HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





jueves, 25 de noviembre de 2010

BALADA PARA UN FALCON '81


No existían fronteras para mi Falcon ’81. El fue mi compañero de equipo en mis años más salvajes. Mi otra mitad en las recorridas nocturnas inigualables de los ochentas y noventas. Mi partícipe necesario en mis mejores delitos impunes.
Aprendí a manejar en aquel Standard de color celeste gastado por el sol. Y desde allí en adelante fuimos inseparables por casi quince años en los cuales no me bajé de él y él no se bajó de mi vida.
Nunca fue tope de gama. Tres punto cero con caja de tercera al volante. Aún recuerdo sus ópticas delanteras rectas y cuadradas y su inolvidable asiento delantero enterizo que no era nada deportivo, pero que hacía que no fuese necesario pasarse al de atrás con una o hasta dos chicas.
Cuando mi viejo Standard ’81 vuelve a saludarme a mis recuerdos, no visualizo precisamente un auto, sino que revivo noches, rutas, calles, sótanos, amores, victorias, derrotas y fantasmas que ya nunca me abandonaron. Gran parte de lo que soy tiene mucho que ver con él. Doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino y darme sus llaves. El resto fue solo seguir la ruta. Llamalo como quieras, pero a veces estos autos nos buscan a nosotros para transformarnos en héroes: 400, Valiants, Ramblers: el destino del gladiador está marcado por su gladius, por la arena y en definitiva por la lucha. La voluntad de los dioses de la guerra y del camino hizo que aprendiese a manejar en un glorioso Falcon ’81. Y ya nada fue igual.
Si yo hubiese nacido en cuna de oro en los barrios al norte de Callao y con autos fabricados en las ejemplares plantas de Stutgart, mi vida hubiese sido muy distinta, mucho más tranquila y ordenada quizá. Pero no. Soy como un seis en línea de la vieja Argentina industrial, y tengo ese mágico olor a nafta que algunos desdichados nunca conocerán.
Todo se redimensionaba a bordo del Falcon, mi socio fiel en aventuras dignas de Julio Verne, de Kerouac o de Bukowski. Allí todo se transformaba en una odisea de héroe mitológico o de adelantado descubridor de nuevos continentes. Buenos Aires-Mar del Plata era como el New York –San Francisco de “On the Road”. Los recorridos que empezaban a las once de la noche y terminaban a las once de la mañana, los Irish Pubs, Ave Porco, el Morocco, el Club Caniche, El Dorado, y el mítico after Panteón de avenida de Mayo, que abría a las 7 de la mañana y donde pasaban a la por entonces “novedosa” banda Prodigy y su “Firestarter”!!
Mi primera novia, y la segunda, y el beso inolvidable, y las promesas infinitas en aquella noche de lluvia. Y las mujeres sin rostro. Y mi amigo y copiloto Andrés, y la críptica y oscura disco Star de avenida La Plata, donde había que entrar con contraseñas que cambiaban cada noche. Y la ruta 2, y la solitaria avenida Colón en Mar del Plata, iluminada como camino a las estrellas. Y “The Joshua Tree” sonando en la gastada cinta de mi cassette de aquel pesado Pioneer de carcaza metálica encastrado bajo la radio AM de fábrica. Todo ese universo encerraba mi viejo Falcon celeste. Éramos los mismísimos aventureros náufragos del fin del mundo.
En aquellas dos últimas y mágicas décadas del siglo veinte donde no existían ni los amigos virtuales ni las novias por Facebook, teníamos el desafío constante de aguardar a la caída del sol -como los vampiros de raza- y salir al apasionante desafío que nos proponía la noche, donde tu presa, acaso el amor de tu vida, debía ser capturada poniendo a prueba tus mejores técnicas de cazador. Quizá por eso me fascina tanto la figura del Stuntman Mike de Kurt Russell en Death Proof: un tipo de otra época, cuyo rostro muestra las cicatrices de su pasado, y que no acepta las modernas reglas del vacío y el mensaje de texto; su vida es perseguir y capturar chicas de la mitad de su edad usando las técnicas de la vieja escuela: un auto retro en la puerta, mirar a los ojos apoyado en la barra, y practicar el sagrado oficio de la “parla”, nada que ver con el chat.
Pero puedo ir aún más atrás en el pasado, y me veo a mi mismo de niño acompañando a mi abuelo a comprar aquel 3.0. de cero kilómetro en la agencia Quintana, si mal no recuerdo por la avenida Rivadavia, allá a la altura de Liniers o Villa Luro. Y luego volver andando hasta mi casa con el olor a nuevo de los asientos. Ese auto crecería a la par mía y de mis sueños, la mayoría de ellos rotos -desde ya-, pero que brillaban mientras aún latían en aquel largo asiento enterizo, sede de miles de juramentos y compromisos incumplidos de cara a las estrellas.
Con aquel Falcon anduve por calles, rutas, arena, barro y piedras. Y a mi derecha se sentaron princesas escandinavas, paulistas, eslavas y del conurbano bonaerense. Pero él jamás me falló. Y si alguien pudo haberse equivocado no una sino mil veces, ese seguramente fui yo en mi eterno western polvoriento, pero nunca mi caballo de tres velocidades y seis cilindros en línea.
Ángel guardián en noches y rutas extremas. Sabio sensei en caminos oscuros y encrucijadas endemoniadas. Junto a mi Falcon celeste salimos heridos y triunfantes de las profundidades más oscuras y de las tormentas más eléctricas y furiosas.
Juntos aprendimos y perfeccionamos miles de técnicas de supervivencia de esas que solo saben los guardianes de la verdadera y secreta sabiduría de las calles. Considero un privilegio haber forjado mi espíritu en aquel confiable 3.0 de asiento enterizo y tres marchas al volante.
Las lecciones del destino hicieron que un fanático de las Chevys como yo, tuviese como auto y hermano fundacional a aquel majestuoso Falcon ’81, que aún me saluda en sueños, en los cuales todavía puedo sentir el grip en las manos de aquel volante negro con su óvalo central.

La denuncia policial en la Comisaría 24 del Barrio de La Boca, consignaría en aquella fatídica noche de abril de 2002, que un Ford Falcon Standard celeste estacionado sobre la calle Lamadrid había sido robado en horas de la noche, mientras a pocas cuadras se jugaba un partido de la Copa Libertadores. Yo personalmente, creo que mi viejo amigo y maestro modelo ‘81, un día consideró que finalmente yo ya estaba listo para seguir mi camino solo, habiendo aprendido ya, sus valiosas enseñanzas en nuestro sendero marcial.
Te pido perdón entonces, guerrero de armadura de color gastado, si a veces me permito la debilidad de extrañarte. O de extrañar ese mundo que vivimos escuchando viejas canciones de los ochentas en aquel Pioneer de carcaza metálica.
Así que desde aquí me permito reverenciarte tal como los gladiadores lo hacían a su emperador: ¡los que van a morir te saludan!
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Crónicas de viajes: CUBA


Tuve la suerte de visitar Cuba a comienzos de 2007. Viajar a esa isla es una experiencia que recomiendo a cualquiera, pero muy especialmente a todo fanático de los autos clásicos, y particularmente de los norteamericanos de la dorada década del 50.
Son muchos los argentinos que viajan a la isla a la que Nicolás Guillén se refiriera alguna vez como “un largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, pero rara vez cuentan anécdotas o datos de real interés que tengan que ver con la verdadera cultura de los cubanos. Y cada vez que menciono la palabra cultura me gusta aclarar su real sentido: “conjunto de costumbres de un pueblo”. Así es que, previo a mi viaje, cada compatriota que volvía de Cuba solo me mencionaba el color del agua, o me describía el hotel “all inclusive” donde había estado alojado. Algunos incluso me comentaban que los precios eran más baratos, y se quejaban de que no se aceptaban tarjetas de crédito de bancos norteamericanos, o de que no había Coca Cola. Paradójicamente después de eso, se sacaban una foto en la tumba del Che, quien seguramente se hubiese avergonzado de ellos tanto como yo.
Personalmente recomiendo a todo aquel que tenga la suerte de viajar a ese país, que trate de conectarse lo más posible con las verdaderas costumbres de los cubanos, y así podrán descubrir un lugar único en el mundo, detenido en el tiempo hace 50 años.
Cabe recordar que Cuba a mediados del siglo 20, fue el gran lugar barato de esparcimiento de los norteamericanos, y abundaban los casinos y hoteles de lujo donde industriales, millonarios y mafiosos estadounidenses despilfarraban alegremente sus dólares con la anuencia de los gobiernos títere que regían la isla. Esta situación alcanzó su pico en los años 50, donde estalla la revolución que finalmente triunfa en 1959 de la mano de Fidel Castro, nuestro compatriota el Che Guevara y otros laderos como Camilo Cienfuegos.
No es intención de esta nota hacer ningún análisis político ni emitir opiniones en tal sentido, pero resulta necesario describir ese marco para entender el porqué de las características únicas de los autos que circulan por toda la isla.
Desde entonces, y con el férreo sistema totalitario de Castro instalado en el poder, más el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos, lo cierto fue que los cubanos debieron arreglárselas con el parque automotor existente en la isla sin posibilidad de adquirir modelos nuevos. Y esto era: miles de autos americanos de los años 40 y 50 que aún hoy circulan por todas partes donde uno vaya.
Ni bien arribé a Cuba y mientras el taxi me llevaba por la ruta desde el aeropuerto, comencé a sentir que estaba en alguna película de la época de James Dean. Por la carretera circulaban con total normalidad Bel Airs y Mercurys de los años cincuenta, Dodges, Studebakers, y más en todas sus versiones: cupés, sedanes, de lujo.
Esa imagen surrealista de autos majestuosos se acrecentaba al entrar a las ciudades como La Habana, o Santa Clara o en pequeños pueblos como Cárdenas, Perico o Colón donde un Plymouth 56 aún en su versión convertible, puede ser un taxi que te lleve a donde le pidas sin dificultades en el tránsito, o donde una familia de clase trabajadora –quizá la única clase en Cuba, claro- sale a hacer su paseo de domingo a la tarde en su Dodge Sierra 57, o donde los veinteañeros cubanos salen en grupo a encararse chicas a bordo de la cupé Studebaker que fuera de sus abuelos, y luego de sus padres. En esas mismas ciudades y pueblos rurales, un repartidor de productos lácteos puede tranquilamente hacer su recorrida por almacenes en su fiel Chevrolet Sapo del `50 como si ello fuere lo más normal del mundo.
Lo cierto es que yo no salía de mi asombro, al tiempo que trataba de averiguar si de casualidad existiese alguna maldita fórmula para traerme una de esas joyas, lo cual es prácticamente imposible para mí o para cualquier extranjero, ya que el parque automotor de Cuba –único en el mundo- está protegido por duras leyes que impiden que las legiones de hot-roteros de todo el mundo puedan depredarlo en cuestión de horas.
Cabe mencionar que si bien los cascos de los autos se ven en muy buen estado de conservación, son pocos aquellos que conservan sus partes originales en un país bloqueado, con modelos que se han dejado de fabricar hace décadas y donde el sueldo promedio es de menos de 25 dólares mensuales. Por ello, al levantar el capot de un Cadillac (que bien puede ser un taxi, como ya dijera) seguramente encontraremos un motor Perkins gasolero o hasta algún engendro de Europa del Este. Prácticamente ningún clásico americano de los miles que circulan por la isla conserva su viejo V8 de fábrica. Se dice incluso que los rusos en la época del comunismo fabricaron un motor compatible con el Chevrolet 51 y muchos cubanos simplemente le cambiaron el motor americano por el ruso del cual existían y existen mas repuestos, y desde ya, es más económico. Por ello, el “Chevy 51” es uno de los autos que mas se ven por todo Cuba.
Todo esto ha hecho que los cubanos se vuelvan verdaderos maestros de la mecánica artesanal en el mejor sentido de la palabra y utilicen su ingenio para solucionar estas adversidades, “fabricando” piezas de motor y de carrocería, más otras como contornos de ópticas baguetas, etc. con una dedicación y amor inigualables.
Cuando hablaba con los cubanos y les contaba que yo estaba armando mi cupé Chevy 71, ellos me miraban como si yo les hablase de un auto nuevo, o quizá del futuro.
Es imposible encontrar un lugar igual en el mundo si lo que a uno lo apasiona son los autos americanos de la “Golden Age” de los cuarentas y cincuentas. Cualquier fanático de los autos clásicos o del hot rod puede llegar a perder la razón en un viaje a esa isla del Caribe, porque como no me canso de afirmar: viajar a Cuba no es ir a un “museo rodante” como muchos turistas sin cultura automovilística sostienen. Viajar a Cuba es conocer un lugar donde esos mágicos dinosaurios viven, trabajan, pasean y se divierten en calles y caminos. Lejos están del museo. Están tan activos como hace 50 años.
Paradógicamente, en las ciudades cubanas suelen verse conviviendo con los clásicos americanos, a varios subtipos de pequeños autos de cuatro cilindros del bloque soviético de los años 80, que seguramente llegaron a la isla por los convenios económicos de Fidel con el bloque socialista. Estos autos se ven decadentes y destartalados en contraste con el estado de conservación de los Cadillacs, Fords y Chevrolets cuarenta años más antiguos. El tiempo suele ser el mejor tester de la verdadera calidad. Cualquier similitud con casos de estas tierras es “pura coincidencia”.
Otro detalle de color que no puedo dejar de mencionar es que en varias ciudades cubanas he visto autos argentinos de las décadas del 60 y 70, siendo el más común el Peugeot 404. Las exportaciones de nuestro país en aquellos años también han dejado su rastro en Cuba. Así es, alguna vez fuimos un proyecto de país industrial.
Finalmente un viaje a un lugar tan mágico y con tantos matices me llevó a muchas conclusiones, algunas hasta de tinte social. Pero en lo que hace a nuestra pasión por estos autos puedo afirmar que los cubanos nos están dando un ejemplo maravilloso. Ellos con sueldos de veinte dólares al mes mantienen vivos y hermosos sus clásicos americanos de los años cincuenta. Lo que no tienen lo fabrican, pero esos monstruos siguen paseándose orgullosos por todo ese país. No nos quejemos nosotros entonces de nuestras dificultades y démosle la vida que se merecen a nuestros Toros, Chivos, Halcones y Chanchas. Empecemos de una vez a armar ese Hot o Rat que nos ronda la cabeza. Ningún dictador y ningún bloqueo económico nos lo impide. Y quizá algún día, al igual que los cubanos, nuestros nietos puedan decir: “este auto está en mi familia desde mi abuelo, y no se vende”.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

jueves, 4 de noviembre de 2010

viernes, 15 de octubre de 2010

CHARLA CON UN PUMA


“Si un hombre aspira a una vida correcta, su primer acto de abstinencia es el de lastimar animales” (LEON TOLSTOI)


La página 33 del diario Clarín del 12 de agosto de 2010 traía la noticia ilustrada por la foto de un felino rugiente: “El Ministerio de la Producción de la Provincia de Río Negro ofrecerá 500 pesos por cada ejemplar de puma muerto, debido a que estos animales provocan daños importantes a la ganadería ovina y vacuna”. El artículo del matutino ampliaba la información agregando: “El Director General de Ganadería señaló que los Gobiernos de Chubut y Santa Cruz ofrecen recompensas aún mayores por su caza” y “…los propios ganaderos son los primeros interesados en terminar con esta plaga predadora de ovejas”.
Así, las autoridades gubernamentales, de común acuerdo con el sector de productores de ganadería sellaron un oscuro pacto decidiendo el aniquilamiento del viejo “León Americano”, dueño antiguo de las Pampas, que, agazapado en la oscuridad, ignora la promulgación de la siniestra normativa que ahora dictó su sentencia de muerte por afectar intereses comerciales.
Le han puesto precio a tu cabeza, puma legendario, como en el viejo oeste norteamericano, bajo tu retrato un grupo de obesos burócratas asociados a millonarios hombres de negocios, han colgado la leyenda de “BUSCADO”. Más vale que te ocultes ahora, viejo cazador de la estepa y del monte. La norma no excluye hembras ni crías. Los muy cobardes saldrán a buscarte con armas a repetición y miras nocturnas. Y ellos cazan por dinero.
Déjame hacer un fuego bajo las estrellas de esta noche, y contarte algunas historias antes de que ellos vengan por ti, hermano puma (como podría llamarte el joven de Asís). Los de mi raza dicen que soy buen narrador. No se si sea cierto, pero quizá te ayude a aplacar un poco los nervios entre los grillos y búhos de esta deliciosa oscuridad.
Por motivos fáciles de adivinar, los políticos de turno siempre han tenido una marcada preferencia por los rebaños en detrimento de los espíritus libres de los verdaderos aventureros como vos. Los rebaños son fáciles de manejar, como los autos modernos. Las ovejas que los integran se pueden dominar fácilmente haciendo que vayan en tal o cual dirección. Son muchas, todas iguales y se pueden guardar a presión, comprimidas en un corral cuando su dueño lo decide. Son baratas de alimentar, nunca se revelan, agachan la cabeza y comen siempre las mismas pasturas.
Esas ovejas son tantas y tan parecidas que hasta resulta difícil diferenciar una de otra. Se las saca a pastar todas las mañanas para volverlas a guardar en sus corrales al caer el sol.
¡Pero vos sos tan distinto, querido puma! A través de los siglos nunca dejaste de ser salvaje. El hombre jamás pudo domesticarte. Siempre fuiste una amenaza para los rebaños, cuyos dueños se estremecen al ver tus huellas frescas cerca de sus propiedades. Nadie te quitará nunca tu libertad. Y por sobre todas las cosas, tienes la energía, la fortaleza y la ferocidad necesarias para la más sagrada de las misiones: la cacería nocturna, esa que tanto nos apasiona.
Debes saber, desde ya, que no todos los humanos somos iguales a esos que hoy te persiguen, así que no me consideres tu enemigo. De hecho puedo contarte que conozco grupos de soñadores apasionados por una ilusión. Luchadores incansables y aventureros cultores del viejo rito de la amistad, que salen totalmente del molde del cual salieron los mediocres que ahora vienen a cazarte.
Como recordarás, hace algunas décadas, estas rutas eran surcadas por autos que parecían salidos de un fantástico sueño. Majestuosas naves como el Kaiser Carabela dejaban una estela de magia a su paso por estos caminos con sus líneas sobrenaturales. Chevys de dos y cuatro puertas con amarillos canarias y rojos mandarines iban y venían como flechas con sus bajadas en forma de fastbacks. Fabulosos Falcons de redondos faros y parrillas cromadas cortaban el viento de las Pampas en trazos infinitos. Y una aventura producto de un sueño acelerado con varios carburadores, hacía kilómetros e historia, su nombre: Torino.
Todos ellos, mi amigo, al igual que vos, rugían. Y ese rugido gritaba la proclama patriótica de una vieja canción de valientes: libertad, libertad, libertad.
Desde hace décadas ya habrás notado que casi no se escuchan esos rugidos. Solo las ovejas, solo las ovejas. Esas que no tienen garras, ni colmillos, ni violentos paragolpes de hierro, ni chasis en forma de “H” o de araña, ni cromadas parrillas, ni el espíritu del cazador, ni seis cilindros, ni el aliento agitado del perseguidor de asustadas presas, ni tonelada y media de puro metal, ni los recuerdos de inolvidables cacerías.
¿Así que ahora los muy cobardes pagan por cada puma muerto? Déjalos entonces acercarse y afilemos nuestras garras sobre alguna piedra para el zarpazo yugular de quien sabe pelear en la distancia corta. Esa en la que pelean solo los bravos.
Hoy vienen por ti, mañana quizá lo hagan por mí o por mi carro de combate, que tanto los asusta. Los asusta la fuerza, lo salvaje, el alma del predador que ellos no tendrán jamás.
Vos y yo hemos visto aparecer y morir tantas ovejas a esta altura. Y ya nadie las recuerda, ya sea que estén cubiertas de lana o plásticas carrocerías.
Así que sigamos avivando el fuego en esta noche de estrellas silenciosas y recordemos otras historias de tus cacerías…y de las mías. Antes de que los puntos rojos de las miras se posen sobre nosotros.
Lamento mucho que ahora quieran exterminarte, como alguna vez también lo hicieron con los indios que poblaban estas mismas tierras para luego subdividirlas y repartirlas entre los ancestros de quienes hoy pusieron precio a tu cabeza.
Por último, solo me queda agradecerte, mi “amigo puma”, como alguna vez cantara un ídolo popular de la zona sur. Agradecerte nunca haber cambiado, aunque ello te haya llevado a esta blasfema sentencia de muerte con un precio por tu cabeza. Porque tu nunca perteneciste a esos rebaños que aún sigues atacando.
Si algún día o alguna noche llego a verte con mi Chevy al costado de una ruta de esta Pampa silenciosa, no temas. Solo pararé para hacerte luces a modo de saludo respetuoso y continuar mi camino. Tú sigue con tu leyenda, yo seguiré con la mía.


CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

viernes, 1 de octubre de 2010

THE SKY IS CRYING


Manejé durante horas por Ruta 9 todo aquel día escuchando el sonido del 250 que servía de soundtrack perfecto para el camino. Baradero, San Pedro, Villa Constitución. Cada pueblo, cada ciudad era una invitación a quedarme, buscar un hotelucho con algo de garaje y hacer base allí para pasar la noche. Cada cartel rutero con nombres conocidos o extraños tenía en mi imaginación un marco de neón destellante y una promotora sexy haciendo dedo, muriéndose de ganas de subir a mi Chevy. Cada café al paso que me tomaba en las estaciones de servicio donde paraba potenciaba más mi absurda inventiva de escritor compulsivo donde surgían héroes y villanos confrontando violentamente en ese magnífico escenario de autovías y rutas provinciales transversales, cuyos kilómetros estaba dispuesto a devorar.
Dicen que los monjes tibetanos encuentran en la soledad de las montañas el lugar ideal para alcanzar el estado mental y espiritual perfecto para meditar. La meditación al estilo tibetano es de las más respetadas y practicadas del mundo. Como no nací ni crecí en el Tíbet sino en Buenos Aires, cerca del Riachuelo, necesito cada tanto salir a la ruta solo y sin destino fijo. Ese es mi retiro espiritual donde puedo olvidarme de mis obligaciones profesionales y problemas cotidianos, y conectarme conmigo mismo y con mi Chevy. Existe una armonía sincrónica muy especial entre los hombres y el motor de sus autos (recomiendo los 6 cilindros) que solo las almas elevadas pueden lograr en la soledad de la ruta. Ese es el punto donde el corazón y la mente se hermanan con los latidos que surgen de las entrañas del dragón bajo el capot. Muchos alcanzan este punto de nirvana a las 3000 RPM, algunos más arriba incluso, no se trata de acelerar al extremo, sino de encontrar el equilibrio único que se da cuando una persona y su auto son uno solo. Esto es muy difícil de lograr en las ciudades en las horas pico, donde hombre y máquina se encuentran a disgusto en el tránsito y ambos tienden a recalentar. Pero la ruta es especial para eso. Allí se encuentra la armonía. Allí le cuento en privado mis historias de triunfos y fracasos a mi Chevy, que a su vez me cuenta las suyas. Desde ya, esto solo puede darse con humanos que tengan historias para contar, y con autos que a su vez tengan las suyas en su pasado, y con personas y coches que sepan escucharse mutuamente. Estos requisitos, desde ya, dejan fuera de toda posibilidad a personas vacías o superficiales, así como a autos nuevos y sin heridas.
Otro requisito fundamental es que el auto en cuestión tenga carrocería de metal con tuercas ajustando hierro en lugar de piezas de plástico encastrado. La vibración que produce un motor de más de 150 burros sobre una coraza metálica a altas revoluciones es inigualable y resulta en definitiva otra de las condiciones para alcanzar ese estado de elevación espiritual y hermandad con la máquina.
Sigo a velocidad crucero por la Ruta 9. Un BMW aparece en mi espejo retrovisor. Unos segundos más tarde me pasa. Al rato veo por delante a un 206, lo veo cada vez más cerca, y esta vez lo paso yo a no más de 140; lo mismo hago enseguida con un Renault 9 que aparece más adelante. Los sujetos van como autómatas.
De repente veo en el horizonte una chata a lo lejos con formas interesantes. Acelero para apreciarla bien y me pongo a la par: va cargadísima, despacio, aún trabaja, es una hermosa C 10, diría yo que `70 o `71. Cuando vamos paralelos el tipo me saluda bajando la cabeza y tocándose la visera de su gorra. Este entiende de qué se trata. En sus ojos adivino la calma y el acero de los guerreros del camino. Señalo su camioneta y levanto mi pulgar derecho. El tipo hace lo mismo. Acelero y lo dejo atrás. No hacen falta palabras. Pertenece al círculo sagrado, y si algún imprevisto me sucediere en el camino, intuyo que sería el primero en parar al costado del camino para dar una mano.

Miro al costado del camino y veo la monótona imagen de los campos y los alambrados que pasan. Miro al frente, y el capot de la Chevy me señala como inalcanzable punta de flecha el destino infinito del horizonte. Como alguien cantara alguna vez: “lo importante no es llegar, lo importante es el camino”. Hace tiempo ya que dejé de tenerle miedo a la muerte, imagino que solo será cerrar los ojos, y en un parpadeo, abrirlos de nuevo y ver la ruta, el horizonte, y la trompa de mi Chevy buscando otro pueblo o la mítica Paradise City (where the grass is green and the girls are pretty, ja!). El día que comprendí eso, experimenté una infinita sensación de libertad ante la certeza de que el verdadero espíritu humano está identificado con aquello que lo apasiona. La muerte no implicaría un final por lo tanto, ni un pasaje de la luz a la oscuridad, ni nada por el estilo. Solo cambiarían las rutas, que pasarían a ser infinitas.
Comienza a anochecer y atravieso Rosario, y llego a Bell Ville donde paro en una estación de servicio a comer algo y seguir un poco más. Cuando llegue a Villa María, pienso, voy a entrar a la ciudad y buscar un hotel para dormir y seguir mañana. “¿A cuanto estoy de Villa María? le pregunto a la petisa de gorrita que atiende el minibar, “a unos 60 kilómetros” me contesta ella sonriente con esa simpatía de las que al no ser tan agraciadas necesitan entrar por algún lado. Le agradezco, saludo y sigo camino bajo las estrellas que tan bien se ven en la noche del campo.
En unos 40 minutos debería llegar, pienso, mientras las luces largas me muestran el camino que piso. Pasa una hora y voy a 100, y aún no llego, y pasa otra media hora. Y nada. Solo la noche cerrada y me empiezo a impacientar. No tengo GPS, claro, nunca lo tuve pero ya debería estar en Villa María y solo sigo manejando en línea recta por la ruta sin carteles a los costados.
De repente, veo unas lucecitas de colores sobre mano derecha mas adelante. Me acerco un poco más y ya vislumbro un cartel luminoso destellante en el techo de un local. Desde lejos, pensé que sería uno de esos cabarets baratos para camioneros de la ruta, pero cuando llego y lo veo de cerca veo que es un pub que se llama Voodoo Child. ¡Como el tema de Hendrix!, pensé. El lugar era una suerte de casucha no muy grande construida en madera y chapa contorneada por una guarda de bombitas de luces de colores y un cartel luminoso en el techo con el nombre Voodoo Child en letras rojas sobre fondo negro.
Paré la Chevy al costado de la puerta junto a media docena de motos chopperas y un hot rod con casco de Ford T en muy buen estado. Un poco mas allá se veían otros vehículos estacionados en la oscuridad bajo unos árboles: tres o cuatro chatas bastante vaqueteadas al parecer, entre las que sobresalía una Apache desvencijada pero con carácter, por supuesto. Cuando apagué el motor de mi cupé escuché que desde adentro del pubsito se escuchaba “Black Dog” de Zeppelin. Este es un lugar como para mí, pensé. Puedo entrar, tomar algo, y de paso pregunto cuánto falta para Villa María.
Cuando entré al lugar vi la escenografía típica de varias mesitas de madera llenas de gente tomando litros de cerveza y descascarando maníes, una pequeña barra y un escenario con una pizarra al costado donde se leía en letras grandes que habían pintado: “Hoy Duelo de Guitarras”. Me apoyé en la barra que era el único lugar libre y pedí algo para tomar.
El gordo detrás de la barra tiene una remera de AC/DC y me comenta que ya va a empezar “el duelo”, y que los dos violeros de esa noche eran excelentes. Al parecer y según me cuenta, los desafíos guitarreros se daban cada tanto y eran pretexto para que dos virtuosos toquen cada uno sus mejores trucos y luego como es de esperar termine todo en una zapada.
De repente se apagan las luces y la manada empieza a aplaudir. Los más ruidosos son un grupo de pibes de no más de veinte años que ocupan una mesa cerca de mí y no paran de hacer bardo desde sus asientos.
Cuando miro al pequeño escenario muy oscuro y sin reflectores que lo enfoquen, veo dos figuras que aparecen en escena. Si bien la iluminación es pobrísima sumado al humo de cigarrillos, lo cual me impide distinguir muchos detalles de sus rostros, alcanzo a ver que uno porta una Strato y el otro una SG, algo así como un Chevrolet vs Ford, pienso, el clásico Gibson vs. Fender.
El de la Gibson es algo mas bajo, con lentes oscuros y ropa de cuero al viejo estilo. En tanto el de la Strato anda con un poncho y un sombrero de ala grande, como salido de un spaghetti western de Sergio Leone.
Arranca el de la SG con un punteo infernal que me pone los pelos de punta, es una variación del solo de guitarra de “Dios Devorador” algo más acelerada, pero tocada con una técnica impecable. Cuando el tipo termina, todo el tugurio estalla en un aplauso. Los pibes de la mesa de al lado mío se ven felices y se paran en las sillas para aclamar al violero que hace una reverencia para darle paso al de la Fender. Entonces este, que mira todo el tiempo hacia abajo con sus sombrero negro y un dejo de tremenda calma, camina dos pasos y alguien le alcanza una botella de Corona vacía. Allí fue donde se hizo un silencio espectral hasta que el muy condenado empezó a tocar con la botella en la modalidad “guitarra slide” las inconfundibles notas de “The Sky is Crying”. Juro que se me puso la piel de gallina con ese himno del blues que me dejó paralizado y con lo ojos llenos de lágrimas. Cuando termina, la merecida aclamación que recibe hace temblar las pobres paredes de madera del local. Y allí nomás sin respiro, los dos guitarristas se unen en una tremenda versión del “Roadhouse Blues” de los Doors mientras todos aplaudimos y algunos coreamos a los gritos cervezas en mano. Los pibes de la mesa de al lado, empiezan a improvisar un pogo que me incluye y terminamos entre todos desparramados por el lugar y abrazados como si fuésemos viejos amigos en esa inexplicable comunión que esas cosas generan.
Así cuando termina el tema y todos aplaudimos y agradecemos, se encienden las luces del escenario. El violero de los lentes oscuros se los quita y el de la Strato se saca el sombrero para saludar al público. Es allí donde me quedo paralizado frente a lo que veo: los dos guitarristas resultan ser los mismísimos Norberto Napolitano y Stevie Ray Vaughan, que sonríen y se dan la mano. Se me eriza la piel y me inunda una emoción y una confusión inexplicables frente a lo que veo, a la vez que las luces de todo el lugar se van encendiendo y me enceguecen poco a poco. Siento que mis fuerzas me abandonan como si fuese a desmayarme, pero antes de perder el sentido, percibo que uno de los chicos con los que hacíamos pogo me toma de una mano y me pregunta: “¿La Chevy que está afuera es tuya?”. “Si” -le respondo confundido-; a lo que el pibe me agrega “Yo también tengo una: La Mejor del Condado, solo que por ahora la maneja mi viejo”. El chico me da un abrazo y me dice confidente: “bueno…yo también la manejo con él”. Los spots son cada vez mas fuertes y esas luces blancas finalmente me enceguecen por completo.

Me despierto en una camilla de hospital con media docena de médicos mirándome a los ojos. “¿Nos escuchás?”, me dice uno. Le digo que sí con la cabeza, y me explica con acento cordobés: “Tuviste un accidente en la ruta a mitad de camino entre Bell Ville y esta ciudad, estás en el Sanatorio Argentino de Villa María. Un tipo de gorrita con una camioneta vieja te rescató y te trajo para acá…”.
“Una C10 `71” le susurro, y el doctor me dice que sí con la cabeza con cara de extrañado: “bueno, no sé el año…de esas viejas, sí”. Y a mí no me sorprende.
Otro de los médicos me dice: “Tenés que dar las gracias por seguir con vida, aunque no lo creas estuviste clínicamente muerto durante 15 segundos, pero entre todo el equipo de emergencias la peleamos y ya estás bien”.
Aún hoy me pregunto cual habrá sido el siguiente tema del Carpo y Stevie Ray.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
Stevie Ray Vaughan "The sky is crying" http://www.youtube.com/watch?v=EI9TS4O5Ww4

viernes, 27 de agosto de 2010

VIDEO: LA SEGUNDA CRUZADA


Este es mi nuevo Video sobre mi cuento LA SEGUNDA CRUZADA, incluído en este blog y publicado en varios medios. Es un cortometraje de casi 15 minutos que incluye música de Morricone, Metallica, épica, etc., así como imágenes de viejas publicidades Chevrolet, películas, y hasta videos filmados por amigos y por mi mismo. Espero que les guste.


http://www.youtube.com/watch?v=6PNjjAbXaNg

jueves, 12 de agosto de 2010

MUTANTES Y GLADIADORES


“Había visitado en una ocasión anterior esta ciudad sin nombre
entre las arenas, y sabía algo de sus misterios, pero no todo, por lo que estaba ansioso por sondear estos enigmas hasta lo mas profundo” (Lin Carter “El Necronomicón-La traducción de Dee”)

Pasaron quince o dieciséis años ya, pero aún recuerdo haber visto pelear a un tipo de una sola pierna usando sus muletas como armas mortales en un pool de Constitución. Daba saltitos en la punta de su único pié como boxeador a la mitad, y a la vez que apoyaba una muleta, pegaba con la otra, y así iba alternando sus brazos de madera para hacer base y golpear a la cabeza, al torso, a las piernas. Mientras combatía sonreía todo el tiempo, quizá para desanimar a su contrincante. El sujeto se veía como indigente y tenía esa edad incalculable de quienes viven en la calle. Quizá veintipico, quizá cuarenta. Supongo que durante el día pediría limosnas en la estación fingiendo una minusvalía que no tenía a pesar de su pierna faltante. Pero en la noche era todo un artista marcial cuyo sensei fue la puta vida que lo hizo duro para no morir.
No ganó ni perdió aquella pelea. Dio y recibió, como suele suceder, pero cuando todo terminó se dirigió hacia la barra de aquel tugurio donde yo estaba apoyado, y quizá advirtiendo mi mirada de admiración cuando pasó a mi lado me saludó serio con la cabeza. Con su cercanía advertí que el tipo tenía ese olor inconfundible de quien duerme en la calle, el olor de la pobreza. En silencio le devolví el saludo del mismo modo levantando un poco mi lata de cerveza a su paso. Cuando pasó y quedó de espaldas a mí se detuvo, giró y me pidió que lo invite una ficha de pool. Le dije que no, que ya me iba. Asintió haciendo una especie de reverencia de bufón y siguió con sus muletas un paso mas, y volvió a detenerse y girar su cabeza de búho: “¿… Y una birra?”. Miré al orangután que atendía la barra y le dije: “Una lata mas de cerveza para él”.
Mientras me iba de aquel antro, vi al gladiador de las muletas gastadas saludarme con su flamante lata de Quilmes desde la barra. Se la había ganado.
Cuando salí de aquel reducto perdido en lo más oscuro de la ciudad, y ya del tiempo, caminé en la noche fría unos metros entre los subseres que poblaban ese arrumbado pasaje de Constitución cerca de la calle Brasil. Y entre los borrachos, los proxenetas, los tarjeteros de “saunas” y los rateros de poca monta, llegué hasta la avenida Garay donde pegado al cordón me esperaba mi lugar en el mundo: mi Fairlane LTD que me miraba con sus duales ojos soñadores. Ese auto tenía nombre como corresponde a todo ser viviente, y se llamaba Mark, quien había sido uno de mis personajes de historieta favoritos de la infancia. Mark era un aventurero solitario de un futuro post-nuclear, ideado por el genial Robin Wood y que aparecía en la revista El Tony, que vivía en un mundo destruido y apocalíptico, y luchaba contra tribus de “mutantes” y de “destructores”. Así me sentía yo cuando manejaba en las noches irrepetibles de aquellos mágicos años.
Justamente en aquellos primeros noventas un auto así no llamaba mucho la atención, mientras todo un país vendía su alma al diablo y se embarcaba en absurdos planes en cuotas para comprar un Duna que luego no serviría ni para chatarra. Pero mi enamoramiento con el Fairlane sobrepasaba los límites explicables desde la semántica. Sus líneas rectas e interminables que se extendían mas allá de la parrilla parecían diseñadas por algún aventurero loco que trató de imaginar la cuarta carabela de Colón para descubrir nuevos continentes. Y esos nuevos continentes o nuevos mundos eran los que yo pensaba explorar con mi LTD de pintura gastada. Quien así no lo hiciese estaría traicionando al espíritu y la imaginación creativa de aquellos maravillosos dementes de Detroit que idearon semejante carruaje celestial.
Entré al Fairlane y cerré su puerta sólida como escudo. Entonces respiré tranquilo, le dí arranque y salí por Garay derecho en dirección a la avenida Entre Riós. La noche era espectral y la gente “como la gente” a esa hora dormía entre las tristes paredes de sus hogares. Pero como ya dijera, mi hogar se llamaba Ford Fairlane LTD, o Mark, para hablar con propiedad. Era una noche de domingo, lunes ya, las 2 de la mañana, las oficinas estaban cerradas y los cabarets abiertos. Los hombres de familia dormían y yo no. Yo manejaba como vagabundo sin destino fijo entre mutantes y destructores imposibles de ver de día. Y era feliz como gato en los tejados buscando acción. Como diría la canción de Sade: hambriento por la vida y sediento por la distancia. Tenía 25 años y la inocencia de quien se siente inmortal.
Solo faltaba que me afeite la cabeza al estilo mohicano del Travis interpretado por De Niro en “Taxi Driver”. En ese tiempo mis horas parecían dirigidas por el Scorsese de aquella pieza fundamental (are you talking to me?).
Así manejé por desiertas avenidas mientras en el pasacassette sonaba una y otra vez mi compilado de The Cure con Robert Smith aullándole a la luna “the hanging gaaarden!”. Siempre tratando de encontrar el lugar más oscuro entre los neones donde quizá pudiese rescatar alguna princesa de las garras de los mutantes.
Serenidad espacial con caja de tercera al volante.
Una hora más tarde me encontraba en una pseudo-discoteca que si mal no recuerdo quedaba en la calle Esmeralda casi Viamonte en pleno microcentro. No creo que ese lugar exista más, lo cual sería muy triste. Y tengo la casi certeza de que se llamaba “Mi Club”, como su popular homónimo de zona sur conocido por generaciones, al cual sus habitués en algún momento llegaron a llamar “el Registro Civil” porque según se decía, estaba lleno de buenas chicas de barrio que iban a buscar novios con intenciones serias, lo cual -desde ya- lo hacía un lugar desaconsejable para mí. Pero lo cierto es que el “Mi Club” capitalino era un engendro al cual se accedía por una escalera descendente -¿Cómo si no?- como la mayoría de los inolvidables sótanos céntricos de Buenos Aires, donde pasaban mayoritariamente cumbia y música latina, cosa que me convertía en un notable sapo de otro pozo, acostumbrado a los lugares que yo frecuentaba donde pasaban música electrónica, a la que en aquellos años llamábamos “tecno” o “marcha”.
De lo que se trataba, era de descubrir nuevos submundos, o como diría Lin Carter en su anotación sobre el Necronomicón: de sondear misterios hasta lo más profundo. ¡Y bien profunda que era aquella cueva que latía por debajo de un microcentro que de día ignoraba la existencia de semejante universo en su inframundo!
“Mi Club” respondía a ese canon de cuasi-bailanta (más categoría que una bailanta y menos que una disco) con muchas mesitas, pista de baile, una barra y un escenario donde bandas de cumbia alternaban con el DJ. Como era de esperarse el elemento femenino no era de lo mejor dadas las características del lugar sumado al hecho de ser la noche de un domingo.
Pero al cabo de un rato ya me encontraba bailando en la pista –o dando lástima, dado que era evidente que nunca había bailado cumbia- con una morocha muy sexy que tenía las lolas naturales mas grandes que vi en mucho tiempo. Se llamaba María y curiosamente se veía mucho más linda que el promedio de mujeres del lugar.
María se veía incómoda y tensa, y yo pensaba que era debido a mi constante papelón en la pista de baile, pero de todos modos decidí preguntarle: “¿estás nerviosa por algo? “, le dije, y agregué: “Ya sé, es demasiado evidente que no sé bailar esta música, pero…” entonces ella me interrumpió diciendo tajante: “No, lo que pasa es que tengo novio…”. “Ah, bueno, pero igual si no vino, ¿Qué problema hay?” le dije entonces, a lo que ella respondió con cara de extrema preocupación: “Si vino, ¡y es el cantante del grupo que está tocando!”.
Allí fue cuando giré mi cabeza hacia el escenario donde por única vez en mi vida vi a un grupo de media docena de cumbieros pelilargos tocando y cantando con caras de enfurecidos como si fuesen Metallica. El cantante –por razones obvias- parecía el mas enojado de todos y me miraba fijo señalándome mientras cantaba como diciéndome: “en cuanto termine de cantar, nos bajamos y te matamos”. Para colmo de males, la tal María me dice al oído: “Y tengo malas noticias: este es el último tema y mi novio es re-celoso. Cuando termine el show te van a venir a buscar…perdoname”. Claro que podría perdonarla, pero de seguro, los de arriba del escenario a mi no me perdonarían.
Allí fue cuando mi sentido de supervivencia me indicó que debía retirarme cuanto antes de aquel local en el cual yo resultaba manifiestamente visitante. Y debía hacerlo antes de que la banda de cumbieros a pleno se baje del escenario a aniquilarme. Pero antes de irme, y como velocirraptor que asegura su presa, le dije a María: “ OK, ya me voy. Si querés nos vemos en un rato en el bar de Esmeralda y Lavalle, acá a menos de 2 cuadras, y te invito a desayunar”. La chica me miraba como si estuviera loco. Así fue como me dirigí rápidamente hacia la puerta de “Mi Club” mientras 6 o 7 músicos tropicales todos con sus camisas iguales, me lanzaban dardos con sus ojos amenazantes desde aquel perdido escenario.
Una hora más tarde, estábamos desayunando con la hermosa morena María, que apoyaba sus grandes atributos sobre la mesita del bar indicado, junto a las medialunas. Ella había tomado el riesgo y se había ido del boliche para compartir conmigo aquel café con leche inolvidable. Luego nos subimos al Fairlane y la llevé hasta su casa, que quedaba por Palermo –antes de que ese barrio se transformara en el lugar cool que hoy pretende ser-. Mientras manejaba por avenida Córdoba me sentía como el príncipe de los ladrones.
Luego de dejar a la bonita morocha en su casa, el maldito sol en la cara del lunes a la mañana me lastimó como a un vampiro, y me recordó que en pocas horas debía ir a trabajar otro día sin dormir.
Pasaron muchos años ya desde entonces. Con María no duramos casi nada, como alguien dijera alguna vez: nuestras colecciones de discos eran incompatibles.
Luego de tanto tiempo creo que ya no soy tan joven ni tan inmortal. Pero de vez en cuando en sueños vuelvo a aquella noche y a otras parecidas donde todos esos personajes me visitan. Entonces, al despertarme, extraño a mi Fairlane Mark y a aquellas historias de mutantes, princesas subterráneas y gladiadores de una sola pierna.

CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH