HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





miércoles, 26 de marzo de 2014

NO HAY HOTELES EN TORTUGAS

 
 
Deberías entender que estás muy solo, imbécil. Solo en el living de tu casa, con una herramienta tecnológica que maquilla o anestesia una crisis existencial. Pulsando  teclitas en un chat,  intercambiando mensajitos con una entidad a la cual no podés mirar a los ojos, ni tocar, ni oler, ni  sentir. Y cuanto más confortable te hagan tu placebo, menos vas a salir a la vida real, y más solo estarás. 
    Algunos nunca entenderán. Allá ellos. No pienso caer en ese cazabobos de esta era del vacío.
    Y la radio difundiendo temas de cantantes llorones diciendo: “No sigo más, no tengo reeesto”. Vergüenza debería darles. Y de seguro cobran buen dinero por eso. ¿A cuánto cotiza tu llanto?
    Aún recuerdo cuando los temas se llamaban “God of Thunder” o “Love Removal  Machine”, o cuando Luca Prodan explicaba en un reportaje la clave de lo que debe ser una letra de rock: “Dámelo, nena, dámelo ya-eso es una letra de rock”.
    Quizá sea cierto eso de que antes los rebeldes querían cambiar al mundo con canciones y hoy con “aplicaciones”. Pero eso me parece lamentable. Me parece lamentable que quieran reemplazar a los rockers por los “emprendedores”. Me parece lamentable que antes los jóvenes tuviesen como paradigma de la rebeldía a Jim Morrison, a Sid Vicious, a Cobain y hoy quizá quieran parecerse a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook. ¿Cuál sería el mensaje, entonces?: si no quieres morir joven como aquellos hazte millonario a temprana edad como éste. ¿Ah, sí? ¿Y a qué precio? ¿Al precio de la frustración y la infelicidad de aquellos que no logran volverse ricos antes de los 30?
    Por eso yo me quedo con la sabiduría irónica de los escritores como Bukowski, Borroughs o nuestro Enrique Simns, con quien hasta tuve el honor de compartir un café alguna vez en un clásico desaparecido bar de Almagro. Justamente Simns, creador de obras maestras como “Big Bad City” supo sostener: “De chico solía leer historias donde aparecían gigantescos y horribles monstruos que todo lo destruían, y yo pensaba que eran pura fantasía. Pero de grande descubrí que realmente existían”. Estos escritores, rebeldes verdaderos desde sus edades bien avanzadas, mirando hacia atrás, aprendieron a reírse de la mentira del sistema; nunca se hicieron millonarios y sus historias acerca de la senda de los perdedores merecen ser degustadas una y otra vez.
    La vida comienza cuando uno se desconecta. Los mejores tiempos fueron los tiempos previos a la llegada de la morfina de internet. El sol brillaba más, las noches eran más largas  y salvajes, el café tenía más cafeína y la nafta más octanos. Había más tiempo para los cabarets y todas aquellas buenas chicas. Había más tiempo para las historias de amor. Había más tiempo para los buenos amigos con quienes descubrir lindos tugurios de música tecno dark habitados por fantasmas soñadores, profetas adictos y santos bebedores de las mil y una noches. ¿Cuándo fue que nos cambiaron Buenos Aires?, nunca di mi consentimiento explícito para que terminen los noventas. ¿Cuándo fue pusieron un supermercado en donde antes funcionaba Ave Porco? Aquel cerdito con alas de la puerta debería al menos estar en un museo guardado como un tesoro patrio junto a una llama que nunca se apague como esa del soldado desconocido en honor a quienes pasamos por sus oscuros salones ambientados por Sergio de Loof.
    La ciudad y la noche me transformaron en un sobreviviente que ahora suele ser visto en bares y hoteles de pueblos perdidos en la carretera, donde quizá Tom Waits atienda la barra y Nick Cave sea el recepcionista.
    Así es. Creo que voy a salir a buscar aquel viejo sol por el camino de las sierras, tomando por Ruta 9. Tengo una Chevy con motor V8 que aún agita mi lado salvaje. Siempre es bueno un poco de olor a nafta. Después de todo, es mejor ajustar tuercas que pulsar pantallas táctiles de celulares. La realidad es de metal, y pobre de aquel que no lo entienda. Mi auto es Jim Morrison, y Vicious, y Cobain, y toda la raza de los que se resistieron a madurar.
    Voy saliendo de la ciudad y tomo por el acceso norte buscando la autovía 9. San Pedro, San Nicolás, y veo a los otros autos. Desde esas cápsulas 1.4 con aire acondicionado, sus autómatas conductores ven la carretera como si fuera una película. Yo, con el viento en la cara estoy dentro de la película. Luego Rosario, y allí tomar por la ruta vieja camino a Córdoba, ya que la autopista nueva no tiene estaciones de servicio y el V8 es muy demandante, pero su sonido de mecánica de vieja escuela americana lo compensa todo. Cañada de Gómez, y paro a saludar amigos que conocen mis frases mejor que yo. Agradezco todo esto. Paso por Armstrong cuando anochece y pienso que debería parar a descansar en el próximo pueblo porque en el horizonte comienzan a dibujarse los rayos de una tormenta eléctrica.
    Según los carteles de la ruta, el próximo poblado se llama Tortugas, y pienso que definitivamente debo parar allí para guarecerme y pasar la noche. Con los relámpagos cortando el negro cielo, mi Chevy avanza bajo cortinas de agua y me siento infinitamente libre surcando caminos misteriosos.
    Cuando llego a Tortugas, en la entrada del pueblo, junto a un bizarro cartel de bienvenida hay una pobre estación de servicio con una suerte de restaurante anexo que parece abierto. Allí entro y el lugar está vacío con la salvedad de un viejo en camiseta, sentado detrás de una caja registradora que mira un partido de fútbol en una tele de la pared. Hay olor a insecticida. El tipo me mira –me pregunto cómo será vivir así-. Enseguida le digo: “Buenas noches, quisiera saber si por aquí hay algún hotel, si es posible con garaje cubierto…”, “No, no”, me interrumpe el anciano: “No hay hoteles en Tortugas. Tenés que seguir unos veinte kilómetros hasta Marcos Juárez. Ahí tenés seguro”. Así es que sigo camino hasta Marcos Juárez, y al entrar a la zona urbanizada bajo la tormenta veo un cartel de recepción local que me indica que esa ciudad cordobesa es la capital de algo que no recordaré jamás, o el “corazón productivo del país” o vaya uno a saber qué. Pero lo cierto es que comparado con Tortugas, parece New York. 
    Cuando veo un bar sobre mi mano derecha, estaciono la Chevy en la puerta junto a un Falcon generación 78/81 y entro para tomar algo y preguntar por algún alojamiento. Me acerco a la barra y el encargado me recomienda un par de lugares cerca. Afuera la lluvia sigue azotándolo todo, así que decido hacer una pausa ahí mismo para tomar algo antes de ir para el hotel.
    Desde una mesa junto a la ventana veo a un pibe de unos veintipico que me hace señas como si me conociera para que me siente con él. Así que me acerco. Su cara me parece vagamente familiar, como del pasado. Tiene el pelo corto castaño alborotado con un jopo rebelde, una sonrisa amigable y una remera de manga corta del ejército zapatista. Me acerco un poco más y me hace un gesto invitándome a que me siente a su mesa. No le pregunto su nombre, el tampoco. Me siento frente a él y a nuestro lado sobre el ventanal del bar la lluvia cae como cascada. El pibe se acomoda el pelo para atrás como si fuese Mike Patton de Faith No More, y con su pulgar señala al exterior: “Tremenda tormenta”, me dice. “Si, si” le contesto, “no da para andar así de noche por la ruta”, y él me interrumpe levantando las cejas  diciendo: “Cualquier cosa podría pasar en una noche así”. Yo le cuento que voy hacia las sierras, quizá hasta Capilla del Monte, y él me cuenta que vuelve para Buenos Aires en sentido opuesto. En eso se acerca la camarera, una cordobesa morocha de lindas piernas, y yo pido dos cervezas. Cuando la chica se aleja, el muchacho la ve irse y me dice: “Wow, man!, esas cosas hacen que la ruta sea un lugar todavía mejor”. Y allí comienza a desarrollar un monólogo en el cual explicita toda una teoría que sostiene que las chicas del interior suelen ser más conservadoras que las porteñas, las cuales a su vez son menos liberales que las europeas. Sigue disertando y agrega con énfasis que las brasileras y las chilenas serían más fáciles que las argentinas, pero que luego se enamoran y exigen compromiso. Yo lo escucho, y por experiencia propia, no puedo más que darle la razón. 
    La morocha nos trae las cervezas, y el pibe me cuenta que recientemente estuvo en Rio de Janeiro, y en algunas playas de Chile como Reñaca y Viña. También me muestra una cintita con los colores de la bandera de Colombia, que a modo de pulsera hace poco le ató la mismísima Andrea Echeverri, cantante de Aterciopelados, con quien estuvo hablando luego de un show. No para de hablar, y de su relato se desprenden esas luces de quien aún no fue golpeado por la vida. Aborda las más diversas temáticas: “No tiene sentido casarse antes de los 40”, exclama, y yo asiento con la cabeza.
    De repente lo miro fijo, seriamente,  y lo llamo a silencio deteniendo su catarata vertiginosa de anécdotas, diciéndole con tono imperativo: “¡Tengo que advertirte de muchos errores que no debés cometer…!”, pero el se tapa los oídos con los dedos y haciéndome un gesto negativo con la cabeza me dice: “Sabés que eso es imposible. Para que vos estés allí, primero yo debo estar aquí”. Entonces se toma su último trago de cerveza, se levanta raudamente de la mesa y sin perder su sonrisa se aleja y va saliendo del bar cantando “Riders of the storm, there´s a killer on the road…”. Lo veo trasponer la puerta y salir a la tormenta. Se sube a ese Falcon celeste estacionado al lado de mi Chevy, ese mismo Ford con el que yo aprendí a manejar y con el que fui feliz tantos años. Está igual que la última vez que lo vi. Observo cómo se aleja bajo la lluvia. El pasado no puede escucharme. Pero yo sí lo escucho.
    Cuando la camarera me trae la cuenta de las dos cervezas que me tomé, me pregunta si siempre tengo la costumbre de hablar solo. “De vez en cuando”,  le contesto.
    Recomiendo la ruta para reencontrarse con uno mismo. Eso sí: no hay hoteles en Tortugas.

 
                                   Por CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH                                     

martes, 10 de diciembre de 2013

EL INGLÉS


El 13 de abril de 2012 poco antes de las 9 de la noche, aquel tipo longilíneo, de cara alargada y orejas paradas se bajó de un Valiant II en elevado estado de deterioro exterior, pero cuyo motor sonaba como nuevo. Lo estacionó en la puerta de un pequeño hotel de mala muerte en las afueras de Puerto Madryn, sobre la ruta. El sujeto vestía un impermeable largo gris y zapatos negros con suela de goma. Entró en la recepción donde el mostrador se hallaba vacío y solo observó una suerte de living que funcionaba como lobby o sala de estar con tres sillones de madera con almohadones polvorientos y una vieja televisión encendida que transmitía la programación de un canal local. Era la tanda publicitaria y pasaban propagandas de casas de pesca, pequeñas boutiques y otras tiendas comerciales de la zona de influencia de aquella señal de cable.
Lo único que parecía tener vida en aquella sala era un niño de unos diez años, que cubierto de libros y cuadernos aparentaba estar haciendo sus tareas escolares.
El tipo de la larga gabardina gris le dijo entonces al chico con un acento extraño, separando bien las palabras: “Hay-alguien-en-la-recepción”. Recién entonces el pequeño estudiante que parecía muy concentrado, levantó la mirada de sus cuadernos y le contestó: “Ah, si. Hola. Ya llamo a mi papá”. No fue necesario, un sujeto canoso, con algo de sobrepeso y que vestía un chaleco de lana con cuello en “V”, se apersonó en aquella modesta recepción y poniéndose tras el mostrador dijo en voz alta: “Buenas noches. ¿En que lo puedo ayudar?”. “Necesito quedarme un par de noches” respondió el del sobretodo agregando: “Estoy yo solo”. “Si, tenemos una single. Son 110 pesos y el desayuno se sirve hasta las diez” le contestó el regordete del chaleco con fingida solemnidad, como si se tratase del Hilton. “Está bien, me quedo aquí” consensuó el más delgado asintiendo con la cabeza. El del chaleco, entonces, sacó desde abajo del mostrador una carpeta, y birome en mano comenzó a tomar datos: “Bueno, voy a pedirle su nombre…”. “Wallace Hartley” le dijo el huésped con una pronunciación de inglés impecable. El gordo levantó las cejas, y señalándole con el dedo índice un renglón de la hoja de su carpeta, le solicitó: “Mejor, escríbamelo usted. No entiendo nada de nombres extranjeros…¿usted de donde es?” . “De Inglaterra”, le contestó el tipo delgado. Entonces el hombre del mostrador levantó las cejas y le dijo al chico que seguía en los sillones con sus libros y cuadernos: “Che, Matías, ¡el señor es inglés! Ja ja ja, ya tenés quien te ayude con esa materia del colegio”. El niño puso cara de sorprendido y le hizo un gesto de aprobación con un dedo pulgar para arriba. “Se lo digo en joda, je je je. Es que con esa materia de la escuela, la verdad que mi pibe no la pega…y bueh, tiene a quien salir” le aclaró el del chaleco a su nuevo pasajero, mientras se golpeaba su propia cabeza con el puño cerrado en gesto de ser poco inteligente, o al menos con dificultades para los idiomas.
Una vez que el extranjero estampó su nombre en el libro de huéspedes de aquel hotelucho, pagó las dos noches por adelantado, y el padre de Matías le ordenó a su hijo: “Che, Mati, ayudalo al señor para que entre su equipaje”.
Así fue como Wallace y el niño salieron y se dirigieron al oxidado Valiant, desde cuyo baúl, el inglés extrajo una vieja valija de cuero pequeña con forma rectilínea. Luego abrió el auto y desde el asiento del acompañante sacó un estuche de violín. El chico se animó diciendo: “Yo puedo con todo”. Repentinamente, el europeo, como un acto reflejo, pareció aferrarse a su instrumento musical y le aclaró al pequeño: “No, no. Está bien, gracias, esta la llevo yo”. Así fue como Matías acompañó al nuevo huésped del hotel hasta su habitación, llevándole su viejo baúl de cuero y ahí se lo dejó, dentro del cuarto. Le dio la llave y como contraprestación, el británico le dio un billete de 20 $ como propina diciéndole: “Gracias. Y cuando quieras puedo ayudarte con inglés para tu tarea”.
Esa noche, la familia propietaria de aquel modesto albergue de ruta, escuchó como el extranjero en las afueras del hotel ensayaba en soledad una melodía como practicando con su violín.
A la mañana siguiente Wallace se presentó impecablemente afeitado en el desayunador del hotel (unas seis mesas con manteles a cuadros y vajilla barata). Una señora se le acercó con una jarra de café y le dijo: “¿Café con leche?”. Wallace la miró y contestó: “Don´t drink coffee, I take tea my dear”. La mujer de la jarra le puso cara rara y llamó a su marido: “Miguel, ayuda por favorrr… No entiendo lo que me dicen”. El inglés sonrió y aclaró enseguida con su acento british: “¡No, no! , es una broma, así dice una canción. Sí, café, gracias”. Allí apareció el tipo de la recepción de la noche anterior que resultaba ser el tal Miguel, y le dijo al extranjero: “Buenos días, mi amigo. ¿Como durmió”. “Muy bien” respondió Wallace mientras aquella señora cargaba su taza. Miguel prosiguió, ahora preguntando: “Y digamé, si se puede saber…¿Qué anda haciendo acá por la Patagonia? Es raro, parece turista pero ya vi su auto afuera. Nunca vi un turista extranjero por la ruta en un Valiant”. El inglés miró por la ventana del desayunador, desde la cual se veía su auto y señaló con un dedo diciendo: “Es un auto que volvió de la muerte. Estuvo muchos años abandonado oxidándose…por eso me gustó tanto cuando lo elegí. Es como un auto que nunca muere. Se reparó su motor y ahora sigue andando. Necesitaba un auto así, algo que pueda vencer el tiempo pero que también sea elegante. Un auto con clase, que pueda acompañarte por siempre…” .
Miguel seguía sin entender o quizá entendía ahora menos que antes, pero retomó su pregunta inicial. “Bueno, bueno, ¿pero que anda haciendo por acá? mi hijo me contaba que usted a lo mejor es músico…por el estuche ese digo”. “Si, soy músico” contestó Wallace agregando: “Por si escucharon lo que tocaba anoche, es una pieza llamada Más Cerca de Ti, Dios Mío. Pero bueno…vine hasta este lugar para casarme. En unos días llegará mi novia…y ya saben…, hicimos una promesa …es una larga historia …”. “¡Ah, bueno!” interrumpió el dueño de aquel hotel, “¡parece que todo era una historia romántica, ja ja!”. “Aprendé” le replicó su mujer a Miguel, mientras le cargaba más café al huésped en su taza poniendo su cuota de ironía femenina. Entonces fue ella la que interrogó al británico mientras éste disfrutaba de su desayuno sabiéndose el objeto de la curiosidad de los locales, “¿Y hace mucho que están de novios?”. El inglés resopló y mirando al techo, luego suspiró: “Y…como un siglo, pero ya es tiempo, estuvimos comprometidos años y años…ya es tiempo”. En ese instante Wallace miró hacia abajo y repentinamente sus ojos se llenaron de lágrimas, poniéndose serio. Miguel le hizo con la cabeza un gesto a su mujer y le dijo al extranjero: “lo dejamos que desayune tranquilo, amigo”. Y lo dejaron solo en su mesa con su café, sus medialunas y sus pensamientos.
Esa tarde Wallace se dedicó a ayudar al pequeño Matías en sus tareas de inglés en los viejos sillones de la recepción. Cuando terminaron el homework, el niño le pidió a su ocasional profesor particular, que le mostrara el misterioso Valiant que fuera del hotel parecía esperar. Así fue como ambos salieron a la puerta del establecimiento donde el auto clásico estaba estacionado junto a la pequeña bicicleta de Matías. Wallace entró al auto y le dio arranque en punto muerto. La vieja carrocería de metal vibraba y el niño abrió grandes sus ojos, frente a un auto que se veía y sonaba como salido de una épica historia de caballería y dragones. Entonces sonriente, el inglés salió del auto estacionado pero en marcha regulando, y le dijo al pequeño Matías: “Y ahora lo mejor”, entonces levantó el capot y le mostró el Slant Six en funcionamiento. Aquella cosa se movía, parecía tener vida, y su sonido acreditaba una mecánica perfecta. Miguel y su mujer salieron a la puerta del pequeño hotel patagónico y desde allí observaban la escena. Entonces, advirtiendo que el auto en funcionamiento era contemplado por la familia completa, el inglés se paró frente al Valiant que seguía con su capot levantado y dijo en voz alta. “Ladies and gentlemen, welcome to the symphony” y de frente al auto comenzó a simular dirigir una orquesta con sus dedos índices que iban y venían.
La escena de un Valiant 62 en marcha en la puerta de un desolado hotelucho de una perdida ruta de provincia con un sujeto longilíneo haciendo de director de una orquesta imaginaria con la única audiencia de una pequeña familia de tres personas, se prolongó por unos mágicos minutos. Luego de ello, el inglés entró nuevamente al auto, giró la llave, y apagó el motor. Miguel, su mujer y el niño Matías se miraron entre sí y comenzaron a aplaudir. Wallace salió del Valiant e hizo una elegante reverencia de agradecimiento diciendo. “Thank you very much”. A esa altura, tanto Miguel como su esposa, no tenían dudas de que su único huésped estaba totalmente loco, pero al menos pagaba su estadía y no dejaba de resultar simpático.
Cuando más tarde cayó la noche, Wallace no bajó para cenar y recién alrededor de las doce bajó a la recepción con su ropa más elegante, algo anticuada por cierto, perfumado con lavanda inglesa y con el pelo engominado. En su mano izquierda tintineaban las llaves del Valiant y bajo su brazo derecho llevaba el estuche de su violín. Miguel y su familia miraban la televisión en los sillones de la recepción. El inglés salió sin decir nada hasta su auto, donde dejó su instrumento en el asiento del acompañante. Luego volvió a entrar al hotel, y frente a la mirada curiosa del trio familiar dijo: “Me voy…”. Allí, Miguel interrumpió diciéndole a su hijo: “Mati, ayudá al señor con su equipaje”, frente a lo cual el niño subió al trote las escaleras hasta el cuarto desde donde enseguida bajó arrastrando la valija de cuero del británico, quien lo acompañó hasta afuera para dejarla entre los dos dentro del baúl del Valiant.
Luego de ello, Wallace volvió a la sala de recepción donde se despidió de la familia que lo había albergado y salió por última vez del pequeño hospedaje sin mirar atrás, entró a su Valiant II y le dio arranque haciendo sonar una vez más aquel Slant Six que quebró el silencio de la noche patagónica, agregando un poco de olor a nafta a la brisa marina que llegaba hasta el lugar. Salió unos metros en reversa, y luego giró en “U” enfilando hacia la ruta lentamente. Mientras lo veían alejarse, Miguel y su mujer advirtieron que tras él, su hijo Matías lo seguía pedaleando en su bicicleta. Llamaron al niño para que volviera, pero el chico no los escuchó (o quizá fingió no escucharlos).
Al cabo de recorrer unos kilómetros por la ruta paralelo a la costa, el Valiant giró en dirección al mar, y entre unos matorrales se metió en la arena por entre los médanos y se detuvo en medio de la playa a unos pocos metros del océano con sus faros encendidos. Matías, que lo seguía de incógnito en su bicicleta, se bajó de su rodado y se tiró cuerpo a tierra en un montículo de arena a observar; su curiosidad era tremenda y quería saber que haría aquel personaje tan misterioso en ese auto a esas horas de la noche en un páramo tan frío y alejado de todo. El Valiant detenido con sus faros encendidos bajo la luna en medio de la soledad de una playa patagónica generaba una luz espectral envuelta en el sonido del viento y las olas en la costa.
De repente Matías observó como Wallace salió del auto violín en mano –era la primera vez que veía aquel instrumento desenfundado- y se sentó en el capot. El inglés miró la luna, luego bajó la mirada, colocó su instrumento en posición y comenzó a efectuar aquella misma pieza musical que había sonado la noche anterior en las afueras del hotel. Así estuvo interpretando esa partitura durante minutos frente a la mirada del niño que lo espiaba desde los matorrales de los médanos nocturnos.
Allí fue cuando Matías se sobresaltó frente a lo que vio a continuación: por la playa se acercaba lentamente la figura estilizada de una mujer vestida de blanco como una novia en su noche de bodas. Su vestido ondeaba con la brisa marina y se aproximaba suavemente hacia el músico que con su instrumento de cuerdas parecía llamarla, o quizá regalarle una música de bienvenida. La mujer caminó y caminó hasta quedar parada frente a Wallace, que por fin bajó su violín y dejó de tocar. El niño vio como ambas figuras se fusionaron en un abrazo y un beso apasionado y prolongado como esos besos que solo se dan los verdaderos enamorados.
El chico se frotaba los ojos y no salía de su asombro. Luego de besarse, vio como Wallace como buen caballero inglés le abrió la puerta del acompañante a aquella misteriosa dama con vestido de novia, que entró al Valiant como quien entra en el auto más lujoso del mundo. Una vez que estuvo sentada, el británico cerró la puerta con delicadeza, pasó por enfrente del auto y entró al Valiant aún con el violín en su mano izquierda.
Desde su oculta posición de observador, el pequeño Matías vio como Wallace, sentado ya en el asiento del conductor dio arranque a aquel oxidado auto, que bajo las estrellas de aquella noche, brillaba quizá como nunca antes.
Y allí Matías, contempló aquello que jamás olvidaría y nunca nadie le creería: el Valiant II con sus luces encendidas en lugar de girar y volver haca la ruta, avanzó lentamente en dirección al mar. Paso a paso la figura de aquel auto inmortal fue sintiendo la arena cada vez más húmeda bajos sus cubiertas, la espuma de las olas comenzó a estallar contra su parrilla y sus paragolpes delanteros y poco a poco se fue metiendo en el océano que terminó por cubrirlo por completo.
Matías entonces olvidó su papel de espía encubierto y bajó corriendo los médanos en dirección al mar gritando: “¡No, Wallace, no!”. Pero ya era demasiado tarde. Al llegar a la orilla vio las luces aún encendidas del Valiant que se hacían cada vez más pequeñas bajo la oscuridad de las aguas hasta desaparecer por completo en un mar negro que pareció tapar como telón de fondo a los enamorados ocupantes de aquel auto clásico devorándolos por siempre bajo las estrellas.
Eran las primeras horas del 14 de abril de 2012. Parado solo en aquella playa nocturna frente al océano, el niño recordó el título de la pieza musical que había escuchado minutos antes: “Mas cerca de ti, Dios Mío”.



*Wallace Hartley fue el director de la famosa orquesta del “Titanic”, que continuó tocando hasta último momento mientras el buque se hundió el 14 de abril de 1912. Ninguno de los músicos sobrevivió. El cuerpo de Wallace fue encontrado sin vida congelado en las aguas diez días luego del hundimiento aferrado a su violín, el que fue posteriormente entregado a su prometida María Robinson. El instrumento tenía una placa de bronce regalada al músico por ella misma antes de la partida de la embarcación que decía: “Para Wallys, con motivo de nuestro compromiso”. Tenían planeado casarse a la vuelta del viaje. Se cree que el último tema que ejecutó la orquesta fue “Nearer My God to Thee” (Más cerca de ti, Dios Mío).

Por CÉSAR RODRÍGUEZ BIERWERTH





miércoles, 18 de septiembre de 2013

sábado, 29 de junio de 2013

"LAST CHANCE" MARCOS


Los profesionales de la salud habían sido directos y sinceros con Marcos. Su enfermedad llegó sin avisar y una vez instalada avanzó tan rápido como un ejército invasor sobre un pueblo desarmado. El era cardiólogo y como buen galeno siempre pidió palabras verdaderas a sus colegas. Ese joven sí que tenía coraje. En cuestión de pocos meses desde el diagnóstico fatídico, el mortal enemigo había hecho su trabajo destructor no obstante los tratamientos de drogas y quimios que en Marcos parecían no funcionar.
La junta médica final entonces, citó al paciente cuyo doctorado en el arte de curar lo volvía un sujeto informado en la materia, y que por esas cosas del destino ahora debía estar del lado de los pacientes. Terminales, quizá.
El presidente del cuerpo colegiado rodeado de sus colegas miró fijo a Marcos y leyó el informe lapidario. Una vez terminada la lectura, el cardiólogo -ahora convaleciente- afirmó en voz baja a sus colegas: “Así que digamos que me quedan unas semanas de vida y que la quimio ya no da resultados”. Uno de los oncólogos de la junta le dijo con voz de amigo: “Marcos, se trata de que tengas la mayor calidad de vida posible, pero de todos modos por el tiempo que quede aconsejamos la internación”. Pero el joven cardiólogo respiró hondo y simplemente respondió: “Tengo mejores planes para las próximas semanas, entonces”. Los integrantes de la junta científica no lograron hacer entrar en razón al Dr. Marcos.
El vivía solo en una casa pequeña en Luján. Toda su vida había buscado a su mujer ideal -o quizá idealizada por su frondosa imaginación- y como suele ocurrir, esa mujer nunca llegó a pesar de la incansable búsqueda de aquel cardiólogo que ahora se sabía con los días contados.
Al día siguiente, Marcos colgó para siempre su guardapolvo de doctor y se puso su campera de jean con un parche en la espalda de revólveres y rosas, esa que tanto le criticaban sus rutinarios colegas que solían vestir aburridos blazers. Y cambió su incómoda silla de paciente oncológico por la butaca de su Dodge Coronado 72, el que con cuidado sacó marcha atrás de su garage. Era una mañana soleada en Luján y Marcos encaró la ruta por la que su 6 cilindros rugiría por lo poco que le quedaba de vida. Ya no buscaba un amor, ni diversión, ni tampoco quitarse el estrés laboral, ni despejarse. Salió a ser él mismo antes de que fuese demasiado tarde. A capturar un poco de vida. El llamado de la carretera.
Y así llegó a Rosario, pasando por la YPF de San Pedro para almorzar. Luego de un par de días en la “Chicago argentina”, donde sacó fotos de su Coronado en la puerta del Bar El Cairo, siguió hacia Córdoba y pasó horas y horas en el camino de las sierras, donde se detuvo y desde lo alto arrojó su teléfono celular al vacío, quizá en un acto de liberación personal. Más tarde la noche lo sorprendió. Y estacionó frente a un lago para mirar la luna y las estrellas, y lejos de lamentarse, dio gracias a Dios por tanta belleza y tanta libertad. Si la junta médica le había aconsejado “calidad de vida”, esto era precisamente calidad. “Debí haber hecho esto mucho antes” pensó.
Y así pasó días y días en la ruta parando en grandes ciudades o pequeños pueblos para dormir y soñar, y luego seguir manejando sin rumbo fijo por el país, y así, sin darse cuenta, sus dolores físicos fueron desapareciendo a medida que encontraba paz en su alma. Una noche llegó a Tilcara en Jujuy, pagó una pequeña habitación en una posada entre los cerros, y allí, cerca del pucará construido hace siglos por los dueños antiguos de esas tierras respiró el aire puro de la oscuridad y le dijo al cielo: “La ruta es mi lugar en el mundo”.
A la mañana siguiente le dio arranque a su Dodge que rugió como en los setentas cuando salió de fábrica, y encaró la carretera una vez más. Retomó hacia el sur y buscó la ruta 307 de Tucumán pasando por Tafí del Valle y el camino de los cerros. Por primera vez en mucho tiempo Marcos no solo no sentía dolores en el cuerpo ni en el alma. Era como si la enfermedad hubiese desparecido desde el momento en que el dejó de pensar en ella. Solo era sentir el poder de la aceleración de un Slant Six bajo su pie derecho y disfrutar de la armonía de un motor verdadero rugiendo como puma entre la vegetación del noroeste.
Al tomar la ruta 301 poco antes de llegar a San Miguel, repentinamente sintió que pisaba en vacío, y que el pedal del acelerador se iba a fondo a la vez que el Dodge iba perdiendo velocidad paulatinamente. Signo inequívoco de una cosa: se había cortado el cable del acelerador. Por suerte eso pasó en una recta, y de a poco fue acercando su auto al costado de la banquina. Una vez detenido, se bajó y al levantar el capot comprobó que lo que había pensado era correcto: el cable que salía del carburador estaba desmechado y cortado. Comenzaba a anochecer y al revisar entre las herramientas del baúl no encontró ningún tramo de alambre que lo saque del paso. Y la noche se cerró y ya nadie pasaba por la carretera; entonces Marcos sacó una linterna de la guantera para hacer señas y pedir ayuda.
Así estuvo un largo rato, quizá arrepintiéndose de haber arrojado su celular desde aquella sierra cordobesa, hasta que en el horizonte del camino vio aproximarse un auto con potentes luces de xenón y leds que se acercaba y se acercaba.
Marcos le hizo señas con su linterna, y al llegar a él, el vehículo se detuvo. Era una Hyundai Tucson roja que en la noche relucía bajo las estrellas. Un sujeto regordete, sonriente, y vestido con un impecable traje de rayas finitas y gruesas solapas se bajó del auto de la marca coreana diciendo: “Buenas noches ¿Qué te pasó?”. Marcos respondió: “Nada, una pavada. Se me cortó el cable del acelerador y...”. Entonces el tipo del traje rayado lo interrumpió diciendo: “Si, claro, una pavada pero te dejó tirado en medio de la noche y de la ruta”. “Digamos que sí...” respondió Marcos agregando: “Todo lo que necesito es un trozo de alambre ...”. Y el misterioso sujeto del Hyundai echó una carcajada siniestra mirando al oscuro cielo, silabeando: “Un pe-da-zo de a-lam-bre, jajaja. No, mi amigo, imaginate que andando yo en un vehículo así de nuevo, no ando transportando pedazos de alambre en una caja, precisamente. A estos autos los escaneás y listo. No necesito saber lo que es un juego de llaves”. Fue allí cuando mirando fijo a Marcos y con una sonrisa compradora le efectuó una invitación: “Por que no cerrás ese Torino y te venís en mi auto hasta el pueblo más cercano. Hay uno acá a unos pocos kilómetros. Te puedo dejar allí, aunque sea para que no te quedes aquí en medio de la nada, y mañana te volvés a buscarlo si querés...con algún remolque del pueblo. No se...no creo que nadie se lo lleve”. El tipo abrió la puerta del su SUV haciéndole a Marcos un gesto como para que suba. Las butacas confortables del Hyundai irradiaban su olor a nuevo mezclado con el calor interno del habitáculo climatizado, que contrastaba con el frío de la noche tucumana.
Muchos se hubieran lanzado de cabeza a esa invitación a la comodidad que era como un escape de aquel inhóspito paraje. Muchos, pero no Marcos, que miró a su Coronado, lo pensó un segundo, y le dijo al personaje regordete: “No, gracias, no puedo dejar a mi auto solo aquí...algo se me va a ocurrir”.
El tipo de las grandes solapas se puso serio y le retrucó: “¿Algo se te va a ocurrir?, ¿Cómo que?” y repitió exasperado: “¿Que cosa se te va a ocurrir?”. Y fue entonces cuando cometió un gravísimo error al golpear repetidas veces con la palma de su mano el techo del Dodge exclamando: “¿No te das cuenta de que este auto te dejó tirado?, ¡no camina más!”. Allí mismo Marcos lo tomó por el cuello, lo estampó contra el metálico casco de su Coronado, y metiéndole su linterna encendida en un ojo le dijo: “Si no te rajás ya mismo en tu auto de marica, el que no va a caminar más sos vos”, agregando: “Y no es un Torino, es un Coronado”.
Una vez que lo soltó, aquel tipo entró raudamente a su SUV Hyundai con la respiración agitada, lo puso en marcha y se fue del lugar. Mientras se iba giró su cabeza echando una última mirada al joven cardiólogo varado en el camino, quien en la oscuridad de la noche vio como el ojo de ese desconocido, violentado por la linterna, se veía de un color rojo furioso, y lo miraba como lanzándole maldiciones.
Marcos se quedó solo una vez más y se puso en cuclillas al costado de la carretera respirando profundamente para tratar de relajarse, luego de aquel incidente inesperado. Escuchó a los grillos, a las aves nocturnas y sintió el frío cada vez más intenso. Pero en ningún momento se arrepintió de no haberse subido a aquel auto de marca coreana que acababa de escapar como rata por la noche.
De repente sintió sobre su cabeza la vibración inequívoca del aleteo de un pájaro grande y pesado. Se incorporó de su posición y vio como una lechuza se posaba sobre el techo de su Dodge y allí se quedaba por un instante cruzando su profunda mirada con la de Marcos, que la observó en silencio por unos mágicos segundos hasta que aquel pájaro giró su cabeza y levantó vuelo. Mientras el ave se perdía en la oscuridad, el cardiólogo de Luján creyó escuchar que la lechuza susurraba su nombre mientras se alejaba sosteniendo la última letra (Marcosssss).
La perplejidad del dueño del Coronado fue interrumpida por el sonido inconfundible de un motor de 8 cilindros que se acercaba. Marcos se dio vuelta y vio como una camioneta de gastadas luces se aproximaba, y una vez más comenzó a hacer señas con su linterna. Al tener cerca a aquel vehículo, reconoció la silueta de una chata con la el mismo había soñado muchas veces: una Ford F1 de principios de los años cincuenta.
La camioneta se salió de la ruta unos metros, deteniéndose al lado del cardiólogo y su Dodge. Estaba oxidada por todo su casco, lo cual la hacía aún más hermosa. Marcos se acercó a la chata y acarició su chapa en forma horizontal sintiendo la aspereza propia del noble metal antiguo en la palma de su mano. De repente un tipo canoso y con campera de cuero negra tipo rocker se bajó de la F1 dando un portazo y le dijo: “Alguien que acaricia un auto de esa manera indudablemente sabe de fierros”. Marcos lo miró levantando las cejas y comentó: “es una ’50 o ’51...”. “Si, una Ford F1 modelo 51” contestó el tipo de la campera de cuero, agregando: “¿Necesitás ayuda?, ¿Qué te anda pasando?”. “Se me cortó el cable del acelerador y me quedé sin tracción” contestó Marcos especificando: “Todo lo que necesito es...”, “ ¡Un trozo de alambre!” se anticipó el tipo de la Ford, y se dirigió a la caja de la chata, de la que salió con un rollo de alambre finito y un alicate mientras la luna lo iluminaba. “Dejame a mí, que esto es una pavada” le dijo al cardiólogo mirándole las manos a la vez que le decía con mirada irónica: “¡Esas no son manos de de mecánico, ja ja ja!”. Y se puso manos a la obra en el motor.
Unos minutos más tarde el desconocido le dijo a Marcos: “A ver, dale arranque y pisá el acelerador”. El joven lo hizo y el Slant Six rugió en la noche tucumana como espantando demonios, mientras Marcos sacaba afuera del auto su mano izquierda pulgar para arriba.
Aquel hombre volvió a subirse a su oxidada camioneta. Marcos le agradeció y lo felicitó una vez más por la F1. En la radio de la chata estaban pasando “Paradise City” de los Guns’n’Roses. “¡Escuchá, escuchá!” le dijo el tipo. “Temazo” -asintió con la cabeza Marcos-, y luego le expresó a quien lo había ayudado: “La verdad que me salvaste”. Con toda humildad, el sujeto canoso de la Ford le dio la mano y le contestó: “No, vos te salvaste solo, amigo”. Metió primera y se fue por aquella ruta mientras de a poco empezaba a salir el sol en el horizonte. Comenzaba un lunes, pero eso a Marcos ya no le importaba. Años atrás alguna vez había reflexionado: “Seré realmente libre el día en que no me importe que sea lunes”.
Marcos bajó el capot de su Coronado, le dio arranque y salió a rutear una vez más. Sentía una infinita libertad y plenitud con los primeros rayos de sol en su cara.
Pocos kilómetros más adelante divisó al costado del camino a la chica más linda que había visto en todo su viaje, que con el cabello suelto y vistiendo unos jeans ajustados hacía dedo al costado de la carretera. Marcos paró y aquella belleza rutera se sentó en el asiento del acompañante. Ella tenía una remera que dejaba descubierta su espalda y permitía que allí se viese un tatuaje de unas grandes alas como de ángel. “Buenas alas, esas” fueron las primeras palabras del cardiólogo al volante del Dodge para con ella. Marcos nunca había sido tan feliz.
Horas antes de de eso, en la madrugada de ese lunes, la Policía de la Provincia de Tucumán encontró al costado de la carretera un Dodge Coronado modelo ’72 detenido con el cuerpo de un hombre sin vida en su interior. Los forenses dijeron que se trataba de un paciente oncológico fallecido debido a su enfermedad. Los peritos mecánicos encontraron el motor Slant Six de ese vehículo en perfecto estado con el solo agregado de un trozo de alambre en su cable de acelerador.
En el estéreo de aquel auto sonaba sin parar una vieja canción que decía “Take my down to the paradise city, where the grass is green and the girls are pretty...”.


Por CÉSAR RODRÍGUEZ BIERWERTH