de fotos de combos y promociones que desde aquel café tan cargado de sueños.
Cinema abrió sus puertas hace casi veinte años, a mitad de los noventas cuando la zona de Santa Fe y Callao era un área poblada de salas cinematográficas en ebullición –de allí su nombre- que hoy han desaparecido. Sobre Callao al lado de donde existiera el cine América se encontraba Pippo, con lo cual el plan perfecto para una salida con tu chica o con tus amigos era ir a comer a ese restaurante, luego al cine en función trasnoche y después de ello terminar con un café en Cinema, que como todo lugar digno, estaba abierto las 24 horas. Incluso antes de ir a comer era recomendable pasar un rato por Tower Records a ver CD´s de las mejores bandas y solistas del mundo allí a pocos metros, pero adivinen que: también desapareció, ya que no existe más la industria discográfica.
Cinema era un café absolutamente mágico y sería incontable el número de anécdotas que por haber vivido allí puedo relatar en primera persona. Para mí ese bar era el punto obligado de encuentro con cualquier chica en una primera cita, ya que sea ella de donde fuere, cualquier persona sabía como llegar a Santa Fe y Callao. Al mismo tiempo, por ser un lugar de 24 horas, podías ir allí luego de que las discotecas cerraran en las madrugadas cuando el sol salía y las chicas se ponían sus anteojos oscuros a la salida de Big One o del sótano de Shamrock.
Creo que una salida con pastas en Pippo, luego una película, y luego un café en Cinema tenía ese toque de porteñidad popular del “Super Vermichelli Pippo”, el placer de un evento artístico de un buen filme y por último el condimento de glamour de un cortado americano en Cinema que te servían con bombones de chocolate como acompañamiento. “People have no class” dice aquel fragmento de “Los Fabulosos Baker Boys” con aquella Michelle Pfeiffer que cantaba sobre el piano de un extasiado Jeff Bridges. Y justamente por que “la gente no tiene clase” es que poco a poco los lugares más característicos de la ciudad van desapareciendo y allí donde estaba Cinema hoy pusieron un McDonalds y al lado un Starbucks y la entrada del viejo cine América esta tapiada por inmensas placas con publicidades de teléfonos celulares.
En frente el café Filippo, desde donde escribo estas palabras mientras espero a un viejo amigo, se resiste a morir, con sus mesas de madera que gracias a Dios nunca cambiaron. ¿Quién te iba a decir, pequeño Filippo, que tu inmenso competidor Cinema de la vereda de enfrente dejaría algún día de existir para ser devorado como un Big Mac por el grasoso monstruo payasesco de las comidas rápidas en la esquina más paqueta de Buenos Aires?
¿Acaso todo aquello verdadero como los buenos bares, restaurantes, Discos y películas debe estar destinado a desaparecer? La respuesta a esa pregunta me la da el inconfundible sonido del motor cuatro cilindros con carburador Solex de mi amigo Fernando, que estaciona su Peugeot 404 blanco sobre Callao en la puerta de Filippo y desde adentro saca su mano izquierda y me invita a subir gritando: “¡vamos, vamos, che!”. Los transeúntes y los que están en las mesitas de afuera lo miran como si fuera un salvaje. Para mí es la voz heroica de los buenos viejos tiempos aullando un grito de guerra que dice simplemente “¡vamos, vamos, che!”
Dejo mi café pago sobre la mesa con propina incluida y salto a la vereda. El 404 de Fernando llena toda la esquina con olor a nafta y su sonido de luchador callejero ancestral desafía a un Ford Ka y un Honda City que tratan de pasarle lejos para no lastimarse. Paso adelante del Peugeot que mira el horizonte con sus faros redondos y antes de entrar por la puerta del acompañante le pego dos veces al metálico techo blanco con mano abierta como quien palmotea la espalda de un amigo al saludarlo: pak pak suena la chapa en la esquina y Fernando me dice: “¡fierro papá!”. Me siento a su derecha y el demencial piloto del auto de la marca del león rampante acelera llenando de música un atardecer de Barrio Norte. Nos mandamos directo por Callao en dirección hacia Libertador y el Peugeot parece deslizarse, pero lejos de toda suavidad, lo hace con la aspereza y el rugido del viejo león de los sesentas. Miro para afuera y recuerdo aquel tango de Piazzolla que hablaba de locos que veían a “la luna rodando por Callao”. Esos locos somos nosotros, pienso.
Fernando está lleno de sueños, y esos sueños viajan en un mágico 404 blanco que recorre frenéticamente las calles de la ciudad. Me habla de chicas, de viajes por la ruta y de muchas mejoras que piensa hacerle a su Peugeot que según el, lo llevará a recorrer el mundo. Otro 404 algo desvencijado nos cruza en una esquina y su conductor nos saluda pulgar para arriba. Cuando veo a sujetos como mi amigo Fernando siento que la vieja mística de lo verdadero no está perdida –tal como minutos antes estaba comenzando a creer- y quizá aquellos héroes cuya misión es rescatar lo auténtico sean tipos como mi viejo amigo del Peugeot, que prefieren apostar al desafío de revivir un 404 y salir a atronar ciudades y rutas, antes que entrar en la mentira de los planes de endeudamiento programado a cambio de autos de plástico y confort para cobardes.
Recorremos la ciudad y se hace de noche, y tenemos calor entre las chapas del 404 y el olor a nafta huele tan auténtico como la amistad, o quizá como un buen café de Cinema o un Super Vermicelli Pippo.
Cuando bajamos por Corrientes entre las luces nocturnas de los teatros, tengo la sensación de que desde otro auto a nuestro lado nos saludan el negro Olmedo y el gordo Porcel y somos parte de la película “Los Caballeros de la Cama Redonda”. Y hasta por un momento creo ver a Pappo que nos pasa con una Harley acelerando hacia el horizonte de una ciudad sin tiempo.
“Estos autos son muy agradecidos” me comenta Fernando, y agrega: “siempre te van a recompensar por haberlos rescatado”. Y yo se que no miente, al viajar en autos así siento que se puede vencer al tiempo.
“Volvé para Santa Fe y Callao”, le digo a mi amigo. “A lo mejor reabrió Cinema y vamos a tomar algo”.-
Por CÉSAR RODRIGUEZ BIERWERTH