HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





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jueves, 24 de marzo de 2011

EL ESCRITO DE TOLEDO


Primera Parte: LAS CALLES SERPENTEANTES

“Por antiguas calles serpenteantes, los dos caballeros te indicarán el camino hacia la torre sangrienta, donde el oscuro dragón de la justicia te llevará con sus alas hacia donde la cruz de tus hermanos brilló sobre la luna, y allí desde lo alto verás los caminos infinitos de los inmortales en sus corceles de hierro”. El misterioso párrafo fue tallado por el monje Santiago de Arrúa en el siglo dieciocho en la pared de su calabozo de Toledo donde había sido encerrado por loco, antes de quitarse la vida. Existen registros que confirman que en efecto, el sacerdote había sido expulsado de su Orden luego de que perdiera la razón y de que comenzara a escribir y pronunciar textos y palabras inconexas y sin aparente sentido. No existen mayores precisiones históricas acerca de tan misterioso personaje. La pista de su figura se pierde en el tiempo. Pero su enigmático texto siempre me intrigó, al grado de despertarme luego de repetirlo en sueños o pesadillas.
Arrúa nunca llegó a ser considerado un visionario por la historia, dado que los pocos escritos que de él se conservan resultan breves y en apariencia incoherentes. Por ello, la teoría de que el monje hubiere perdido la razón pareciera ser la mayoritaria.
Aun así, y luego de haberlo pensado vagamente durante años, decidí hacer mi propia investigación acerca de su mensaje críptico, y para eso debía viajar al lugar donde Arrúa había pasado y terminado sus días: la medieval ciudad de Toledo, en el centro geográfico de España. Así que preparé mi mochila y todo el equipo que necesito para este tipo de travesías: mi anotador y mi cámara de video de bolsillo, cosas que jamás olvido, ya sea que viaje a Europa en un vuelo de doce horas, o a Mar del Plata con mi Chevy. Cada ruta puede ser una futura historia, una crónica, una lección o una herida. Pero de algo estoy seguro: jamás hay que quedarse quieto, viajar quizá no sea una elección, es un destino.
Hace poco leía que viajar es ser un extraño en otras latitudes donde nadie espera nada de nosotros, y que la geografía se aprende con los pies; para averiguar en definitiva quiénes somos en realidad, lejos de nuestro universo de objetos y afectos cotidianos.
El vuelo a España no pudo ser peor: el aire demasiado fuerte, mala comida, y encima nos pasaron una película de Jackie Chan. Llegué sin dormir a Madrid y dejé mi mochila en un hotel céntrico donde me alojaría unos días. En tren desde allí, en menos de una hora, estuve en el lugar donde Santiago de Arrúa había pasado sus atormentadas horas hacía ya tres siglos.
Toledo es una misteriosa ciudad de la edad media donde convergen rastros de un pasado que congrega rastros musulmanes, cristianos y judíos entre murallas y puentes que permanecen inalterables a pesar del paso de los siglos, y que guardan ecos de combates que van desde luchas de moros y cristianos hasta batallas de la Guerra Civil en la década del 30. Según pude averiguar cuando llegué, allí existía un viejo bibliotecario, poseedor de una de las colecciones de libros más grandes de España relativas a temática medieval, al que se conocía como Don Alfonso, quien era considerado además, el mejor historiador de la ciudad. Según me dijeron, nadie conocía como él, la historia de Toledo, sus personajes y sus mitos.
Mientras caminaba hacia la biblioteca donde mi futuro entrevistado vivía recluido entre antiguos textos polvorientos, en el centro histórico de la ciudad amurallada, no dejaba de pensar en las líneas iniciales del fragmento del monje: “Por antiguas calles estrechas y serpenteantes…” dado que de hecho, así eran las callejuelas de piedra sobre las que caminaba yo en ese momento. El archivo de libros y textos varios que servía de hogar al viejo Don Alfonso se encontraba tal como me habían dicho, con su puerta abierta para aquel que decidiera visitarlo; algo que intuía, no ocurría con mucha frecuencia.
El anciano me recibió en lo que parecía ser el comedor de su morada, cuya puerta de salida estaba flanqueada por dos armaduras completas de soldados de los siglos doce o trece, una a cada lado de las pesadas puertas, y en las paredes se apreciaban algunos escudos de la misma época. Me invitó a sentarme frente a él y me convidó con una copa de jerez. Por mi acento, enseguida supo que yo venía de Argentina. Sentados en unas sillas de madera hablamos de Toledo y también de Buenos Aires. Él me contó historias de monarcas árabes y acerca del acero toledano, y me preguntó sobre la Avenida de Mayo y su arquitectura hispánica. Por último, cuando le pregunté acerca del significado del texto de Santiago de Arrúa –lo cual motivaba mi visita–, el viejo hizo una pausa y mirándome como queriendo ver a través de mí, me dijo que no existía una explicación universal para esas líneas, pero que leyéndolas bien, cada persona debería tener la suya. Advirtiendo mi gesto de decepción, quizá por esperar una respuesta mas categórica, me dijo con tono seguro: “Deberías orgulloso de venir desde tan lejos buscando esas respuestas”, a lo que agregó: “te contaré: hubo épocas en las cuales los hombres daban sus vidas terrenales, sacrificándose en la certeza de que los esperaba la eternidad, entonces… ¿qué mejor manera de entrar a otra vida que muriendo por aquello que nos apasiona y que habita en nuestro corazón?”. Don Alfonso terminó su jerez de un trago y mirándome fijo me preguntó: “¿Alguna vez supiste de alguien que muriese haciendo algo que lo apasionara profundamente?”.
La primera imagen que vino a mi mente como respuesta fue la de mi amigo Fernando, compañero de ruta desde los años del secundario, con quien crecimos juntos a pesar de tomar luego caminos laborales diferentes. Aún cuando me mudé de barrio, jamás dejamos de vernos cada tanto en alguna pizzería de Montes de Oca. O hasta a veces el pasaba a buscarme por casa con su auto que se oía a la distancia. Recuerdo que escuchábamos a The Cult y hasta fuimos a verlos cuando vinieron a la cancha de River y tocaron bajo la lluvia con un Ian Astbury afónico. En el colegio Fernando, mientras los profesores daban clase, se dedicaba a dibujar autos sobrenaturales, bien bajos, con gigantescas ruedas y cruces de malta pintadas en sus puertas al estilo Custom. Él era un fanático del Chevrolet 400 tanto como yo de las Chevys. Cuando Fernando pudo tener su propio Rally Sport, fueron inseparables y recorrieron juntos toda la Argentina; lo bautizó el “Rayo de Barracas” y llevaba una cruz de malta cromada colgada del espejito retrovisor interno porque decía que lo protegía en todas las rutas del país. Siempre me decía que nuestros autos eran de una estirpe superior, “los guerreros del camino” repetía riéndose a carcajadas mientras hacía roncar aquel trombón libre bajo la puerta. “¡No tenemos carrocería, tenemos coraza!” les gritaba a veces al pasar a los conductores de autos mas nuevos que lo miraban como si estuviera loco. Con aquel 400 ruidoso, no dejó autovía ni camino polvoriento sin recorrer, buscando alguna princesa quizá en algún pueblo perdido del interior. Una tarde de verano, volviendo desde Jujuy tomó una curva cerrada demasiado rápido en un camino de tierra bajando un cerro, y se desbarrancó por un acantilado de piedras. Según los peritos murió en el acto. Entre lo poco que pudo recuperarse de su “Rayo de Barracas” estaba su querida cruz de malta que hoy descansa junto a él. Cuando Fernando, el “guerrero del camino”, se fue, sentí lo que debe sentir un soldado cuando ve caer a un compañero en combate.
Le conté a Don Alfonso la historia de mi amigo, y el viejo bibliotecario con tono de voz tranquilo volvió a preguntarme: “y donde crees que está la respuesta al significado del texto del monje de Arrúa?, a lo que yo respondí: “Aquí, en Toledo donde el vivió y murió”. Entonces el anciano meneando la cabeza en gesto negativo, se llevó la mano al pecho indicando el corazón y me dijo: “la explicación está aquí. Auque hayas viajado tantos kilómetros, la respuesta está dentro tuyo”. Tomó lo que quedaba de su jerez y se retiró diciendo: “ahora estoy muy cansado, debo irme. Así que se retiró a su habitación y me dejó solo en aquel comedor mirando a la puerta de salida que parecía custodiada por las dos armaduras que la flanqueaban. Fue entonces en la soledad de ese espacio que me quedé mirando fijamente ese detalle: las dos corazas con sus cascos y sus espadas, y recordé la parte del texto que decía “…los dos caballeros te indicarán el camino…”. ¿Acaso esas plateadas y mudas figuras medievales serían una señal?
Salí nuevamente a la calle y mientras me alejaba una vez mas por las calles serpenteantes, creí escuchar la voz burlona de Don Alfonso gritándome desde alguna ventana oculta: “¡Tu amigo Fernando ya encontró la respuesta!”.
De vuelta en Madrid, no pude dejar de visitar el Museo del Prado, el más famoso de España, donde hubo una pintura que llamó mi atención de manera siniestra. Se trataba de “Las Edades y la Muerte” de Hans Baldung Grien, una obra de 1539 en la cual la propia muerte lleva del brazo a una mujer anciana, y ésta a su vez trata de llamar la atención de otra mujer –en este caso joven y bella–. Así la anciana, cercana a lo inevitable, no deja de recordarle a la joven que ella es la siguiente a largo plazo. Pero sentí que lo más aterrador de esa obra de arte, era que la figura de la muerte llevaba en su mano derecha un reloj de arena como símbolo de que el tiempo estaba de su lado.
Al caer el sol me perdí en la noche madrileña, sus bares de tapas, sus sótanos y sus personajes; algo para lo cual siempre tuve particular facilidad. Recuerdo en especial un bar de paredes amarillas cerca del barrio Lavapiés donde me quedé hasta que cerrara, luego de lo cual salí a la vereda y me quedé hablando con unos inmigrantes africanos que habían llegado ilegalmente a España en la bodega de un barco carguero y apenas hablaban castellano. Ellos me contaron que previamente habían intentado entrar a Inglaterra, desde donde fueron deportados. No tenían nada que perder, sus vidas eran aventuras constantes.
Esa noche en mi habitación de hotel en la Gran Vía, miré las líneas escritas por aquel monje supuestamente loco de adelante hacia atrás, en forma vertical y transversal como si fuese un crucigrama, y así decidí que la siguiente etapa de mi viaje sería en busca del “oscuro dragón de la justicia”, el cual habitaría cerca de una supuesta “torre sangrienta” según el propio texto. Estaba decidido a desentrañar el misterio de aquellas líneas talladas en piedra. Para ello entonces, debía ir a la tierra de los dragones por excelencia, y solo había un lugar en el cual encontrar dragones oscuros.

Segunda parte: OSCURO DRAGÓN INGLÉS

Un día mas tarde llegué a Londres en un vuelo de EasyJet en clase turista. La tierra de Jack el Destripador, de Los Beatles, y de los dragones más famosos de la mitología universal me recibió como corresponde, con un día frío y húmedo. Caminé por sus puentes sobre el Támesis, por Westminster, Notting Hill, Covent Garden, Bloomsbury. Hice mi circuito nocturno por Picadilly, West End y el Soho, dentro del cual está Chinatown, pero los dragones chinos eran demasiado coloridos, y el que yo buscaba era oscuro.
Finalmente, y extenuado de tanto caminar hice una parada en el Pub “The George”, cerca de la Catedral de Saint Paul, donde se pueden tomar las mejores cervezas del mundo, y desde allí dentro a través de la ventana vi algo que me dejó paralizado: sobre la mitad de esa calle, se erigía una enorme columna sobre la cual reposaba la estatua de un dragón de color negro, con sus alas abiertas. Salí de nuevo a la calle, y entonces observé una enorme construcción frente a la estatua con forma de castillo, custodiada por un uniformado. El edificio tenía en su fachada un gran escudo con una inscripción. Al acercarme a leer lo que allí decía, finalmente estimé que había encontrado lo que buscaba: ahí se leía “The Royal Court of Justice”. Sentí entonces que quizá me hallaba frente a aquel oscuro dragón de la justicia. ¿Dónde estaría entonces la famosa torre sangrienta de la que hablaba el monje prisionero? Sin miedo al ridículo, me acerqué a aquel guardia uniformado desplegando mi mapa de turista, y le pregunté si en Londres existía algún lugar bajo esa denominación, a lo que el custodio me contestó en un inglés victoriano, con total cortesía y naturalidad apoyando su dedo índice en el medio de mi cartografía londinense: “Todo el mundo conoce La Torre Sangrienta, se encuentra en el castillo mas famoso de Inglaterra: La Torre de Londres”.
A la mañana siguiente, un taxista fanático del Arsenal me dejó en la entrada misma de la Torre de Londres, frente al Tower Bridge (puente de la torre), una de las postales más famosas del mundo. En ese enorme castillo donde se cometieron parte de las más atroces ejecuciones de Gran Bretaña, como las de las esposas de Enrique VIII o Santo Tomás Moro, me adentré en el lugar que buscaba: La Torre Sangrienta, que debe su nombre según cuenta la historia al misterioso crimen de dos niños herederos al trono en 1483.
Afuera, en los jardines del palacio, los cuervos mas célebres del reino graznaban orgullosos de su estirpe, eran parte de la iconografía más pura del imperio. Otras historias cuentan que esos cuervos son almas que volvieron a vengar una muerte injusta, sería por eso que había tantos.
Volví a mi hotel de Russel Square, donde sentí que habiendo completado casi todo el rompecabezas aún no encontraba sentido a los misteriosos vocablos del monje encarcelado. Solo me quedaba encontrar el lugar acorde a las palabras finales del texto, esas que hablaban de “allí donde la cruz de tus hermanos brilló sobre la luna…”, ¡para terminar mencionando “caminos infinitos”, “inmortales”, “corceles de hierro”! Todo eso empezaba a parecerme demasiado. Mi loco viaje siguiendo la pista de otro loco. Y aún sin comprender nada. Pero estaba embarcado en eso, y no era hora de bajarme. Así que volví a sacar mis libros y folletos de España donde se contaba la historia de las luchas medievales de moros contra cristianos. El símbolo de los musulmanes era la media luna, en tanto los cristianos enarbolaban sus cruces… y fue en Granada donde finalmente los moros fueron derrotados por los reyes católicos, luego de siglos de guerras. Allí sería entonces pensé, donde la cruz brilló sobre la luna… o sobre la media luna.

Final: CORCELES DE HIERRO

Hablar de la ciudad de Granada es hablar de un lugar a mitad de camino entre la realidad y el ensueño, donde un sol irreal brilla en tranquilas plazas, y donde las guitarras flamencas de los gitanos se mezclan con tradiciones entre lo europeo y lo árabe, entre lo cristiano y lo musulmán. Antiguo escenario de cruentas batallas militares y religiosas. Si alguna vez estuviste en Granada, nunca sabrás si lo viviste o lo soñaste.
Cuando desde Londres, llegué a esa ciudad dentro de Andalucía, al sur de España, sabía que inequívocamente debía adentrarme en un lugar si quería encontrar respuestas: La Alhambra, sede de los más lujosos palacios de los monarcas nazaríes, último bastión musulmán en la península ibérica.
Cuando entré en ese increíble complejo palaciego, recorrí sus jardines, fuentes, cascadas y enigmáticos salones que parecían salidos de una historia de “Las Mil y Una Noches”. Si los moros quisieron crear allí el paraíso musulmán, seguro que estuvieron muy cerca de lograrlo. Pero yo necesitaba ver el lugar clave para encontrar sentido a mi maldito texto. Así que decidí subir al punto más alto del Alcazábar –nombre que se da a la muralla defensiva de la Alhambra–, el sitio panorámico más elevado desde el cual se puede observar toda la ciudad de Granada. Desde allí, las últimas defensas moras, vieron avanzar a los guerreros cristianos en el siglo quince.
Subí a la cima del Alcazábar amurallado entonces, donde la cruz habría brillado sobre la luna.
El escrito de Santiago de Arrúa culminaba diciendo en su tramo final: “allí desde lo alto verás los caminos infinitos de los inmortales en sus corceles de hierro”. Entonces en ese punto, recordé la voz del viejo bibliotecario Don Alfonso cuando me comentó que hubo épocas en que los hombres sacrificaban sus vidas terrenales buscando la eternidad, y también cuando desde su habitación de Toledo me gritó que mi amigo Fernando ya tenía la respuesta a mi gran acertijo, acaso la forma de vencer al maldito reloj de la muerte de aquel cuadro del museo del Prado.
Aquello que nos apasiona nos vuelve inmortales. Esa es la clave de todo, ahora, en la edad media, y siempre.
En lo alto de la muralla cerré los ojos y juro que entonces te vi, mi viejo amigo Fernando, “guerrero del camino”, a bordo de tu “Rayo de Barracas” con tu cruz de malta en el pecho, levantando el polvo en los infinitos senderos del cielo, entre los soldados cristianos avanzando una vez más sobre Granada, con sus armaduras gloriosas y brillantes al lado de la coraza de tu 400 invencible, y vi sus caballos resoplando junto a tu corcel de hierro. Eras ya parte de ese ejército eternamente victorioso que nunca dejó de ir a la carga en la ruta de los sueños; ya veo tus banderas triunfales ondear bajo el sol de Andalucía o acaso el de la avenida Montes de Oca. Escucho el rugido de tu 250 y a The Cult en ese estéreo haciendo estremecer a tus enemigos. ¿Encontraste ya a tu princesa en ese pueblo perdido que no aparece en los mapas? El reloj de arena de la muerte se hizo trizas aplastado por las ruedas de tu Rally Sport que nunca detuvo su motor. Aguárdame con esa caballería invencible para el asalto final de los soldados de la pasión. Y que tu cruz brille siempre sobre la luna.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

viernes, 21 de enero de 2011

LOS POSTERS DEL TIEMPO


“Todas las historias que escribí son verdaderas…porque creo en lo que vi”
(Jack Kerouac)

En una tarde de Avellaneda de los años setenta, un niño de menos de cuatro años corretea de una punta a la otra de un viejo patio que vio crecer a las generaciones que lo precedieron. Intenta entonar la canción de su serie televisiva favorita: El Zorro. Un delantal de cocina de su madre anudado a su cuello hace las veces de capa, al tiempo que la desmechada gorra de su bisabuelo representa el sombrero del héroe en blanco y negro. Monta una escoba a la que llama Tornado, aquel brioso caballo azabache. Una vara de madera que enarbola con su mano derecha da la idea clara de que lleva su espada desenfundada y lista para luchar contra los malvados en esa esgrima solitaria y nocturna de los verdaderos justicieros. Porque Diego de la Vega da lugar a su razón de ser, solo “cuando sale la luna”. Y lo hace “en su corcel”. Nunca tuvo ni tendrá juguetes caros, no los hay en Piñeiro –Avellaneda-. La escoba, la gorra, el delantal y la vara de madera no son tales cosas en ese mundo imaginario. Son el equipo de Zorro (mas tarde le comprarían la careta). Nada en el mundo podría convencer a ese niño de que no es él, el verdadero justiciero enmascarado de la “Z” o de que esa escoba no es Tornado. Cualquiera insinuase tales afirmaciones blasfemas pecaría de mentiroso. Porque aquello que imaginamos y amamos con pasión es la realidad mas palpable del mundo.
El está allí en ese patio –o quizá solitaria llanura- para recorrer los caminos bajo la luna … y hacer justicia.
O al menos así lo recuerdo lejanamente.
Casi diez años mas tarde el mismo chico, ya a punto de comenzar el secundario, entra con su madre a uno de esos lugares mágicos ya desaparecidos en el tiempo tales como Pumper Nic o el Italpark. El chico y su mamá entran a instancias del insistente pibe, a un local sobre la calle Florida que se llama “Los Pósters del Tiempo”. Y de repente el se queda paralizado frente a una gigantesca lámina que ocupa buena porción de una de las paredes del local. Se trata de una inmensa foto de unos vehículos “areneros” saltando entre las dunas, y al pié de la imagen una frase que reza: “la vida debe ser una gran aventura…o nada”. No fueron los motores ni las grandes ruedas de los vehículos tubulares del desierto lo que más impactó a aquel preadolescente, sino la fuerza de esas palabras.
El chico jamás olvidará esa tarde. Jamás olvidará ese póster que nunca compró por ser quizá muy grande para su pared, o acaso para el bolsillo de su madre. Y jamás olvidará esas palabras impresas sobre las arenas de la foto. De hecho hoy, con más de 40 años las recuerda cada mañana al levantarse. Sin saberlo aquel muchachito sale con su mamá de “Los Pósters del Tiempo” con esa cita en su cabeza. Su vida ha cambiado para siempre.
Muchos años mas pasarían, y aquel chico crecería, y se recibiría de abogado y como tal, hasta trabajaría para una fundación de estudios criminalísticos que colaboraba con el Poder Judicial en determinados casos en distintas jurisdicciones del país. Una de sus primeras misiones, teniendo aún veintipico de años sería la de radicarse por un tiempo indeterminado en la ciudad de Mar del Plata para tomar intervención en algunos asuntos penales que se estaban dando en esa ciudad a 400 kilómetros de Buenos Aires. El novel letrado daba el perfil perfecto para ser el enviado a trabajar allá sin fecha cierta de retorno: no tenía mayores compromisos, era el mas joven del staff jurídico, el de menor antigüedad en la fundación, era soltero, y se sabía que una ciudad como Mar del Plata con sus playas y su vida nocturna, para él sería siempre una tentación, un desafío irrechazable.
Una vez en “la feliz” uno de los primeros casos que le toca investigar es del de una misteriosa serie de suicidios que se habían venido dando en los últimos meses en distintos puntos de la ciudad: un sujeto que se había volado la cabeza con una escopeta en un espigón portuario una noche de agosto; una mujer que había saltado desde un 9º piso de un edificio de la Avenida Colón; y otro tipo que se había disparado en la sien con un revólver sentado en las escaleras que bajan desde la rambla a las playas del centro.
Es sabido que el índice de suicidios en la ciudad de Mar del Plata es de los más altos del país, y muchas veces aquel abogado devenido en investigador se había preguntado por qué. Los manuales de técnica investigativa básica sostienen que el “modus operandi” del hombre que decide quitarse la vida es por lo general a través del uso de un arma de fuego, en tanto las mujeres suelen optar por saltar al vacío o la sobredosis de pastillas. Todo encajaba, pero el elemento esclarecedor de los casos vino por otro lado. Ninguno de los suicidas era marplatense. Todos habían puesto fin a sus vidas fuera de la temporada de veraneo.
El de la escopeta en el espigón era de Mendoza, y conforme consignaba el boleto de micro de ida encontrado en su bolsillo, había llegado a la ciudad unas horas antes de disparase a sí mismo.
La mujer era una viuda de Lomas de Zamora y desde hacía décadas tenía ese departamento de dos ambientes desde el cual saltó, que en enero ponía en alquiler y en el que vacacionaba todos los febreros con su marido, cuando éste aún vivía. Su cuerpo fue encontrado a una distancia intermedia de la base de la torre de departamentos, y en tal sentido es sabido que los peritos sostienen que si el cuerpo aparece a una distancia corta: fue accidente –se tropezó-, si aparece a una distancia larga: fue homicidio –lo tiraron- y por último, si el cuerpo se encuentra en la distancia media como el caso de marras, es que la persona saltó.
Por su parte, el de las escaleras del centro tenía fijado su domicilio en Ciudadela y se había disparado en la cabeza durante la noche.
Ningún marplatense, ni residente de esa ciudad.
Investigando las historias de vida de los protagonistas de los tres casos, en el informe final del joven abogado a quien se asignó el caso, las conclusiones fueron las siguientes: Mar del Plata es una ciudad asociada a los momentos mas felices de las vidas de las personas, ya que allí se va de vacaciones, se veranea, se va a la playa, la gente se enamora fugazmente, hay sol (cuando sale), mar y tiempo libre. Ese lugar está asociado a los recuerdos más alegres e intensos de mucha gente. Los tres suicidas eligieron Mar del Plata porque ese era precisamente el último lugar donde habían sido felices. Para despedirte de este mundo: ¿Qué mejor lugar que ese donde fuiste feliz? ¿que imagen te llevarías a la eternidad? ¿a quienes habrán visto los dos hombres al momento de apoyarse los caños de sus armas en sus puntos vitales? No por casualidad ambos miraban al mar en ese momento. Y la señora del noveno piso, seguramente no se sintió sola al momento de saltar ¿habrá tomado imaginariamente la mano de su difunto esposo al momento de encarar el vacío?
Los tres protagonistas de los casos bajo análisis eligieron el lugar asociado con sus mejores recuerdos, hacia allí viajaron por última vez, y de seguro en los instantes finales cerraron los ojos y vieron a sus seres amados entre la brisa fría del mar para llevárselos con ellos para siempre. Caso cerrado.
Aquello que imaginamos y deseamos con intensidad: ¿es acaso tan irreal?
“La vida debe ser una gran aventura…o nada” decía aquel viejo póster. Supongo que en algún momento los tres suicidas de Mar del Plata sintieron que la aventura había terminado. ¿Cómo vivir sin ella?
Y pasaron los años y según dicen, aquel abogado que antes de serlo fue cautivado por una lámina de pared, y aún antes de ello fuese el mismo Zorro, hoy aprieta las tuercas de un 6 cilindros salido de la GM de la Argentina industrial de los años 70. Con cada acelerada hace que las cáscaras de plástico de los móviles que lo rodean en la calle se estremezcan. Cuentan que a veces sale a la ruta y al cruzarse con otros acorazados de la época, se saludan con toques de bocina y pulgares para arriba como si fuesen conocidos de toda la vida. Y hasta dicen que tiene un grupo de amigos que crece cada día como una hermandad templaria. ¿Qué ven esos tipos cuando se sientan en sus butacas , se aferran al volante y antes de dar arranque cierran los ojos previo a encarar alguna ruta? Seguramente algo tan real como lo que veía el niño que jugaba a ser el Zorro, o como lo que vieron en su salto infinito los tres viajeros de Mar del Plata. Aquello que ven es lo que lleva cada uno en el corazón a contramano de la sociedad. El sistema no fabrica ni incentiva la compra de los autos que ellos manejan. Ellos los vuelven a la vida para seguir haciendo historia y alcanzar más sueños. Son los artífices y creadores de su propia odisea, los domadores de sus “corceles”.
Porque en definitiva todos ellos creen que la vida debe ser una gran aventura…o nada.


CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

jueves, 25 de noviembre de 2010

BALADA PARA UN FALCON '81


No existían fronteras para mi Falcon ’81. El fue mi compañero de equipo en mis años más salvajes. Mi otra mitad en las recorridas nocturnas inigualables de los ochentas y noventas. Mi partícipe necesario en mis mejores delitos impunes.
Aprendí a manejar en aquel Standard de color celeste gastado por el sol. Y desde allí en adelante fuimos inseparables por casi quince años en los cuales no me bajé de él y él no se bajó de mi vida.
Nunca fue tope de gama. Tres punto cero con caja de tercera al volante. Aún recuerdo sus ópticas delanteras rectas y cuadradas y su inolvidable asiento delantero enterizo que no era nada deportivo, pero que hacía que no fuese necesario pasarse al de atrás con una o hasta dos chicas.
Cuando mi viejo Standard ’81 vuelve a saludarme a mis recuerdos, no visualizo precisamente un auto, sino que revivo noches, rutas, calles, sótanos, amores, victorias, derrotas y fantasmas que ya nunca me abandonaron. Gran parte de lo que soy tiene mucho que ver con él. Doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino y darme sus llaves. El resto fue solo seguir la ruta. Llamalo como quieras, pero a veces estos autos nos buscan a nosotros para transformarnos en héroes: 400, Valiants, Ramblers: el destino del gladiador está marcado por su gladius, por la arena y en definitiva por la lucha. La voluntad de los dioses de la guerra y del camino hizo que aprendiese a manejar en un glorioso Falcon ’81. Y ya nada fue igual.
Si yo hubiese nacido en cuna de oro en los barrios al norte de Callao y con autos fabricados en las ejemplares plantas de Stutgart, mi vida hubiese sido muy distinta, mucho más tranquila y ordenada quizá. Pero no. Soy como un seis en línea de la vieja Argentina industrial, y tengo ese mágico olor a nafta que algunos desdichados nunca conocerán.
Todo se redimensionaba a bordo del Falcon, mi socio fiel en aventuras dignas de Julio Verne, de Kerouac o de Bukowski. Allí todo se transformaba en una odisea de héroe mitológico o de adelantado descubridor de nuevos continentes. Buenos Aires-Mar del Plata era como el New York –San Francisco de “On the Road”. Los recorridos que empezaban a las once de la noche y terminaban a las once de la mañana, los Irish Pubs, Ave Porco, el Morocco, el Club Caniche, El Dorado, y el mítico after Panteón de avenida de Mayo, que abría a las 7 de la mañana y donde pasaban a la por entonces “novedosa” banda Prodigy y su “Firestarter”!!
Mi primera novia, y la segunda, y el beso inolvidable, y las promesas infinitas en aquella noche de lluvia. Y las mujeres sin rostro. Y mi amigo y copiloto Andrés, y la críptica y oscura disco Star de avenida La Plata, donde había que entrar con contraseñas que cambiaban cada noche. Y la ruta 2, y la solitaria avenida Colón en Mar del Plata, iluminada como camino a las estrellas. Y “The Joshua Tree” sonando en la gastada cinta de mi cassette de aquel pesado Pioneer de carcaza metálica encastrado bajo la radio AM de fábrica. Todo ese universo encerraba mi viejo Falcon celeste. Éramos los mismísimos aventureros náufragos del fin del mundo.
En aquellas dos últimas y mágicas décadas del siglo veinte donde no existían ni los amigos virtuales ni las novias por Facebook, teníamos el desafío constante de aguardar a la caída del sol -como los vampiros de raza- y salir al apasionante desafío que nos proponía la noche, donde tu presa, acaso el amor de tu vida, debía ser capturada poniendo a prueba tus mejores técnicas de cazador. Quizá por eso me fascina tanto la figura del Stuntman Mike de Kurt Russell en Death Proof: un tipo de otra época, cuyo rostro muestra las cicatrices de su pasado, y que no acepta las modernas reglas del vacío y el mensaje de texto; su vida es perseguir y capturar chicas de la mitad de su edad usando las técnicas de la vieja escuela: un auto retro en la puerta, mirar a los ojos apoyado en la barra, y practicar el sagrado oficio de la “parla”, nada que ver con el chat.
Pero puedo ir aún más atrás en el pasado, y me veo a mi mismo de niño acompañando a mi abuelo a comprar aquel 3.0. de cero kilómetro en la agencia Quintana, si mal no recuerdo por la avenida Rivadavia, allá a la altura de Liniers o Villa Luro. Y luego volver andando hasta mi casa con el olor a nuevo de los asientos. Ese auto crecería a la par mía y de mis sueños, la mayoría de ellos rotos -desde ya-, pero que brillaban mientras aún latían en aquel largo asiento enterizo, sede de miles de juramentos y compromisos incumplidos de cara a las estrellas.
Con aquel Falcon anduve por calles, rutas, arena, barro y piedras. Y a mi derecha se sentaron princesas escandinavas, paulistas, eslavas y del conurbano bonaerense. Pero él jamás me falló. Y si alguien pudo haberse equivocado no una sino mil veces, ese seguramente fui yo en mi eterno western polvoriento, pero nunca mi caballo de tres velocidades y seis cilindros en línea.
Ángel guardián en noches y rutas extremas. Sabio sensei en caminos oscuros y encrucijadas endemoniadas. Junto a mi Falcon celeste salimos heridos y triunfantes de las profundidades más oscuras y de las tormentas más eléctricas y furiosas.
Juntos aprendimos y perfeccionamos miles de técnicas de supervivencia de esas que solo saben los guardianes de la verdadera y secreta sabiduría de las calles. Considero un privilegio haber forjado mi espíritu en aquel confiable 3.0 de asiento enterizo y tres marchas al volante.
Las lecciones del destino hicieron que un fanático de las Chevys como yo, tuviese como auto y hermano fundacional a aquel majestuoso Falcon ’81, que aún me saluda en sueños, en los cuales todavía puedo sentir el grip en las manos de aquel volante negro con su óvalo central.

La denuncia policial en la Comisaría 24 del Barrio de La Boca, consignaría en aquella fatídica noche de abril de 2002, que un Ford Falcon Standard celeste estacionado sobre la calle Lamadrid había sido robado en horas de la noche, mientras a pocas cuadras se jugaba un partido de la Copa Libertadores. Yo personalmente, creo que mi viejo amigo y maestro modelo ‘81, un día consideró que finalmente yo ya estaba listo para seguir mi camino solo, habiendo aprendido ya, sus valiosas enseñanzas en nuestro sendero marcial.
Te pido perdón entonces, guerrero de armadura de color gastado, si a veces me permito la debilidad de extrañarte. O de extrañar ese mundo que vivimos escuchando viejas canciones de los ochentas en aquel Pioneer de carcaza metálica.
Así que desde aquí me permito reverenciarte tal como los gladiadores lo hacían a su emperador: ¡los que van a morir te saludan!
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

viernes, 1 de octubre de 2010

THE SKY IS CRYING


Manejé durante horas por Ruta 9 todo aquel día escuchando el sonido del 250 que servía de soundtrack perfecto para el camino. Baradero, San Pedro, Villa Constitución. Cada pueblo, cada ciudad era una invitación a quedarme, buscar un hotelucho con algo de garaje y hacer base allí para pasar la noche. Cada cartel rutero con nombres conocidos o extraños tenía en mi imaginación un marco de neón destellante y una promotora sexy haciendo dedo, muriéndose de ganas de subir a mi Chevy. Cada café al paso que me tomaba en las estaciones de servicio donde paraba potenciaba más mi absurda inventiva de escritor compulsivo donde surgían héroes y villanos confrontando violentamente en ese magnífico escenario de autovías y rutas provinciales transversales, cuyos kilómetros estaba dispuesto a devorar.
Dicen que los monjes tibetanos encuentran en la soledad de las montañas el lugar ideal para alcanzar el estado mental y espiritual perfecto para meditar. La meditación al estilo tibetano es de las más respetadas y practicadas del mundo. Como no nací ni crecí en el Tíbet sino en Buenos Aires, cerca del Riachuelo, necesito cada tanto salir a la ruta solo y sin destino fijo. Ese es mi retiro espiritual donde puedo olvidarme de mis obligaciones profesionales y problemas cotidianos, y conectarme conmigo mismo y con mi Chevy. Existe una armonía sincrónica muy especial entre los hombres y el motor de sus autos (recomiendo los 6 cilindros) que solo las almas elevadas pueden lograr en la soledad de la ruta. Ese es el punto donde el corazón y la mente se hermanan con los latidos que surgen de las entrañas del dragón bajo el capot. Muchos alcanzan este punto de nirvana a las 3000 RPM, algunos más arriba incluso, no se trata de acelerar al extremo, sino de encontrar el equilibrio único que se da cuando una persona y su auto son uno solo. Esto es muy difícil de lograr en las ciudades en las horas pico, donde hombre y máquina se encuentran a disgusto en el tránsito y ambos tienden a recalentar. Pero la ruta es especial para eso. Allí se encuentra la armonía. Allí le cuento en privado mis historias de triunfos y fracasos a mi Chevy, que a su vez me cuenta las suyas. Desde ya, esto solo puede darse con humanos que tengan historias para contar, y con autos que a su vez tengan las suyas en su pasado, y con personas y coches que sepan escucharse mutuamente. Estos requisitos, desde ya, dejan fuera de toda posibilidad a personas vacías o superficiales, así como a autos nuevos y sin heridas.
Otro requisito fundamental es que el auto en cuestión tenga carrocería de metal con tuercas ajustando hierro en lugar de piezas de plástico encastrado. La vibración que produce un motor de más de 150 burros sobre una coraza metálica a altas revoluciones es inigualable y resulta en definitiva otra de las condiciones para alcanzar ese estado de elevación espiritual y hermandad con la máquina.
Sigo a velocidad crucero por la Ruta 9. Un BMW aparece en mi espejo retrovisor. Unos segundos más tarde me pasa. Al rato veo por delante a un 206, lo veo cada vez más cerca, y esta vez lo paso yo a no más de 140; lo mismo hago enseguida con un Renault 9 que aparece más adelante. Los sujetos van como autómatas.
De repente veo en el horizonte una chata a lo lejos con formas interesantes. Acelero para apreciarla bien y me pongo a la par: va cargadísima, despacio, aún trabaja, es una hermosa C 10, diría yo que `70 o `71. Cuando vamos paralelos el tipo me saluda bajando la cabeza y tocándose la visera de su gorra. Este entiende de qué se trata. En sus ojos adivino la calma y el acero de los guerreros del camino. Señalo su camioneta y levanto mi pulgar derecho. El tipo hace lo mismo. Acelero y lo dejo atrás. No hacen falta palabras. Pertenece al círculo sagrado, y si algún imprevisto me sucediere en el camino, intuyo que sería el primero en parar al costado del camino para dar una mano.

Miro al costado del camino y veo la monótona imagen de los campos y los alambrados que pasan. Miro al frente, y el capot de la Chevy me señala como inalcanzable punta de flecha el destino infinito del horizonte. Como alguien cantara alguna vez: “lo importante no es llegar, lo importante es el camino”. Hace tiempo ya que dejé de tenerle miedo a la muerte, imagino que solo será cerrar los ojos, y en un parpadeo, abrirlos de nuevo y ver la ruta, el horizonte, y la trompa de mi Chevy buscando otro pueblo o la mítica Paradise City (where the grass is green and the girls are pretty, ja!). El día que comprendí eso, experimenté una infinita sensación de libertad ante la certeza de que el verdadero espíritu humano está identificado con aquello que lo apasiona. La muerte no implicaría un final por lo tanto, ni un pasaje de la luz a la oscuridad, ni nada por el estilo. Solo cambiarían las rutas, que pasarían a ser infinitas.
Comienza a anochecer y atravieso Rosario, y llego a Bell Ville donde paro en una estación de servicio a comer algo y seguir un poco más. Cuando llegue a Villa María, pienso, voy a entrar a la ciudad y buscar un hotel para dormir y seguir mañana. “¿A cuanto estoy de Villa María? le pregunto a la petisa de gorrita que atiende el minibar, “a unos 60 kilómetros” me contesta ella sonriente con esa simpatía de las que al no ser tan agraciadas necesitan entrar por algún lado. Le agradezco, saludo y sigo camino bajo las estrellas que tan bien se ven en la noche del campo.
En unos 40 minutos debería llegar, pienso, mientras las luces largas me muestran el camino que piso. Pasa una hora y voy a 100, y aún no llego, y pasa otra media hora. Y nada. Solo la noche cerrada y me empiezo a impacientar. No tengo GPS, claro, nunca lo tuve pero ya debería estar en Villa María y solo sigo manejando en línea recta por la ruta sin carteles a los costados.
De repente, veo unas lucecitas de colores sobre mano derecha mas adelante. Me acerco un poco más y ya vislumbro un cartel luminoso destellante en el techo de un local. Desde lejos, pensé que sería uno de esos cabarets baratos para camioneros de la ruta, pero cuando llego y lo veo de cerca veo que es un pub que se llama Voodoo Child. ¡Como el tema de Hendrix!, pensé. El lugar era una suerte de casucha no muy grande construida en madera y chapa contorneada por una guarda de bombitas de luces de colores y un cartel luminoso en el techo con el nombre Voodoo Child en letras rojas sobre fondo negro.
Paré la Chevy al costado de la puerta junto a media docena de motos chopperas y un hot rod con casco de Ford T en muy buen estado. Un poco mas allá se veían otros vehículos estacionados en la oscuridad bajo unos árboles: tres o cuatro chatas bastante vaqueteadas al parecer, entre las que sobresalía una Apache desvencijada pero con carácter, por supuesto. Cuando apagué el motor de mi cupé escuché que desde adentro del pubsito se escuchaba “Black Dog” de Zeppelin. Este es un lugar como para mí, pensé. Puedo entrar, tomar algo, y de paso pregunto cuánto falta para Villa María.
Cuando entré al lugar vi la escenografía típica de varias mesitas de madera llenas de gente tomando litros de cerveza y descascarando maníes, una pequeña barra y un escenario con una pizarra al costado donde se leía en letras grandes que habían pintado: “Hoy Duelo de Guitarras”. Me apoyé en la barra que era el único lugar libre y pedí algo para tomar.
El gordo detrás de la barra tiene una remera de AC/DC y me comenta que ya va a empezar “el duelo”, y que los dos violeros de esa noche eran excelentes. Al parecer y según me cuenta, los desafíos guitarreros se daban cada tanto y eran pretexto para que dos virtuosos toquen cada uno sus mejores trucos y luego como es de esperar termine todo en una zapada.
De repente se apagan las luces y la manada empieza a aplaudir. Los más ruidosos son un grupo de pibes de no más de veinte años que ocupan una mesa cerca de mí y no paran de hacer bardo desde sus asientos.
Cuando miro al pequeño escenario muy oscuro y sin reflectores que lo enfoquen, veo dos figuras que aparecen en escena. Si bien la iluminación es pobrísima sumado al humo de cigarrillos, lo cual me impide distinguir muchos detalles de sus rostros, alcanzo a ver que uno porta una Strato y el otro una SG, algo así como un Chevrolet vs Ford, pienso, el clásico Gibson vs. Fender.
El de la Gibson es algo mas bajo, con lentes oscuros y ropa de cuero al viejo estilo. En tanto el de la Strato anda con un poncho y un sombrero de ala grande, como salido de un spaghetti western de Sergio Leone.
Arranca el de la SG con un punteo infernal que me pone los pelos de punta, es una variación del solo de guitarra de “Dios Devorador” algo más acelerada, pero tocada con una técnica impecable. Cuando el tipo termina, todo el tugurio estalla en un aplauso. Los pibes de la mesa de al lado mío se ven felices y se paran en las sillas para aclamar al violero que hace una reverencia para darle paso al de la Fender. Entonces este, que mira todo el tiempo hacia abajo con sus sombrero negro y un dejo de tremenda calma, camina dos pasos y alguien le alcanza una botella de Corona vacía. Allí fue donde se hizo un silencio espectral hasta que el muy condenado empezó a tocar con la botella en la modalidad “guitarra slide” las inconfundibles notas de “The Sky is Crying”. Juro que se me puso la piel de gallina con ese himno del blues que me dejó paralizado y con lo ojos llenos de lágrimas. Cuando termina, la merecida aclamación que recibe hace temblar las pobres paredes de madera del local. Y allí nomás sin respiro, los dos guitarristas se unen en una tremenda versión del “Roadhouse Blues” de los Doors mientras todos aplaudimos y algunos coreamos a los gritos cervezas en mano. Los pibes de la mesa de al lado, empiezan a improvisar un pogo que me incluye y terminamos entre todos desparramados por el lugar y abrazados como si fuésemos viejos amigos en esa inexplicable comunión que esas cosas generan.
Así cuando termina el tema y todos aplaudimos y agradecemos, se encienden las luces del escenario. El violero de los lentes oscuros se los quita y el de la Strato se saca el sombrero para saludar al público. Es allí donde me quedo paralizado frente a lo que veo: los dos guitarristas resultan ser los mismísimos Norberto Napolitano y Stevie Ray Vaughan, que sonríen y se dan la mano. Se me eriza la piel y me inunda una emoción y una confusión inexplicables frente a lo que veo, a la vez que las luces de todo el lugar se van encendiendo y me enceguecen poco a poco. Siento que mis fuerzas me abandonan como si fuese a desmayarme, pero antes de perder el sentido, percibo que uno de los chicos con los que hacíamos pogo me toma de una mano y me pregunta: “¿La Chevy que está afuera es tuya?”. “Si” -le respondo confundido-; a lo que el pibe me agrega “Yo también tengo una: La Mejor del Condado, solo que por ahora la maneja mi viejo”. El chico me da un abrazo y me dice confidente: “bueno…yo también la manejo con él”. Los spots son cada vez mas fuertes y esas luces blancas finalmente me enceguecen por completo.

Me despierto en una camilla de hospital con media docena de médicos mirándome a los ojos. “¿Nos escuchás?”, me dice uno. Le digo que sí con la cabeza, y me explica con acento cordobés: “Tuviste un accidente en la ruta a mitad de camino entre Bell Ville y esta ciudad, estás en el Sanatorio Argentino de Villa María. Un tipo de gorrita con una camioneta vieja te rescató y te trajo para acá…”.
“Una C10 `71” le susurro, y el doctor me dice que sí con la cabeza con cara de extrañado: “bueno, no sé el año…de esas viejas, sí”. Y a mí no me sorprende.
Otro de los médicos me dice: “Tenés que dar las gracias por seguir con vida, aunque no lo creas estuviste clínicamente muerto durante 15 segundos, pero entre todo el equipo de emergencias la peleamos y ya estás bien”.
Aún hoy me pregunto cual habrá sido el siguiente tema del Carpo y Stevie Ray.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
Stevie Ray Vaughan "The sky is crying" http://www.youtube.com/watch?v=EI9TS4O5Ww4