HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





miércoles, 19 de septiembre de 2018

AHÍ VA EL CAPITÁN QUIQUE




Aquella noche, luego de una agitada discusión conyugal, mi amigo Quique salió dando un portazo de su casa en zona sur -y bien al sur, donde por ese entonces vivía cerca de la estación Turdera- y un rato más tarde terminó, quien sabe cómo, sentado solo en una mesa del mítico Café Orleans de la avenida Córdoba y San Martín en la zona de nuestro querido bajo porteño, pasada la medianoche de un martes, o quizá miércoles muy frío de mediados de los noventas, cuando aquella esquina era un faro en medio de tempestades, que atraía a todos los barflys náufragos de Buenos Aires como nosotros. No importaba la hora, las 3 de la tarde luego de la oficina, o las 3 de la mañana extraviados en la oscuridad, Orleans era un lugar acogedor para los solitarios corazones de la contracultura beat en años del “uno a uno”.
Con sus mesitas de madera impecables, sus prolijos mantelitos, sus chicas brasileñas algunas, centroamericanas otras y argentinas unas pocas, sus cortinas con bolados siempre cerradas que protegían la intimidad del interior del bar (era imposible ver desde la calle lo que adentro acontecía), y sus mozos de viejo estilo con sus prolijos chalecos oscuros sobre blancas camisas, que se acercaban a las mesas casi sin mirarte a la cara con una precisión quirúrgica a tomar los pedidos -desde añejos tragos hasta el más simple de los cafés en pocillo-. La amabilidad de aquellos camareros era propia de una Buenos Aires señorial que desapareció; y estaban finamente entrenados para no cruzar su vista con la de la clientela del local  (“no recordaré tu rostro” parecía ser el mensaje cómplice de quien sabe de códigos).
 No era un cabaret, no era un bar, no era un café como todos los demás, o quizá era todo eso al mismo tiempo, allí podías desayunar con unas excelentes medialunas a la mañana, tomar algo a la tarde luego del trabajo, o echarte a perder en tu noche más melancólica, ya que como todos los verdaderos lugares de leyenda, Orleans parecía nunca cerrar sus puertas.
Lo cierto es que el buen Quique allí estaba bajo la luna de un lejano invierno, anclado como buque de gran porte cuyo puerto de escala era una mesita contra la ventana justo en el corner norte de aquella cafetería crepuscular, posición que le daba una visión de panóptico sobre todas aquellas aventureras de la vida que lo miraban con ojos chispeantes, ojos de lobas (como diría el gran Hank), con su metro noventa y sus más de cien kilos, mi amigo era un peso pesado al cual respetar que se había acoderado en su mesa y levantaba las cejas resoplando entre el humo que aún se respiraba en los locales nocturnos antes de que la inquisición prohibicionista aboliera el cigarrillo primero, los cabarets luego, y por último la vida misma. En aquel tiempo, aún se vivían noches reales donde había que salir, lejos aún de la llegada del placebo de los celulares y las nefastas redes sociales de perdedores.
Quique había, por aquel entonces caído en la perversa telaraña de su primera esposa en un matrimonio demasiado joven y prematuro que un tiempo más tarde no terminaría bien. “Todo lo que termina, termina mal” diría el Salmón. Las discusiones eran frecuentes, pero aquella noche al dar el portazo de salida hacia el bálsamo de Orleans, de algún modo dejó atrás muchas inseguridades, reproches y aquel sentimiento de tóxico cautiverio. Fue el comienzo de un final anunciado.
Poco tiempo atrás habíamos visto Leaving Las Vegas en el cine, y en la noche noventista de Buenos Aires era fácil sentirse mimetizado con ese Nicolas Cage rescatado por una inolvidable Elizaberh Shue encarnando a Sera, la puta más encantadora de la “ciudad del pecado”. 
La Sera de Quique resultó ser una dominicana de piel más oscura que una noche sin estrellas y un acento que para el oído del pirata romántico sonaba como el canto de una sirena del caribe. Con ella compartieron algunas cervezas en Orleans y un turno en el hotel de allí a la vuelta cuando acordaron todo. Pero la charla fue lo más encantador de la velada, hablaron de viajes, de dejar atrás un pasado que los oprimía por distintas razones, y de cómo escapar por fin en busca de esa quimera de la libertad que mi amigo no parecía encontrar en Turdera ni la dominicana en su lejana isla. Ese sueño de “la vida mejor” que destella allá a lo lejos y parecemos nunca alcanzar. Por aquellos tiempos, salir solo en la noche era como salir al mar en busca de un reino idealizado como la leyenda de El Dorado. Atrás quedaba aquello de lo cual escapábamos y por delante, quizá, una ilusión, pero en el océano éramos libres del oscuro puerto de partida dejado a nuestras espaldas en busca de un anhelo. Lejos aún de la irremediable irrupción de la tiranía de las redes antisociales, en ese entonces, la noche era la ruta de los sueños.
10 AM de la mañana siguiente. Y yo ya estaba sentado en mi escritorio cubierto de papeles, cuando Quique irrumpió en la oficina desprolijo, con el nudo de la corbata flojo y sin afeitar. Me dijo: “estoy sin dormir. Vengo del telo de la vuelta de Orleans”. Inmediatamente comprendí que la historia que tenía para contarme era mucho más interesante que mis expedientes. Así que hice a un lado dodos esos grises escritos judiciales y me dispuse a escuchar el relato de la aventura nocturna de mi amigo, quien con lujo de detalle me relató su odisea.

Ocasionalmente Quique resultaba ser mi compañero de salidas a la noche, en un tiempo donde ambos éramos quijotescos conquistadores en recorridas porteñas más cercanas a un guion de película de Olmedo y Porcel que a un film de superhéroes. Lugares ya desaparecidos como el precitado Orleans, el mítico Montecarlo de la Calle Carlos Pellegrini, o Affaire, de Córdoba y Pueyrredón solían servir como nuestros refugios donde entre cerveza y cerveza nos dedicábamos a debatir sobre los primeros largometrajes de Tarantino, o simplemente a putear a algunos de nuestros jefes, con quienes jamás nos cruzaríamos en aquellos santuarios de la vida y de la nocturnidad; hay sujetos a los cuales cuesta imaginar fuera del horario laboral, gente que nació para el trabajo de escritorio y no podría sobrevivir al caer la noche.

Trabajábamos en el área de legales de una repartición de la Administración Pública. Allí no abundaban los soñadores, por eso resultó natural que dos outsiders como Quique y yo congeniáramos desde el principio.  Ambos éramos fanáticos del boxeo en tiempos en los cuales había grandes combates para comentar los lunes: Tyson/Hollyfield 1 y 2, De la Hoya/Chávez etc. Y los dos teníamos gustos similares en materia de cine, libros, música, etc., por eso resultaba gratificante intercambiar opiniones acerca de Bukowski, Sabina, o Nick Cave, mi amigo tenía además una prodigiosa memoria y era capaz de recitar de corrido poemas o diálogos de películas, todo lo cual resultaba un idioma críptico incomprensible para el resto de nuestros compañeros de celda en aquel edificio público de paredes grises y geométricas.
El gran Quique se desplazaba con la lentitud y la pesadez propia de su gran lastre. Cercano a los dos metros, se cansaba con facilidad, sobre todo al subir las escaleras desde la planta baja hasta apenas el segundo piso donde estaban nuestras oficinas, y no era poco frecuente que cuando caminábamos por la calle, me pidiese que aminore la marcha. “¡El león es el rey de la selva, pero con el elefante no se mete!”, le dijo una vez a modo de consuelo al pasar por un pasillo uno de nuestros jefes (de los pocos a quienes realmente apreciábamos): el Doctor Lupani, un gran sujeto que una tarde de noviembre de 2002 se voló la cabeza con su revólver Smith & Wesson 357 Magnum  harto de la chatura que lo rodeaba. “A mí nunca me verán envejecer”, le escucharon decir el día anterior al salir de su oficina. Hombre de principios firmes.
Quique tenía cierto pesar que arrastraba de familia. Quizá por tradición, mandato cultural o vaya uno a saber qué, en su primera juventud se había volcado a estudiar derecho, en contraposición con su hermano que solo jugaba al básquet. Lo cierto es que con el tiempo, ese hermano que hacía picar una pelota de goma, llegó a ser jugador de la selección nacional y luego Director Técnico de equipos en Europa, con toda la fama y el glamour que eso conlleva, en tanto quien había seguido los pasos formalmente correctos de ir a la facultad terminó arrumbado en las frías oficinas de los empleados estatales. De allí, que seguramente Quique se transformó en una suerte de hippie crónico comparado con quienes ocupaban los  escritorios que lo rodeaban, como forma de tardía rebeldía. 
Pero igualmente cabe destacar que mi gran amigo era desde lo profesional, inobjetable. De los mejores abogados penalistas que yo haya conocido. Cuando un tema de justicia criminal era realmente picante, se lo asignaban a el, y todas las críticas que le efectuaban por su manifiesta informalidad personal, parecían esfumarse. El Quique tenía en su estudio privado paralelo a su trabajo estatal, una nutrida cartera de clientes que incluía a sujetos de áspera estirpe del bajo mundo del delito, y allí se movía como pez en el agua con una agilidad que contrastaba con su fatigoso andar ya descripto. Si tenías un problema de materia penal, el era el profesional indicado, ¡y a no dudarlo! Tenía la pasta y los nervios de acero que esos menesteres requieren. Cierta vez estábamos almorzando en un bar, y le sonó el celular, atendió y escuchó durante unos segundos, luego se despidió cortésmente y cortó resoplando resignado. “Quien era”, le pregunté. “No, nada. La familia de un preso, amenazándome de muerte”, contestó.  Y siguió charlando conmigo como si nada.
Por su forma de ser siempre fuera del sistema y de las formas, nunca fue valorado en toda su magnitud desde lo profesional o laboral en aquella estructura estatal donde trabajábamos. Sus desprolijidades, su impuntualidad y la falta de cuidado de su imagen personal parecían -a los ojos de la “superioridad”- pesar más que su inobjetable talento como abogado. Era como un Houseman del derecho. Y por sus ironías nunca bien recibidas por la jefatura de turno, se asemejaba más bien a un Ringo Bonavena con título universitario que se daba de bruces con la rectitud y falsa sensatez de la pirámide jerárquica en la cual habíamos caído.
Con esos pergaminos de irreverencia, el Quique no podía ser menos que uno de mis mejores amigos y nunca me falló en las malas, cuando los cobardes suelen hacerse a un lado. 
Con el paso de los años y las rotaciones de personal en la oficina, dejamos de vernos a diario. No obstante cada tanto nos hacemos un tiempo para algún café o una cerveza en nuestro medio natural: las calles del microcentro. En la actualidad nuestras charlas conservan su halo de disconformidad y queja permanente, propias de dos viejos antisistema en estado crónico. Pero seguimos hablando de mujeres, de Bukowski y de Tarantino. Solo que ahora todo tiene un dejo de nostalgia, esa nostalgia que de a poco empieza a ocupar el lugar protagónico que antes tenía la ilusión.
Hoy siento el viento frío de una tarde de invierno que me pega en la cara mientras camino por la avenida Córdoba desde el bajo en dirección a Florida. Nuestro querido Café Orleans ha sido clausurado allá por el año 2015 a raíz de una infame denuncia de una ONG a la cual la Justicia Federal hizo lugar. Al parecer, el lugar, vinculado a una consejal del  kirchnerismo, servía como base para el ejercicio de la prostitución de algunas mujeres que de forma encubierta se sentaban en las mesas del bar, desvirtuando la habilitación original de dicho local. ¡Quien lo hubiera dicho!, ¡cosa deshonrosa si las hay!, ¡enciendan las hogueras de la farsa del puritanismo y arrojadlo todo a las llamas eternas! La hipocresía nuevamente logró que las chicas de San Martín y Córdoba deban ocultarse ahora en páginas de escorts de internet para continuar trabajando, solo que en forma insegura y bajo su propio riesgo.
Los hermosos ventanales clásicos de estilo francés del Café Orleans han sido tapiados con inmensas placas de metal que impiden ver hacia adentro del local, sobre los cuales se entretejen redes de alambres de púas a modo de bestial muro de Berlín que resguarda a las almas puras que circulan por la calle del peligro de los demonios pecadores que de seguro no fueron exorcizados de dicho antro y aún moran en su interior… junto a nuestros recuerdos.
Aún así, entre las abyectas chapas que a modo de blindaje moral cubren toda la esquina, alcanzo a ver entre los cortantes filos del alambrado de navajas en forma de espiral, un nombre grabado en letra cursiva en los cristales del ventanal que se pretende ocultar. En medio de ese muro del horror, de  cables de corona de espinas, por sobre las placas, aún en tipografía dorada puede leerse: Café Orleans. El vocablo rebelde parece saludarme como un viejo amigo prisionero que saca su mano entre las rejas y me dice: “no me olvides”. Y claro que no te olvido, así como no olvido a los buenos compañeros de la ruta y de las noches, como el gran Quique.
Justo me está llamando, veo su nombre en el identificador de mi celular. Vayamos pues por unas cervezas y brindemos por los buenos tiempos.
                           
                                      Por César Rodríguez Bierwerth


14 comentarios:

  1. Uno mas d tus cuentos excelentes, llevándonos al recuerdo de tiempos legendarios. felicitaciones!

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  2. Muy bueno ! Felicitaciones por este nuevo cuento .

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  3. Gracias, José y Roque por sus comentarios. Gran abrazo.

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  4. Muy bueno tu nuevo Cuento, felicitaciones, siempre me emociona leerte. Gracias.

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  5. Grande ! Otro de tus cuentos que nos hacen viajar a otros tiempos , con mano maestra . Espero que no pares de escribir. Te felicito.

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  6. Cuánta nostalgia. Me llevaste a revivir otros tiempos con más color y más vida. Agradecido por estas historias que transportan en el tiempo. Seguí regalándonos estos buenos momentos. Abrazo.

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  7. Desde Mar del Plata, un saludo hermano, hermosas tus historias. Dale para adelante.

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  8. Qué historia amigo César!Cuánto recuerdo de épocas no muy lejanas , pero tan diferentes.Gracias por revivir todo aquello , siempre es una alegría encontrarse con otro de tus Cuentos.Saludos .

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  9. Qué bien que alguien escriba la historia de ese Buenos Aires que conocimos y que ya nos es lo mismo, esos lugares, esa noche, , tantos recuerdos. Gracias por ser el cronista del Buenos Aires que ya no está, , se transformó en otra cosa. Gracias. Seguí contando lo que vivimos pero, no todos lo sabemos convertir en palabras! Un grande César.

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  10. Siempre es un placer leer tus historias César. que sigan apareciendo, saludos desde Temperley.

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  11. Otra historia en la q es facil poder identificarse, sera tu don q permite dejar escrito lo q se esconde en la memoria colectiva de quienes nos resistimos a entregar nuestros recuerdos de estos lugares, q siempre vamos a encontrar en tus escritos un poquito de lo que vivimos... un abz...!

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  12. Excelente historia.
    César quisiera saber donde conseguir tu libro. Muchas gracias. Saludos

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