HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





domingo, 29 de junio de 2014

martes, 3 de junio de 2014

5 años, 30 cuentos (para TC Urbano/junio)


En la revista TC Urbano N° 144 del mes de Octubre de 2009 aparecía mi primer cuento llamado “Caravana de Chevys”, que era apenas una narración escrita a mitad de camino entre la realidad y la ficción acerca de aquella inolvidable caravana conmemorativa de los 40 años del lanzamiento del Chevrolet Chevy en Argentina. Pero lejos de constituir un mero texto de reporte periodístico, recuerdo que para esa oportunidad decidí incluir a dos personajes: un abuelo y un niño (su nieto Thiago). Casi sin querer, aquel relato se convirtió en un verdadero punto de partida, en el primero de mis cuentos publicados en esta revista, de la cual hasta ese entonces era asiduo lector, dada mi pasión por los autos clásicos de los sesentas y setentas. Ambos personajes aparecerían luego en la continuación de esa  historia: en “La Segunda Cruzada”, y poco más tarde en “La Tercera Cruzada”, consolidando una trilogía que incluso tuvo sus versiones en cortos de video que yo mismo me encargué de realizar y hoy en día tienen decenas de miles de vistas en Youtube. Recuerdo también que en 2011, inclusive realicé una presentación de estreno del video de “La Tercera Cruzada” a sala llena en un local de San Telmo. Eventos de esa magnitud han hecho que tome conciencia del alcance y el éxito de mis cuentos, y debo confesar que muy a menudo me planteo la posibilidad de hacer una “Cuarta Cruzada” debido al pedido de algunos de mis lectores.

            Lo cierto es que desde aquel punto iniciático de “Caravana de Chevys” hasta el presente, y a lo largo de casi 5 años y más de 30 números de la revista, mis relatos han aparecido en forma ininterrumpida en la TCU y me han dado, como escritor y como persona, innumerables satisfacciones traducidas en nuevas amistades verdaderas y reconocimiento a nivel nacional e internacional –ya que en mi blog www.lanochedelachevy.blogspot.com.ar- publico en simultáneo mis cuentos, logrando así una llegada a muchos lectores de otros países de habla hispana desde México hasta Chile, etc. que también me hacen llegar sus comentarios y opiniones acerca de mis trabajos.

            Como soy un convencido de que debemos ser coherentes entre lo que escribimos y nuestro real estilo de vida, es que frecuentemente suelo salir a las rutas con mi Chevy llamada “La Maga”, y siempre me resulta muy grato ser reconocido en otras Provincias y pueblos lejanos cuando llego, donde muy a menudo se me acercan lectores de esta revista fanáticos de todas las marcas de autos, que al verme me comentan mis cuentos, incluso con citas textuales de mis palabras. Así, a mi paso, he sido agasajado con asados, cenas y amistosas charlas de café en lugares que he ido recorriendo a lo largo del país.

            Cuando me preguntan cual de todos mis cuentos es el mejor, no creo tener una respuesta precisamente yo a tal interrogante, pero debo admitir que si bien todos guardan un lugar muy especial en mí, dado que en gran porcentaje tienen mucho de autobiográfico, textos como “La Noche del Impala”, o “No hay Hoteles en Tortugas” están entre mis predilectos. Pero lo bueno es que cada lector se identifique con “su” historia o cuento favorito, dado que todos si bien compartimos códigos, tenemos nuestras propias vivencias e historias personales, que hacen que nuestras afinidades vayan por caminos distintos. En ese sentido, debo confesar que cuentos como “The Sky is Criying”, “El Valiant y el Molino” o “Manifiesto”, están entre los más populares en las opiniones de mis seguidores.

            También aprovecho esta oportunidad de balances para anunciar que mi libro “LA RUTA DE LOS INMORTALES” que compila la mayoría de mis cuentos publicados en la TC Urbano, saldrá finalmente a la venta durante este año 2014, y daré a conocer su lanzamiento tanto a través de esta revista como de mi blog, Facebook, etc. La edición de mi primer libro es un anhelo que luego de mucho esfuerzo estoy a punto de concretar.

             Así que finalmente, me despido hasta el próximo número de la revista, expresando mi agradecimiento a todos aquellos que disfrutan de mis cuentos y me lo hacen saber en cada oportunidad, y dejando a continuación una serie de fragmentos elegidos de solo algunas de mis historias publicadas en TC Urbano hasta el momento.

“EL INGLÉS”

“Y allí Matías, contempló aquello que jamás olvidaría y nunca nadie le creería: el Valiant II con sus luces encendidas en lugar de girar y volver haca la ruta, avanzó lentamente en dirección al mar. Paso a paso la figura de aquel auto inmortal fue sintiendo la arena cada vez más húmeda bajos sus cubiertas, la espuma de las olas comenzó a estallar contra su parrilla y sus paragolpes delanteros y poco a poco se fue metiendo en el océano que terminó por cubrirlo por completo.”

“EL AUTO FANTASMA”

“La enorme y pesada puerta izquierda del auto hizo clack  y se abrió sola, con solemnidad, invitando a Guillermo a subir. El muchacho sin brazos no lo dudó ni un instante. Entró a la GTX y se sentó al volante en la mullida butaca principal. La puerta se cerró con perfección. Dentro del vehículo Guille lo miró a Piluso que observaba la escena desde la puerta de la casa y le dijo: “cuidá de mamá hasta que yo vuelva”. Las inmensas ruedas traseras de la coupé traccionaron y en pocos segundos el auto fantasma y su conductor se perdieron en el nocturno horizonte de la ruta 8.”

“SANTA FE Y CALLAO BLUES”

“Estos autos son muy agradecidos”  me comenta Fernando, y agrega: “siempre te van a recompensar por haberlos rescatado”. Y yo se que no miente, al viajar en autos así siento que se puede vencer al tiempo.”

“LA MARCHA DE LOS TEMERARIOS”

“De vez en cuando nos alejamos de la ciudad y nos adueñamos de los caminos en eternas caravanas de “Hombres-Niños-Soñadores” con motores que rugen como marchas militares de victoria. Ejército de Temerarios.”

“NO HAY HOTELES EN TORTUGAS”

“Lo veo trasponer la puerta y salir a la tormenta. Se sube a ese Falcon celeste estacionado al lado de mi Chevy, ese mismo Ford con el que yo aprendí a manejar y con el que fui feliz tantos años. Está igual que la última vez que lo vi. Observo cómo se aleja bajo la lluvia. El pasado no puede escucharme. Pero yo sí lo escucho.”

“LA PELÍCULA DE TU VIDA”

“Por lo tanto, más vale que elijas un buen auto para el largometraje que te toca protagonizar, porque la gente que pagó la entrada tiene derecho a ver un buen espectáculo, con motores estruendosos de seis y ocho cilindros, carrocerías metálicas, chasis bestiales, jaulas antivuelco y un olor a nafta que pueda traspasar la pantalla. Te aconsejo que elijas escenografías en la noche y en la ruta, que te rodees de amigos que compartan tu pasión, y que armes un auto digno de la leyenda en la que toca el rol central.”

“ATRAPASUEÑOS”

“Esteban recordaba a Daniela con la soleada luminosidad con que se recuerdan los veraneos más felices del pasado. Llegó a amarla como se ama a esas mujeres respecto de las cuales se guardan pequeñas fotos de rollo reveladas a las que les hablamos cuando estamos en soledad. En su corazón conservaba imágenes donde ella le sonreía al costado del mar bajo las estrellas de un lejano enero. Por ella había derramado lágrimas que ni sus más íntimos conocían. Y por ella había sido feliz alguna vez, tanto como para no olvidarla y nunca más volver a enamorarse.”

“AMIGOS DE HIERO 2”

“El código del guerrero debe ser respetado. Pertenecemos a una raza que nació para la ruta, por eso la buscamos todo el tiempo y ella nos llama en sueños. No sé si es una elección, quizá sea un destino. Sabemos reconocer a nuestros hermanos, y cuando perdemos a un copiloto nos queda esa herida en el alma que nos recuerda nuestra condición humana dentro de la armadura de metal.”

                                   Por CÉSAR RODRIGUEZ BIERWERTH

miércoles, 26 de marzo de 2014

NO HAY HOTELES EN TORTUGAS

 
 
Deberías entender que estás muy solo, imbécil. Solo en el living de tu casa, con una herramienta tecnológica que maquilla o anestesia una crisis existencial. Pulsando  teclitas en un chat,  intercambiando mensajitos con una entidad a la cual no podés mirar a los ojos, ni tocar, ni oler, ni  sentir. Y cuanto más confortable te hagan tu placebo, menos vas a salir a la vida real, y más solo estarás. 
    Algunos nunca entenderán. Allá ellos. No pienso caer en ese cazabobos de esta era del vacío.
    Y la radio difundiendo temas de cantantes llorones diciendo: “No sigo más, no tengo reeesto”. Vergüenza debería darles. Y de seguro cobran buen dinero por eso. ¿A cuánto cotiza tu llanto?
    Aún recuerdo cuando los temas se llamaban “God of Thunder” o “Love Removal  Machine”, o cuando Luca Prodan explicaba en un reportaje la clave de lo que debe ser una letra de rock: “Dámelo, nena, dámelo ya-eso es una letra de rock”.
    Quizá sea cierto eso de que antes los rebeldes querían cambiar al mundo con canciones y hoy con “aplicaciones”. Pero eso me parece lamentable. Me parece lamentable que quieran reemplazar a los rockers por los “emprendedores”. Me parece lamentable que antes los jóvenes tuviesen como paradigma de la rebeldía a Jim Morrison, a Sid Vicious, a Cobain y hoy quizá quieran parecerse a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook. ¿Cuál sería el mensaje, entonces?: si no quieres morir joven como aquellos hazte millonario a temprana edad como éste. ¿Ah, sí? ¿Y a qué precio? ¿Al precio de la frustración y la infelicidad de aquellos que no logran volverse ricos antes de los 30?
    Por eso yo me quedo con la sabiduría irónica de los escritores como Bukowski, Borroughs o nuestro Enrique Simns, con quien hasta tuve el honor de compartir un café alguna vez en un clásico desaparecido bar de Almagro. Justamente Simns, creador de obras maestras como “Big Bad City” supo sostener: “De chico solía leer historias donde aparecían gigantescos y horribles monstruos que todo lo destruían, y yo pensaba que eran pura fantasía. Pero de grande descubrí que realmente existían”. Estos escritores, rebeldes verdaderos desde sus edades bien avanzadas, mirando hacia atrás, aprendieron a reírse de la mentira del sistema; nunca se hicieron millonarios y sus historias acerca de la senda de los perdedores merecen ser degustadas una y otra vez.
    La vida comienza cuando uno se desconecta. Los mejores tiempos fueron los tiempos previos a la llegada de la morfina de internet. El sol brillaba más, las noches eran más largas  y salvajes, el café tenía más cafeína y la nafta más octanos. Había más tiempo para los cabarets y todas aquellas buenas chicas. Había más tiempo para las historias de amor. Había más tiempo para los buenos amigos con quienes descubrir lindos tugurios de música tecno dark habitados por fantasmas soñadores, profetas adictos y santos bebedores de las mil y una noches. ¿Cuándo fue que nos cambiaron Buenos Aires?, nunca di mi consentimiento explícito para que terminen los noventas. ¿Cuándo fue pusieron un supermercado en donde antes funcionaba Ave Porco? Aquel cerdito con alas de la puerta debería al menos estar en un museo guardado como un tesoro patrio junto a una llama que nunca se apague como esa del soldado desconocido en honor a quienes pasamos por sus oscuros salones ambientados por Sergio de Loof.
    La ciudad y la noche me transformaron en un sobreviviente que ahora suele ser visto en bares y hoteles de pueblos perdidos en la carretera, donde quizá Tom Waits atienda la barra y Nick Cave sea el recepcionista.
    Así es. Creo que voy a salir a buscar aquel viejo sol por el camino de las sierras, tomando por Ruta 9. Tengo una Chevy con motor V8 que aún agita mi lado salvaje. Siempre es bueno un poco de olor a nafta. Después de todo, es mejor ajustar tuercas que pulsar pantallas táctiles de celulares. La realidad es de metal, y pobre de aquel que no lo entienda. Mi auto es Jim Morrison, y Vicious, y Cobain, y toda la raza de los que se resistieron a madurar.
    Voy saliendo de la ciudad y tomo por el acceso norte buscando la autovía 9. San Pedro, San Nicolás, y veo a los otros autos. Desde esas cápsulas 1.4 con aire acondicionado, sus autómatas conductores ven la carretera como si fuera una película. Yo, con el viento en la cara estoy dentro de la película. Luego Rosario, y allí tomar por la ruta vieja camino a Córdoba, ya que la autopista nueva no tiene estaciones de servicio y el V8 es muy demandante, pero su sonido de mecánica de vieja escuela americana lo compensa todo. Cañada de Gómez, y paro a saludar amigos que conocen mis frases mejor que yo. Agradezco todo esto. Paso por Armstrong cuando anochece y pienso que debería parar a descansar en el próximo pueblo porque en el horizonte comienzan a dibujarse los rayos de una tormenta eléctrica.
    Según los carteles de la ruta, el próximo poblado se llama Tortugas, y pienso que definitivamente debo parar allí para guarecerme y pasar la noche. Con los relámpagos cortando el negro cielo, mi Chevy avanza bajo cortinas de agua y me siento infinitamente libre surcando caminos misteriosos.
    Cuando llego a Tortugas, en la entrada del pueblo, junto a un bizarro cartel de bienvenida hay una pobre estación de servicio con una suerte de restaurante anexo que parece abierto. Allí entro y el lugar está vacío con la salvedad de un viejo en camiseta, sentado detrás de una caja registradora que mira un partido de fútbol en una tele de la pared. Hay olor a insecticida. El tipo me mira –me pregunto cómo será vivir así-. Enseguida le digo: “Buenas noches, quisiera saber si por aquí hay algún hotel, si es posible con garaje cubierto…”, “No, no”, me interrumpe el anciano: “No hay hoteles en Tortugas. Tenés que seguir unos veinte kilómetros hasta Marcos Juárez. Ahí tenés seguro”. Así es que sigo camino hasta Marcos Juárez, y al entrar a la zona urbanizada bajo la tormenta veo un cartel de recepción local que me indica que esa ciudad cordobesa es la capital de algo que no recordaré jamás, o el “corazón productivo del país” o vaya uno a saber qué. Pero lo cierto es que comparado con Tortugas, parece New York. 
    Cuando veo un bar sobre mi mano derecha, estaciono la Chevy en la puerta junto a un Falcon generación 78/81 y entro para tomar algo y preguntar por algún alojamiento. Me acerco a la barra y el encargado me recomienda un par de lugares cerca. Afuera la lluvia sigue azotándolo todo, así que decido hacer una pausa ahí mismo para tomar algo antes de ir para el hotel.
    Desde una mesa junto a la ventana veo a un pibe de unos veintipico que me hace señas como si me conociera para que me siente con él. Así que me acerco. Su cara me parece vagamente familiar, como del pasado. Tiene el pelo corto castaño alborotado con un jopo rebelde, una sonrisa amigable y una remera de manga corta del ejército zapatista. Me acerco un poco más y me hace un gesto invitándome a que me siente a su mesa. No le pregunto su nombre, el tampoco. Me siento frente a él y a nuestro lado sobre el ventanal del bar la lluvia cae como cascada. El pibe se acomoda el pelo para atrás como si fuese Mike Patton de Faith No More, y con su pulgar señala al exterior: “Tremenda tormenta”, me dice. “Si, si” le contesto, “no da para andar así de noche por la ruta”, y él me interrumpe levantando las cejas  diciendo: “Cualquier cosa podría pasar en una noche así”. Yo le cuento que voy hacia las sierras, quizá hasta Capilla del Monte, y él me cuenta que vuelve para Buenos Aires en sentido opuesto. En eso se acerca la camarera, una cordobesa morocha de lindas piernas, y yo pido dos cervezas. Cuando la chica se aleja, el muchacho la ve irse y me dice: “Wow, man!, esas cosas hacen que la ruta sea un lugar todavía mejor”. Y allí comienza a desarrollar un monólogo en el cual explicita toda una teoría que sostiene que las chicas del interior suelen ser más conservadoras que las porteñas, las cuales a su vez son menos liberales que las europeas. Sigue disertando y agrega con énfasis que las brasileras y las chilenas serían más fáciles que las argentinas, pero que luego se enamoran y exigen compromiso. Yo lo escucho, y por experiencia propia, no puedo más que darle la razón. 
    La morocha nos trae las cervezas, y el pibe me cuenta que recientemente estuvo en Rio de Janeiro, y en algunas playas de Chile como Reñaca y Viña. También me muestra una cintita con los colores de la bandera de Colombia, que a modo de pulsera hace poco le ató la mismísima Andrea Echeverri, cantante de Aterciopelados, con quien estuvo hablando luego de un show. No para de hablar, y de su relato se desprenden esas luces de quien aún no fue golpeado por la vida. Aborda las más diversas temáticas: “No tiene sentido casarse antes de los 40”, exclama, y yo asiento con la cabeza.
    De repente lo miro fijo, seriamente,  y lo llamo a silencio deteniendo su catarata vertiginosa de anécdotas, diciéndole con tono imperativo: “¡Tengo que advertirte de muchos errores que no debés cometer…!”, pero el se tapa los oídos con los dedos y haciéndome un gesto negativo con la cabeza me dice: “Sabés que eso es imposible. Para que vos estés allí, primero yo debo estar aquí”. Entonces se toma su último trago de cerveza, se levanta raudamente de la mesa y sin perder su sonrisa se aleja y va saliendo del bar cantando “Riders of the storm, there´s a killer on the road…”. Lo veo trasponer la puerta y salir a la tormenta. Se sube a ese Falcon celeste estacionado al lado de mi Chevy, ese mismo Ford con el que yo aprendí a manejar y con el que fui feliz tantos años. Está igual que la última vez que lo vi. Observo cómo se aleja bajo la lluvia. El pasado no puede escucharme. Pero yo sí lo escucho.
    Cuando la camarera me trae la cuenta de las dos cervezas que me tomé, me pregunta si siempre tengo la costumbre de hablar solo. “De vez en cuando”,  le contesto.
    Recomiendo la ruta para reencontrarse con uno mismo. Eso sí: no hay hoteles en Tortugas.

 
                                   Por CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH                                     

martes, 10 de diciembre de 2013

EL INGLÉS


El 13 de abril de 2012 poco antes de las 9 de la noche, aquel tipo longilíneo, de cara alargada y orejas paradas se bajó de un Valiant II en elevado estado de deterioro exterior, pero cuyo motor sonaba como nuevo. Lo estacionó en la puerta de un pequeño hotel de mala muerte en las afueras de Puerto Madryn, sobre la ruta. El sujeto vestía un impermeable largo gris y zapatos negros con suela de goma. Entró en la recepción donde el mostrador se hallaba vacío y solo observó una suerte de living que funcionaba como lobby o sala de estar con tres sillones de madera con almohadones polvorientos y una vieja televisión encendida que transmitía la programación de un canal local. Era la tanda publicitaria y pasaban propagandas de casas de pesca, pequeñas boutiques y otras tiendas comerciales de la zona de influencia de aquella señal de cable.
Lo único que parecía tener vida en aquella sala era un niño de unos diez años, que cubierto de libros y cuadernos aparentaba estar haciendo sus tareas escolares.
El tipo de la larga gabardina gris le dijo entonces al chico con un acento extraño, separando bien las palabras: “Hay-alguien-en-la-recepción”. Recién entonces el pequeño estudiante que parecía muy concentrado, levantó la mirada de sus cuadernos y le contestó: “Ah, si. Hola. Ya llamo a mi papá”. No fue necesario, un sujeto canoso, con algo de sobrepeso y que vestía un chaleco de lana con cuello en “V”, se apersonó en aquella modesta recepción y poniéndose tras el mostrador dijo en voz alta: “Buenas noches. ¿En que lo puedo ayudar?”. “Necesito quedarme un par de noches” respondió el del sobretodo agregando: “Estoy yo solo”. “Si, tenemos una single. Son 110 pesos y el desayuno se sirve hasta las diez” le contestó el regordete del chaleco con fingida solemnidad, como si se tratase del Hilton. “Está bien, me quedo aquí” consensuó el más delgado asintiendo con la cabeza. El del chaleco, entonces, sacó desde abajo del mostrador una carpeta, y birome en mano comenzó a tomar datos: “Bueno, voy a pedirle su nombre…”. “Wallace Hartley” le dijo el huésped con una pronunciación de inglés impecable. El gordo levantó las cejas, y señalándole con el dedo índice un renglón de la hoja de su carpeta, le solicitó: “Mejor, escríbamelo usted. No entiendo nada de nombres extranjeros…¿usted de donde es?” . “De Inglaterra”, le contestó el tipo delgado. Entonces el hombre del mostrador levantó las cejas y le dijo al chico que seguía en los sillones con sus libros y cuadernos: “Che, Matías, ¡el señor es inglés! Ja ja ja, ya tenés quien te ayude con esa materia del colegio”. El niño puso cara de sorprendido y le hizo un gesto de aprobación con un dedo pulgar para arriba. “Se lo digo en joda, je je je. Es que con esa materia de la escuela, la verdad que mi pibe no la pega…y bueh, tiene a quien salir” le aclaró el del chaleco a su nuevo pasajero, mientras se golpeaba su propia cabeza con el puño cerrado en gesto de ser poco inteligente, o al menos con dificultades para los idiomas.
Una vez que el extranjero estampó su nombre en el libro de huéspedes de aquel hotelucho, pagó las dos noches por adelantado, y el padre de Matías le ordenó a su hijo: “Che, Mati, ayudalo al señor para que entre su equipaje”.
Así fue como Wallace y el niño salieron y se dirigieron al oxidado Valiant, desde cuyo baúl, el inglés extrajo una vieja valija de cuero pequeña con forma rectilínea. Luego abrió el auto y desde el asiento del acompañante sacó un estuche de violín. El chico se animó diciendo: “Yo puedo con todo”. Repentinamente, el europeo, como un acto reflejo, pareció aferrarse a su instrumento musical y le aclaró al pequeño: “No, no. Está bien, gracias, esta la llevo yo”. Así fue como Matías acompañó al nuevo huésped del hotel hasta su habitación, llevándole su viejo baúl de cuero y ahí se lo dejó, dentro del cuarto. Le dio la llave y como contraprestación, el británico le dio un billete de 20 $ como propina diciéndole: “Gracias. Y cuando quieras puedo ayudarte con inglés para tu tarea”.
Esa noche, la familia propietaria de aquel modesto albergue de ruta, escuchó como el extranjero en las afueras del hotel ensayaba en soledad una melodía como practicando con su violín.
A la mañana siguiente Wallace se presentó impecablemente afeitado en el desayunador del hotel (unas seis mesas con manteles a cuadros y vajilla barata). Una señora se le acercó con una jarra de café y le dijo: “¿Café con leche?”. Wallace la miró y contestó: “Don´t drink coffee, I take tea my dear”. La mujer de la jarra le puso cara rara y llamó a su marido: “Miguel, ayuda por favorrr… No entiendo lo que me dicen”. El inglés sonrió y aclaró enseguida con su acento british: “¡No, no! , es una broma, así dice una canción. Sí, café, gracias”. Allí apareció el tipo de la recepción de la noche anterior que resultaba ser el tal Miguel, y le dijo al extranjero: “Buenos días, mi amigo. ¿Como durmió”. “Muy bien” respondió Wallace mientras aquella señora cargaba su taza. Miguel prosiguió, ahora preguntando: “Y digamé, si se puede saber…¿Qué anda haciendo acá por la Patagonia? Es raro, parece turista pero ya vi su auto afuera. Nunca vi un turista extranjero por la ruta en un Valiant”. El inglés miró por la ventana del desayunador, desde la cual se veía su auto y señaló con un dedo diciendo: “Es un auto que volvió de la muerte. Estuvo muchos años abandonado oxidándose…por eso me gustó tanto cuando lo elegí. Es como un auto que nunca muere. Se reparó su motor y ahora sigue andando. Necesitaba un auto así, algo que pueda vencer el tiempo pero que también sea elegante. Un auto con clase, que pueda acompañarte por siempre…” .
Miguel seguía sin entender o quizá entendía ahora menos que antes, pero retomó su pregunta inicial. “Bueno, bueno, ¿pero que anda haciendo por acá? mi hijo me contaba que usted a lo mejor es músico…por el estuche ese digo”. “Si, soy músico” contestó Wallace agregando: “Por si escucharon lo que tocaba anoche, es una pieza llamada Más Cerca de Ti, Dios Mío. Pero bueno…vine hasta este lugar para casarme. En unos días llegará mi novia…y ya saben…, hicimos una promesa …es una larga historia …”. “¡Ah, bueno!” interrumpió el dueño de aquel hotel, “¡parece que todo era una historia romántica, ja ja!”. “Aprendé” le replicó su mujer a Miguel, mientras le cargaba más café al huésped en su taza poniendo su cuota de ironía femenina. Entonces fue ella la que interrogó al británico mientras éste disfrutaba de su desayuno sabiéndose el objeto de la curiosidad de los locales, “¿Y hace mucho que están de novios?”. El inglés resopló y mirando al techo, luego suspiró: “Y…como un siglo, pero ya es tiempo, estuvimos comprometidos años y años…ya es tiempo”. En ese instante Wallace miró hacia abajo y repentinamente sus ojos se llenaron de lágrimas, poniéndose serio. Miguel le hizo con la cabeza un gesto a su mujer y le dijo al extranjero: “lo dejamos que desayune tranquilo, amigo”. Y lo dejaron solo en su mesa con su café, sus medialunas y sus pensamientos.
Esa tarde Wallace se dedicó a ayudar al pequeño Matías en sus tareas de inglés en los viejos sillones de la recepción. Cuando terminaron el homework, el niño le pidió a su ocasional profesor particular, que le mostrara el misterioso Valiant que fuera del hotel parecía esperar. Así fue como ambos salieron a la puerta del establecimiento donde el auto clásico estaba estacionado junto a la pequeña bicicleta de Matías. Wallace entró al auto y le dio arranque en punto muerto. La vieja carrocería de metal vibraba y el niño abrió grandes sus ojos, frente a un auto que se veía y sonaba como salido de una épica historia de caballería y dragones. Entonces sonriente, el inglés salió del auto estacionado pero en marcha regulando, y le dijo al pequeño Matías: “Y ahora lo mejor”, entonces levantó el capot y le mostró el Slant Six en funcionamiento. Aquella cosa se movía, parecía tener vida, y su sonido acreditaba una mecánica perfecta. Miguel y su mujer salieron a la puerta del pequeño hotel patagónico y desde allí observaban la escena. Entonces, advirtiendo que el auto en funcionamiento era contemplado por la familia completa, el inglés se paró frente al Valiant que seguía con su capot levantado y dijo en voz alta. “Ladies and gentlemen, welcome to the symphony” y de frente al auto comenzó a simular dirigir una orquesta con sus dedos índices que iban y venían.
La escena de un Valiant 62 en marcha en la puerta de un desolado hotelucho de una perdida ruta de provincia con un sujeto longilíneo haciendo de director de una orquesta imaginaria con la única audiencia de una pequeña familia de tres personas, se prolongó por unos mágicos minutos. Luego de ello, el inglés entró nuevamente al auto, giró la llave, y apagó el motor. Miguel, su mujer y el niño Matías se miraron entre sí y comenzaron a aplaudir. Wallace salió del Valiant e hizo una elegante reverencia de agradecimiento diciendo. “Thank you very much”. A esa altura, tanto Miguel como su esposa, no tenían dudas de que su único huésped estaba totalmente loco, pero al menos pagaba su estadía y no dejaba de resultar simpático.
Cuando más tarde cayó la noche, Wallace no bajó para cenar y recién alrededor de las doce bajó a la recepción con su ropa más elegante, algo anticuada por cierto, perfumado con lavanda inglesa y con el pelo engominado. En su mano izquierda tintineaban las llaves del Valiant y bajo su brazo derecho llevaba el estuche de su violín. Miguel y su familia miraban la televisión en los sillones de la recepción. El inglés salió sin decir nada hasta su auto, donde dejó su instrumento en el asiento del acompañante. Luego volvió a entrar al hotel, y frente a la mirada curiosa del trio familiar dijo: “Me voy…”. Allí, Miguel interrumpió diciéndole a su hijo: “Mati, ayudá al señor con su equipaje”, frente a lo cual el niño subió al trote las escaleras hasta el cuarto desde donde enseguida bajó arrastrando la valija de cuero del británico, quien lo acompañó hasta afuera para dejarla entre los dos dentro del baúl del Valiant.
Luego de ello, Wallace volvió a la sala de recepción donde se despidió de la familia que lo había albergado y salió por última vez del pequeño hospedaje sin mirar atrás, entró a su Valiant II y le dio arranque haciendo sonar una vez más aquel Slant Six que quebró el silencio de la noche patagónica, agregando un poco de olor a nafta a la brisa marina que llegaba hasta el lugar. Salió unos metros en reversa, y luego giró en “U” enfilando hacia la ruta lentamente. Mientras lo veían alejarse, Miguel y su mujer advirtieron que tras él, su hijo Matías lo seguía pedaleando en su bicicleta. Llamaron al niño para que volviera, pero el chico no los escuchó (o quizá fingió no escucharlos).
Al cabo de recorrer unos kilómetros por la ruta paralelo a la costa, el Valiant giró en dirección al mar, y entre unos matorrales se metió en la arena por entre los médanos y se detuvo en medio de la playa a unos pocos metros del océano con sus faros encendidos. Matías, que lo seguía de incógnito en su bicicleta, se bajó de su rodado y se tiró cuerpo a tierra en un montículo de arena a observar; su curiosidad era tremenda y quería saber que haría aquel personaje tan misterioso en ese auto a esas horas de la noche en un páramo tan frío y alejado de todo. El Valiant detenido con sus faros encendidos bajo la luna en medio de la soledad de una playa patagónica generaba una luz espectral envuelta en el sonido del viento y las olas en la costa.
De repente Matías observó como Wallace salió del auto violín en mano –era la primera vez que veía aquel instrumento desenfundado- y se sentó en el capot. El inglés miró la luna, luego bajó la mirada, colocó su instrumento en posición y comenzó a efectuar aquella misma pieza musical que había sonado la noche anterior en las afueras del hotel. Así estuvo interpretando esa partitura durante minutos frente a la mirada del niño que lo espiaba desde los matorrales de los médanos nocturnos.
Allí fue cuando Matías se sobresaltó frente a lo que vio a continuación: por la playa se acercaba lentamente la figura estilizada de una mujer vestida de blanco como una novia en su noche de bodas. Su vestido ondeaba con la brisa marina y se aproximaba suavemente hacia el músico que con su instrumento de cuerdas parecía llamarla, o quizá regalarle una música de bienvenida. La mujer caminó y caminó hasta quedar parada frente a Wallace, que por fin bajó su violín y dejó de tocar. El niño vio como ambas figuras se fusionaron en un abrazo y un beso apasionado y prolongado como esos besos que solo se dan los verdaderos enamorados.
El chico se frotaba los ojos y no salía de su asombro. Luego de besarse, vio como Wallace como buen caballero inglés le abrió la puerta del acompañante a aquella misteriosa dama con vestido de novia, que entró al Valiant como quien entra en el auto más lujoso del mundo. Una vez que estuvo sentada, el británico cerró la puerta con delicadeza, pasó por enfrente del auto y entró al Valiant aún con el violín en su mano izquierda.
Desde su oculta posición de observador, el pequeño Matías vio como Wallace, sentado ya en el asiento del conductor dio arranque a aquel oxidado auto, que bajo las estrellas de aquella noche, brillaba quizá como nunca antes.
Y allí Matías, contempló aquello que jamás olvidaría y nunca nadie le creería: el Valiant II con sus luces encendidas en lugar de girar y volver haca la ruta, avanzó lentamente en dirección al mar. Paso a paso la figura de aquel auto inmortal fue sintiendo la arena cada vez más húmeda bajos sus cubiertas, la espuma de las olas comenzó a estallar contra su parrilla y sus paragolpes delanteros y poco a poco se fue metiendo en el océano que terminó por cubrirlo por completo.
Matías entonces olvidó su papel de espía encubierto y bajó corriendo los médanos en dirección al mar gritando: “¡No, Wallace, no!”. Pero ya era demasiado tarde. Al llegar a la orilla vio las luces aún encendidas del Valiant que se hacían cada vez más pequeñas bajo la oscuridad de las aguas hasta desaparecer por completo en un mar negro que pareció tapar como telón de fondo a los enamorados ocupantes de aquel auto clásico devorándolos por siempre bajo las estrellas.
Eran las primeras horas del 14 de abril de 2012. Parado solo en aquella playa nocturna frente al océano, el niño recordó el título de la pieza musical que había escuchado minutos antes: “Mas cerca de ti, Dios Mío”.



*Wallace Hartley fue el director de la famosa orquesta del “Titanic”, que continuó tocando hasta último momento mientras el buque se hundió el 14 de abril de 1912. Ninguno de los músicos sobrevivió. El cuerpo de Wallace fue encontrado sin vida congelado en las aguas diez días luego del hundimiento aferrado a su violín, el que fue posteriormente entregado a su prometida María Robinson. El instrumento tenía una placa de bronce regalada al músico por ella misma antes de la partida de la embarcación que decía: “Para Wallys, con motivo de nuestro compromiso”. Tenían planeado casarse a la vuelta del viaje. Se cree que el último tema que ejecutó la orquesta fue “Nearer My God to Thee” (Más cerca de ti, Dios Mío).

Por CÉSAR RODRÍGUEZ BIERWERTH





miércoles, 18 de septiembre de 2013