HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA
HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA
"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)
"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)
viernes, 28 de enero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
LOS POSTERS DEL TIEMPO

“Todas las historias que escribí son verdaderas…porque creo en lo que vi”
(Jack Kerouac)
En una tarde de Avellaneda de los años setenta, un niño de menos de cuatro años corretea de una punta a la otra de un viejo patio que vio crecer a las generaciones que lo precedieron. Intenta entonar la canción de su serie televisiva favorita: El Zorro. Un delantal de cocina de su madre anudado a su cuello hace las veces de capa, al tiempo que la desmechada gorra de su bisabuelo representa el sombrero del héroe en blanco y negro. Monta una escoba a la que llama Tornado, aquel brioso caballo azabache. Una vara de madera que enarbola con su mano derecha da la idea clara de que lleva su espada desenfundada y lista para luchar contra los malvados en esa esgrima solitaria y nocturna de los verdaderos justicieros. Porque Diego de la Vega da lugar a su razón de ser, solo “cuando sale la luna”. Y lo hace “en su corcel”. Nunca tuvo ni tendrá juguetes caros, no los hay en Piñeiro –Avellaneda-. La escoba, la gorra, el delantal y la vara de madera no son tales cosas en ese mundo imaginario. Son el equipo de Zorro (mas tarde le comprarían la careta). Nada en el mundo podría convencer a ese niño de que no es él, el verdadero justiciero enmascarado de la “Z” o de que esa escoba no es Tornado. Cualquiera insinuase tales afirmaciones blasfemas pecaría de mentiroso. Porque aquello que imaginamos y amamos con pasión es la realidad mas palpable del mundo.
El está allí en ese patio –o quizá solitaria llanura- para recorrer los caminos bajo la luna … y hacer justicia.
O al menos así lo recuerdo lejanamente.
Casi diez años mas tarde el mismo chico, ya a punto de comenzar el secundario, entra con su madre a uno de esos lugares mágicos ya desaparecidos en el tiempo tales como Pumper Nic o el Italpark. El chico y su mamá entran a instancias del insistente pibe, a un local sobre la calle Florida que se llama “Los Pósters del Tiempo”. Y de repente el se queda paralizado frente a una gigantesca lámina que ocupa buena porción de una de las paredes del local. Se trata de una inmensa foto de unos vehículos “areneros” saltando entre las dunas, y al pié de la imagen una frase que reza: “la vida debe ser una gran aventura…o nada”. No fueron los motores ni las grandes ruedas de los vehículos tubulares del desierto lo que más impactó a aquel preadolescente, sino la fuerza de esas palabras.
El chico jamás olvidará esa tarde. Jamás olvidará ese póster que nunca compró por ser quizá muy grande para su pared, o acaso para el bolsillo de su madre. Y jamás olvidará esas palabras impresas sobre las arenas de la foto. De hecho hoy, con más de 40 años las recuerda cada mañana al levantarse. Sin saberlo aquel muchachito sale con su mamá de “Los Pósters del Tiempo” con esa cita en su cabeza. Su vida ha cambiado para siempre.
Muchos años mas pasarían, y aquel chico crecería, y se recibiría de abogado y como tal, hasta trabajaría para una fundación de estudios criminalísticos que colaboraba con el Poder Judicial en determinados casos en distintas jurisdicciones del país. Una de sus primeras misiones, teniendo aún veintipico de años sería la de radicarse por un tiempo indeterminado en la ciudad de Mar del Plata para tomar intervención en algunos asuntos penales que se estaban dando en esa ciudad a 400 kilómetros de Buenos Aires. El novel letrado daba el perfil perfecto para ser el enviado a trabajar allá sin fecha cierta de retorno: no tenía mayores compromisos, era el mas joven del staff jurídico, el de menor antigüedad en la fundación, era soltero, y se sabía que una ciudad como Mar del Plata con sus playas y su vida nocturna, para él sería siempre una tentación, un desafío irrechazable.
Una vez en “la feliz” uno de los primeros casos que le toca investigar es del de una misteriosa serie de suicidios que se habían venido dando en los últimos meses en distintos puntos de la ciudad: un sujeto que se había volado la cabeza con una escopeta en un espigón portuario una noche de agosto; una mujer que había saltado desde un 9º piso de un edificio de la Avenida Colón; y otro tipo que se había disparado en la sien con un revólver sentado en las escaleras que bajan desde la rambla a las playas del centro.
Es sabido que el índice de suicidios en la ciudad de Mar del Plata es de los más altos del país, y muchas veces aquel abogado devenido en investigador se había preguntado por qué. Los manuales de técnica investigativa básica sostienen que el “modus operandi” del hombre que decide quitarse la vida es por lo general a través del uso de un arma de fuego, en tanto las mujeres suelen optar por saltar al vacío o la sobredosis de pastillas. Todo encajaba, pero el elemento esclarecedor de los casos vino por otro lado. Ninguno de los suicidas era marplatense. Todos habían puesto fin a sus vidas fuera de la temporada de veraneo.
El de la escopeta en el espigón era de Mendoza, y conforme consignaba el boleto de micro de ida encontrado en su bolsillo, había llegado a la ciudad unas horas antes de disparase a sí mismo.
La mujer era una viuda de Lomas de Zamora y desde hacía décadas tenía ese departamento de dos ambientes desde el cual saltó, que en enero ponía en alquiler y en el que vacacionaba todos los febreros con su marido, cuando éste aún vivía. Su cuerpo fue encontrado a una distancia intermedia de la base de la torre de departamentos, y en tal sentido es sabido que los peritos sostienen que si el cuerpo aparece a una distancia corta: fue accidente –se tropezó-, si aparece a una distancia larga: fue homicidio –lo tiraron- y por último, si el cuerpo se encuentra en la distancia media como el caso de marras, es que la persona saltó.
Por su parte, el de las escaleras del centro tenía fijado su domicilio en Ciudadela y se había disparado en la cabeza durante la noche.
Ningún marplatense, ni residente de esa ciudad.
Investigando las historias de vida de los protagonistas de los tres casos, en el informe final del joven abogado a quien se asignó el caso, las conclusiones fueron las siguientes: Mar del Plata es una ciudad asociada a los momentos mas felices de las vidas de las personas, ya que allí se va de vacaciones, se veranea, se va a la playa, la gente se enamora fugazmente, hay sol (cuando sale), mar y tiempo libre. Ese lugar está asociado a los recuerdos más alegres e intensos de mucha gente. Los tres suicidas eligieron Mar del Plata porque ese era precisamente el último lugar donde habían sido felices. Para despedirte de este mundo: ¿Qué mejor lugar que ese donde fuiste feliz? ¿que imagen te llevarías a la eternidad? ¿a quienes habrán visto los dos hombres al momento de apoyarse los caños de sus armas en sus puntos vitales? No por casualidad ambos miraban al mar en ese momento. Y la señora del noveno piso, seguramente no se sintió sola al momento de saltar ¿habrá tomado imaginariamente la mano de su difunto esposo al momento de encarar el vacío?
Los tres protagonistas de los casos bajo análisis eligieron el lugar asociado con sus mejores recuerdos, hacia allí viajaron por última vez, y de seguro en los instantes finales cerraron los ojos y vieron a sus seres amados entre la brisa fría del mar para llevárselos con ellos para siempre. Caso cerrado.
Aquello que imaginamos y deseamos con intensidad: ¿es acaso tan irreal?
“La vida debe ser una gran aventura…o nada” decía aquel viejo póster. Supongo que en algún momento los tres suicidas de Mar del Plata sintieron que la aventura había terminado. ¿Cómo vivir sin ella?
Y pasaron los años y según dicen, aquel abogado que antes de serlo fue cautivado por una lámina de pared, y aún antes de ello fuese el mismo Zorro, hoy aprieta las tuercas de un 6 cilindros salido de la GM de la Argentina industrial de los años 70. Con cada acelerada hace que las cáscaras de plástico de los móviles que lo rodean en la calle se estremezcan. Cuentan que a veces sale a la ruta y al cruzarse con otros acorazados de la época, se saludan con toques de bocina y pulgares para arriba como si fuesen conocidos de toda la vida. Y hasta dicen que tiene un grupo de amigos que crece cada día como una hermandad templaria. ¿Qué ven esos tipos cuando se sientan en sus butacas , se aferran al volante y antes de dar arranque cierran los ojos previo a encarar alguna ruta? Seguramente algo tan real como lo que veía el niño que jugaba a ser el Zorro, o como lo que vieron en su salto infinito los tres viajeros de Mar del Plata. Aquello que ven es lo que lleva cada uno en el corazón a contramano de la sociedad. El sistema no fabrica ni incentiva la compra de los autos que ellos manejan. Ellos los vuelven a la vida para seguir haciendo historia y alcanzar más sueños. Son los artífices y creadores de su propia odisea, los domadores de sus “corceles”.
Porque en definitiva todos ellos creen que la vida debe ser una gran aventura…o nada.
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
(Jack Kerouac)
En una tarde de Avellaneda de los años setenta, un niño de menos de cuatro años corretea de una punta a la otra de un viejo patio que vio crecer a las generaciones que lo precedieron. Intenta entonar la canción de su serie televisiva favorita: El Zorro. Un delantal de cocina de su madre anudado a su cuello hace las veces de capa, al tiempo que la desmechada gorra de su bisabuelo representa el sombrero del héroe en blanco y negro. Monta una escoba a la que llama Tornado, aquel brioso caballo azabache. Una vara de madera que enarbola con su mano derecha da la idea clara de que lleva su espada desenfundada y lista para luchar contra los malvados en esa esgrima solitaria y nocturna de los verdaderos justicieros. Porque Diego de la Vega da lugar a su razón de ser, solo “cuando sale la luna”. Y lo hace “en su corcel”. Nunca tuvo ni tendrá juguetes caros, no los hay en Piñeiro –Avellaneda-. La escoba, la gorra, el delantal y la vara de madera no son tales cosas en ese mundo imaginario. Son el equipo de Zorro (mas tarde le comprarían la careta). Nada en el mundo podría convencer a ese niño de que no es él, el verdadero justiciero enmascarado de la “Z” o de que esa escoba no es Tornado. Cualquiera insinuase tales afirmaciones blasfemas pecaría de mentiroso. Porque aquello que imaginamos y amamos con pasión es la realidad mas palpable del mundo.
El está allí en ese patio –o quizá solitaria llanura- para recorrer los caminos bajo la luna … y hacer justicia.
O al menos así lo recuerdo lejanamente.
Casi diez años mas tarde el mismo chico, ya a punto de comenzar el secundario, entra con su madre a uno de esos lugares mágicos ya desaparecidos en el tiempo tales como Pumper Nic o el Italpark. El chico y su mamá entran a instancias del insistente pibe, a un local sobre la calle Florida que se llama “Los Pósters del Tiempo”. Y de repente el se queda paralizado frente a una gigantesca lámina que ocupa buena porción de una de las paredes del local. Se trata de una inmensa foto de unos vehículos “areneros” saltando entre las dunas, y al pié de la imagen una frase que reza: “la vida debe ser una gran aventura…o nada”. No fueron los motores ni las grandes ruedas de los vehículos tubulares del desierto lo que más impactó a aquel preadolescente, sino la fuerza de esas palabras.
El chico jamás olvidará esa tarde. Jamás olvidará ese póster que nunca compró por ser quizá muy grande para su pared, o acaso para el bolsillo de su madre. Y jamás olvidará esas palabras impresas sobre las arenas de la foto. De hecho hoy, con más de 40 años las recuerda cada mañana al levantarse. Sin saberlo aquel muchachito sale con su mamá de “Los Pósters del Tiempo” con esa cita en su cabeza. Su vida ha cambiado para siempre.
Muchos años mas pasarían, y aquel chico crecería, y se recibiría de abogado y como tal, hasta trabajaría para una fundación de estudios criminalísticos que colaboraba con el Poder Judicial en determinados casos en distintas jurisdicciones del país. Una de sus primeras misiones, teniendo aún veintipico de años sería la de radicarse por un tiempo indeterminado en la ciudad de Mar del Plata para tomar intervención en algunos asuntos penales que se estaban dando en esa ciudad a 400 kilómetros de Buenos Aires. El novel letrado daba el perfil perfecto para ser el enviado a trabajar allá sin fecha cierta de retorno: no tenía mayores compromisos, era el mas joven del staff jurídico, el de menor antigüedad en la fundación, era soltero, y se sabía que una ciudad como Mar del Plata con sus playas y su vida nocturna, para él sería siempre una tentación, un desafío irrechazable.
Una vez en “la feliz” uno de los primeros casos que le toca investigar es del de una misteriosa serie de suicidios que se habían venido dando en los últimos meses en distintos puntos de la ciudad: un sujeto que se había volado la cabeza con una escopeta en un espigón portuario una noche de agosto; una mujer que había saltado desde un 9º piso de un edificio de la Avenida Colón; y otro tipo que se había disparado en la sien con un revólver sentado en las escaleras que bajan desde la rambla a las playas del centro.
Es sabido que el índice de suicidios en la ciudad de Mar del Plata es de los más altos del país, y muchas veces aquel abogado devenido en investigador se había preguntado por qué. Los manuales de técnica investigativa básica sostienen que el “modus operandi” del hombre que decide quitarse la vida es por lo general a través del uso de un arma de fuego, en tanto las mujeres suelen optar por saltar al vacío o la sobredosis de pastillas. Todo encajaba, pero el elemento esclarecedor de los casos vino por otro lado. Ninguno de los suicidas era marplatense. Todos habían puesto fin a sus vidas fuera de la temporada de veraneo.
El de la escopeta en el espigón era de Mendoza, y conforme consignaba el boleto de micro de ida encontrado en su bolsillo, había llegado a la ciudad unas horas antes de disparase a sí mismo.
La mujer era una viuda de Lomas de Zamora y desde hacía décadas tenía ese departamento de dos ambientes desde el cual saltó, que en enero ponía en alquiler y en el que vacacionaba todos los febreros con su marido, cuando éste aún vivía. Su cuerpo fue encontrado a una distancia intermedia de la base de la torre de departamentos, y en tal sentido es sabido que los peritos sostienen que si el cuerpo aparece a una distancia corta: fue accidente –se tropezó-, si aparece a una distancia larga: fue homicidio –lo tiraron- y por último, si el cuerpo se encuentra en la distancia media como el caso de marras, es que la persona saltó.
Por su parte, el de las escaleras del centro tenía fijado su domicilio en Ciudadela y se había disparado en la cabeza durante la noche.
Ningún marplatense, ni residente de esa ciudad.
Investigando las historias de vida de los protagonistas de los tres casos, en el informe final del joven abogado a quien se asignó el caso, las conclusiones fueron las siguientes: Mar del Plata es una ciudad asociada a los momentos mas felices de las vidas de las personas, ya que allí se va de vacaciones, se veranea, se va a la playa, la gente se enamora fugazmente, hay sol (cuando sale), mar y tiempo libre. Ese lugar está asociado a los recuerdos más alegres e intensos de mucha gente. Los tres suicidas eligieron Mar del Plata porque ese era precisamente el último lugar donde habían sido felices. Para despedirte de este mundo: ¿Qué mejor lugar que ese donde fuiste feliz? ¿que imagen te llevarías a la eternidad? ¿a quienes habrán visto los dos hombres al momento de apoyarse los caños de sus armas en sus puntos vitales? No por casualidad ambos miraban al mar en ese momento. Y la señora del noveno piso, seguramente no se sintió sola al momento de saltar ¿habrá tomado imaginariamente la mano de su difunto esposo al momento de encarar el vacío?
Los tres protagonistas de los casos bajo análisis eligieron el lugar asociado con sus mejores recuerdos, hacia allí viajaron por última vez, y de seguro en los instantes finales cerraron los ojos y vieron a sus seres amados entre la brisa fría del mar para llevárselos con ellos para siempre. Caso cerrado.
Aquello que imaginamos y deseamos con intensidad: ¿es acaso tan irreal?
“La vida debe ser una gran aventura…o nada” decía aquel viejo póster. Supongo que en algún momento los tres suicidas de Mar del Plata sintieron que la aventura había terminado. ¿Cómo vivir sin ella?
Y pasaron los años y según dicen, aquel abogado que antes de serlo fue cautivado por una lámina de pared, y aún antes de ello fuese el mismo Zorro, hoy aprieta las tuercas de un 6 cilindros salido de la GM de la Argentina industrial de los años 70. Con cada acelerada hace que las cáscaras de plástico de los móviles que lo rodean en la calle se estremezcan. Cuentan que a veces sale a la ruta y al cruzarse con otros acorazados de la época, se saludan con toques de bocina y pulgares para arriba como si fuesen conocidos de toda la vida. Y hasta dicen que tiene un grupo de amigos que crece cada día como una hermandad templaria. ¿Qué ven esos tipos cuando se sientan en sus butacas , se aferran al volante y antes de dar arranque cierran los ojos previo a encarar alguna ruta? Seguramente algo tan real como lo que veía el niño que jugaba a ser el Zorro, o como lo que vieron en su salto infinito los tres viajeros de Mar del Plata. Aquello que ven es lo que lleva cada uno en el corazón a contramano de la sociedad. El sistema no fabrica ni incentiva la compra de los autos que ellos manejan. Ellos los vuelven a la vida para seguir haciendo historia y alcanzar más sueños. Son los artífices y creadores de su propia odisea, los domadores de sus “corceles”.
Porque en definitiva todos ellos creen que la vida debe ser una gran aventura…o nada.
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
lunes, 6 de diciembre de 2010
EL LLAMADO DEL CAMINO

En el “Bar Británico” frente al Parque Lezama, en el tren Retiro-Tigre, en el “Strarbucks” de Praga, en “El Popular” de México DF, en la pizzería “Mora” de Avellaneda, en el Pelourinho de Salvador de Bahia, en la estación Ángel Gallardo del subte “B”, en la bajada Márquez del Acceso Norte, y en otros tantos miles de lugares resuena en mi cabeza: “Un amor real es como vivir en aeropuertos”. Lo escribió alguien que alguna vez tuvo mucho talento. Mi falta de raíces estables hace que esa frase cale profundo en mi alma desde hace décadas y no pueda dejar de repetirla para dentro mío en forma consciente o inconsciente.
Era diciembre del `95, y mientras estábamos sentados con mi amigo Adrián esperando el llamado de abordaje al vuelo internacional que nos traería desde Santiago a Buenos Aires en una cafetería contigua al free shop, yo le comentaba justamente acerca de la grandeza de ese verso de Charly. Se pueden escribir novelas de amor en varios tomos con cientos de miles de giros idiomáticos, con distintas tonalidades y cantidades de técnicas narrativas propias de lo más elevado de los claustros de las letras; pero el tipo tuvo el talento suficiente como para redactar un tratado sobre la verdadera historia del romance constante en solo ocho palabras: “un amor real es como vivir en aeropuertos”.
“Wow, man!” suspiraba yo con la vista extraviada y el café expresso entre mis manos. “¿Como se puede decir algo tan genial?, quien escribe una línea tan buena como esa, puede morir en paz”. Adrián asentía con la cabeza como esos perritos que llevan algunos taxistas pegados al tablero y que parecen decir todo el tiempo que “si”. El tenía los ojos chiquitos y colorados como testimonio de lo poco que habíamos dormido y lo mucho que habíamos vivido en los últimos tres días, y cada tanto miraba al techo quebrando la nuca y se ponía unas gotas oftálmicas por sus lentes de contacto de baja graduación.
En esos días habíamos tenido buenas anotaciones con unas chilenas que habíamos conocido en la playa de Reñaca y también con unas chicas suecas que estudiaban en un curso de negocios en la universidad de Santiago de Chile y volvíamos cansados y felices con muchas historias para contar frente a nuestros amigos y callar frente a nuestras novias.
Aquellas historias fugaces de esos tres días habían sido adrenalina pura. Nos habíamos ganado el odio de un pibe sueco que había venido desde Goteburgo con las escandinavas y siempre le había tenido ganas a la que estuvo conmigo, que era una rubia que se llamaba Anette. Y un día mas tarde casi nos pescan los dos novios de las chilenas de Reñaca, que eran policías “carabineros” y si se hubiesen enterado de que sus chicas habían pasado la noche en las camas de sus casas con dos argentinos mientras ellos estaban de guardia, nos hubiesen fusilado en el Estadio Nacional al mejor estilo pinochetista.
Pero el viento fresco nos pegaba en la cara y nos recordaba que de eso se trataba la vida. ¡Tan distinto era lo que nos esperaba en Buenos Aires con nuestras novias y sus oscuros planes matrimoniales y de créditos hipotecarios!...planes claro, destinados a naufragar con gente de nuestra calaña. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que pasaron los años y aún de tanto en tanto, ya no en aquel aeropuerto quizá, pero en algún otro seguramente, o en alguna terminal de micros o estación de servicio rutera, o en algún bar de pueblo desconocido, vuelvo a aprisionar entre mis manos algún pocillo de café acercando mi nariz al humo cargado de aroma a recuerdos, y cerrando los ojos vuelvo a repetirme a mi mismo aquella línea magistral: “un amor real es como vivir en aeropuertos”. Esa es la idea que los americanos definen como “emotion in motion”, o emoción en movimiento constante. La idea del pasajero/a en tránsito perpetuo, es lo opuesto al concepto del viajero hacia un destino final donde por lo tanto se bajará del eventual avión para detener su recorrido y asentarse.
Así, he visto a muchos de mis compañeros de viaje que con el tiempo se fueron bajando del avión, o de la ruta o como más te guste llamarlo; quizá porque para ellos el camino era un medio en sí para llegar a algún lugar y echar raíces.
Para mi el camino, creo ha sido siempre “El” objetivo. Qué importa donde vaya o cuántas curvas o bifurcaciones tenga. Si un día me levanto con ganas de tomar la ruta, poco interesa que sea la 9, la 2 o alguna autopista (“que tenga infinitos carteles que no digan nada”, y una vez mas vuelvo al homenaje al maestro). La carretera es el objetivo en sí. La vieja mística del caballero medieval solo se agiornó con los siglos y así la armadura tomó forma de muscle fastback y el corcel pasó a ser de tracción trasera. El final de cada película de cowboys mostraba al protagonista alejándose solitario en su caballo hacia el poniente, y nunca nos preguntábamos hacia donde iría entonces; simplemente lo veíamos desde atrás seguir su recorrida luego de haber hecho justicia. Seguramente más aventuras lo esperaban. Pero lo único cierto es que el cartel de THE END caía como telón sobre su marcada figura alejándose hacia el sol del horizonte. Y eso era fantástico como aquel Alan Ladd de “Shane, el desconocido”, perdiéndose en el ocaso mientras el niño rubio lo llamaba a los gritos, quizá para ofrecerle un hogar que el vaquero no aceptaría.
El llamado de la ruta se lleva en la sangre. O no se lleva. Sería mas seguro asentarse y echar raíces. Construir la casita y el techo de maderas para luego morir como un aburrido personaje de los Ingalls. Pero la ruta es el desafío inagotable del kilómetro a kilómetro, y quizá no importe nada más. No importa el nombre del próximo pueblo, Rojas, Colón, Graceland. No importa tampoco el siguiente hotel ni los altares a ambos lados de la ruta al “Gauchito Gil” o a la “Difunta Correa”, no importa la luminosa sonrisa de la chica del próximo “24 horas” en la YPF que ya vislumbro en el horizonte; pero pienso disfrutar intensamente de todo ese universo de personajes pasajeros de esta película interminable. A lo mejor ellos luego recuerden algo de un sujeto con acento porteño que un día pasó por allí con una Chevy negra y gris con calaveras y cruces de malta. O quizá no lo recuerden, ¿por que deberían?, nada es para siempre, solo las rutas, que nos llaman en sueños.
Y el desierto de “Paris Texas” se me mezcla con el de “Mad Max 2” y con el de Clint Eastwood en “Por un puñado de dólares”. Quienes elijen el sillón del hogar, el control remoto y el LCD de 42 pulgadas en 24 cuotas, jamás se internarán en ese desierto. Está reservado para los excelsos espíritus restauradores de oxidados cascos prehistóricos y mecánicas nafteras de más de 160 burros salvajes. De ellos es el reino de los cielos.
A través de los años mis compañías han ido cambiando un poco, creo. Y algunos de mis laderos del pasado simplemente “maduraron” (siempre preferí el término “mediocrizarse”) y me dicen que yo pretendo vivir siempre como si tuviera 25 años. En ese sentido, Bukowski sostenía que para tener una vida digna de ser escrita en un libro, la fórmula era vivir como joven eternamente.
Y así es que hoy mis amigos son tipos que cada tanto me mandan un mensaje de texto que no me cita a una reunión de negocios, ni a una audiencia en el Centro de Conciliación Laboral. El SMS solo dice: “Power Tour!”. Y no hace falta nada más. Se agrupan en curiosas bandas sin contratos prefijados de afiliación unidas por el solo vínculo de la amistad, y que se ajustan a nombres tales como “Bandidos Off Road”, “Chivo Salvaje”, “Torino Argentino”, “Chivo Pasión”. Dios salve a estos forajidos.
Wow, man! Otro sorbo de café de máquina al paso y a través del vidrio de la Petrobras vemos a la chica de calzas amarillas cargando al 400 de uno de los nuestros. Y mas tarde la caída del sol en el horizonte del campo. Y The Doors en el stereo: “There`s a killer on the road…”. No hay dinero en el mundo que pague tanta belleza.
Hasta puedo contarte que en el oeste californiano ví nidos de águila gigantescos sobre los postes eléctricos, y que en la ruta a Santa Clara en Cuba, casi todos los autos son de los años cincuenta y están impecables y de una sola pieza.
Hoy en día mi amigo Adrián con quien compartiera aquel viaje salvaje a Chile y muchos más, es uno de los abogados constitucionalistas mas reconocidos del país, además de un ejemplar padre de dos hijos dentro de una sólida estructura familiar, que maneja una sobria CRV 4x2 con la que suele vacacionar en un hotel-spa de Mar de las Pampas. Él al igual que muchos otros compañeros de viajes del pasado hoy prefiere una expo de decoración como “Casa FOA” o “Estilo Pilar” antes que un encuentro de fierros en San Pedro o Chascomús. Yo, no me bajo de mi Chevy ni de las terminales de micros, ni de los aeropuertos sin destinos finales. Pasajero en tránsito perpetuo.
Era diciembre del `95, y mientras estábamos sentados con mi amigo Adrián esperando el llamado de abordaje al vuelo internacional que nos traería desde Santiago a Buenos Aires en una cafetería contigua al free shop, yo le comentaba justamente acerca de la grandeza de ese verso de Charly. Se pueden escribir novelas de amor en varios tomos con cientos de miles de giros idiomáticos, con distintas tonalidades y cantidades de técnicas narrativas propias de lo más elevado de los claustros de las letras; pero el tipo tuvo el talento suficiente como para redactar un tratado sobre la verdadera historia del romance constante en solo ocho palabras: “un amor real es como vivir en aeropuertos”.
“Wow, man!” suspiraba yo con la vista extraviada y el café expresso entre mis manos. “¿Como se puede decir algo tan genial?, quien escribe una línea tan buena como esa, puede morir en paz”. Adrián asentía con la cabeza como esos perritos que llevan algunos taxistas pegados al tablero y que parecen decir todo el tiempo que “si”. El tenía los ojos chiquitos y colorados como testimonio de lo poco que habíamos dormido y lo mucho que habíamos vivido en los últimos tres días, y cada tanto miraba al techo quebrando la nuca y se ponía unas gotas oftálmicas por sus lentes de contacto de baja graduación.
En esos días habíamos tenido buenas anotaciones con unas chilenas que habíamos conocido en la playa de Reñaca y también con unas chicas suecas que estudiaban en un curso de negocios en la universidad de Santiago de Chile y volvíamos cansados y felices con muchas historias para contar frente a nuestros amigos y callar frente a nuestras novias.
Aquellas historias fugaces de esos tres días habían sido adrenalina pura. Nos habíamos ganado el odio de un pibe sueco que había venido desde Goteburgo con las escandinavas y siempre le había tenido ganas a la que estuvo conmigo, que era una rubia que se llamaba Anette. Y un día mas tarde casi nos pescan los dos novios de las chilenas de Reñaca, que eran policías “carabineros” y si se hubiesen enterado de que sus chicas habían pasado la noche en las camas de sus casas con dos argentinos mientras ellos estaban de guardia, nos hubiesen fusilado en el Estadio Nacional al mejor estilo pinochetista.
Pero el viento fresco nos pegaba en la cara y nos recordaba que de eso se trataba la vida. ¡Tan distinto era lo que nos esperaba en Buenos Aires con nuestras novias y sus oscuros planes matrimoniales y de créditos hipotecarios!...planes claro, destinados a naufragar con gente de nuestra calaña. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que pasaron los años y aún de tanto en tanto, ya no en aquel aeropuerto quizá, pero en algún otro seguramente, o en alguna terminal de micros o estación de servicio rutera, o en algún bar de pueblo desconocido, vuelvo a aprisionar entre mis manos algún pocillo de café acercando mi nariz al humo cargado de aroma a recuerdos, y cerrando los ojos vuelvo a repetirme a mi mismo aquella línea magistral: “un amor real es como vivir en aeropuertos”. Esa es la idea que los americanos definen como “emotion in motion”, o emoción en movimiento constante. La idea del pasajero/a en tránsito perpetuo, es lo opuesto al concepto del viajero hacia un destino final donde por lo tanto se bajará del eventual avión para detener su recorrido y asentarse.
Así, he visto a muchos de mis compañeros de viaje que con el tiempo se fueron bajando del avión, o de la ruta o como más te guste llamarlo; quizá porque para ellos el camino era un medio en sí para llegar a algún lugar y echar raíces.
Para mi el camino, creo ha sido siempre “El” objetivo. Qué importa donde vaya o cuántas curvas o bifurcaciones tenga. Si un día me levanto con ganas de tomar la ruta, poco interesa que sea la 9, la 2 o alguna autopista (“que tenga infinitos carteles que no digan nada”, y una vez mas vuelvo al homenaje al maestro). La carretera es el objetivo en sí. La vieja mística del caballero medieval solo se agiornó con los siglos y así la armadura tomó forma de muscle fastback y el corcel pasó a ser de tracción trasera. El final de cada película de cowboys mostraba al protagonista alejándose solitario en su caballo hacia el poniente, y nunca nos preguntábamos hacia donde iría entonces; simplemente lo veíamos desde atrás seguir su recorrida luego de haber hecho justicia. Seguramente más aventuras lo esperaban. Pero lo único cierto es que el cartel de THE END caía como telón sobre su marcada figura alejándose hacia el sol del horizonte. Y eso era fantástico como aquel Alan Ladd de “Shane, el desconocido”, perdiéndose en el ocaso mientras el niño rubio lo llamaba a los gritos, quizá para ofrecerle un hogar que el vaquero no aceptaría.
El llamado de la ruta se lleva en la sangre. O no se lleva. Sería mas seguro asentarse y echar raíces. Construir la casita y el techo de maderas para luego morir como un aburrido personaje de los Ingalls. Pero la ruta es el desafío inagotable del kilómetro a kilómetro, y quizá no importe nada más. No importa el nombre del próximo pueblo, Rojas, Colón, Graceland. No importa tampoco el siguiente hotel ni los altares a ambos lados de la ruta al “Gauchito Gil” o a la “Difunta Correa”, no importa la luminosa sonrisa de la chica del próximo “24 horas” en la YPF que ya vislumbro en el horizonte; pero pienso disfrutar intensamente de todo ese universo de personajes pasajeros de esta película interminable. A lo mejor ellos luego recuerden algo de un sujeto con acento porteño que un día pasó por allí con una Chevy negra y gris con calaveras y cruces de malta. O quizá no lo recuerden, ¿por que deberían?, nada es para siempre, solo las rutas, que nos llaman en sueños.
Y el desierto de “Paris Texas” se me mezcla con el de “Mad Max 2” y con el de Clint Eastwood en “Por un puñado de dólares”. Quienes elijen el sillón del hogar, el control remoto y el LCD de 42 pulgadas en 24 cuotas, jamás se internarán en ese desierto. Está reservado para los excelsos espíritus restauradores de oxidados cascos prehistóricos y mecánicas nafteras de más de 160 burros salvajes. De ellos es el reino de los cielos.
A través de los años mis compañías han ido cambiando un poco, creo. Y algunos de mis laderos del pasado simplemente “maduraron” (siempre preferí el término “mediocrizarse”) y me dicen que yo pretendo vivir siempre como si tuviera 25 años. En ese sentido, Bukowski sostenía que para tener una vida digna de ser escrita en un libro, la fórmula era vivir como joven eternamente.
Y así es que hoy mis amigos son tipos que cada tanto me mandan un mensaje de texto que no me cita a una reunión de negocios, ni a una audiencia en el Centro de Conciliación Laboral. El SMS solo dice: “Power Tour!”. Y no hace falta nada más. Se agrupan en curiosas bandas sin contratos prefijados de afiliación unidas por el solo vínculo de la amistad, y que se ajustan a nombres tales como “Bandidos Off Road”, “Chivo Salvaje”, “Torino Argentino”, “Chivo Pasión”. Dios salve a estos forajidos.
Wow, man! Otro sorbo de café de máquina al paso y a través del vidrio de la Petrobras vemos a la chica de calzas amarillas cargando al 400 de uno de los nuestros. Y mas tarde la caída del sol en el horizonte del campo. Y The Doors en el stereo: “There`s a killer on the road…”. No hay dinero en el mundo que pague tanta belleza.
Hasta puedo contarte que en el oeste californiano ví nidos de águila gigantescos sobre los postes eléctricos, y que en la ruta a Santa Clara en Cuba, casi todos los autos son de los años cincuenta y están impecables y de una sola pieza.
Hoy en día mi amigo Adrián con quien compartiera aquel viaje salvaje a Chile y muchos más, es uno de los abogados constitucionalistas mas reconocidos del país, además de un ejemplar padre de dos hijos dentro de una sólida estructura familiar, que maneja una sobria CRV 4x2 con la que suele vacacionar en un hotel-spa de Mar de las Pampas. Él al igual que muchos otros compañeros de viajes del pasado hoy prefiere una expo de decoración como “Casa FOA” o “Estilo Pilar” antes que un encuentro de fierros en San Pedro o Chascomús. Yo, no me bajo de mi Chevy ni de las terminales de micros, ni de los aeropuertos sin destinos finales. Pasajero en tránsito perpetuo.
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
miércoles, 1 de diciembre de 2010
ANTICIPO DEL PROXIMO CUENTO

Este es un breve fragmento de mi próximo cuento aún sin nombre que aparecerá en la revista TC Urbano Nº 162 de fines de diciembre. Cuando termine los ajustes del texto, subiré también la historia completa a este blog. Espero que les guste.
"Y así es que hoy mis amigos son tipos que cada tanto me mandan un mensaje de texto que no me cita a una reunión de negocios, ni a una audiencia en el Centro de Conciliación Laboral. El SMS solo dice: “Power Tour!”. Y no hace falta nada más. Se agrupan en curiosas bandas sin contratos prefijados de afiliación unidas por el solo vínculo de la amistad, y que se ajustan a nombres tales como “Bandidos Off Road”, “Chivo Salvaje”, “Torino Argentino”, “Chivo Pasión”. Dios salve a estos forajidos.
Wow, man! Otro sorbo de café al paso bien cargado y a través del vidrio de la Petrobras vemos a la chica de calzas amarillas cargando al 400 de uno de los nuestros. Y mas tarde la caída del sol en el horizonte del campo. Y The Doors en el stereo: “There`s a killer on the road…”. No hay dinero en el mundo que pague tanta belleza. "
Wow, man! Otro sorbo de café al paso bien cargado y a través del vidrio de la Petrobras vemos a la chica de calzas amarillas cargando al 400 de uno de los nuestros. Y mas tarde la caída del sol en el horizonte del campo. Y The Doors en el stereo: “There`s a killer on the road…”. No hay dinero en el mundo que pague tanta belleza. "
jueves, 25 de noviembre de 2010
BALADA PARA UN FALCON '81

No existían fronteras para mi Falcon ’81. El fue mi compañero de equipo en mis años más salvajes. Mi otra mitad en las recorridas nocturnas inigualables de los ochentas y noventas. Mi partícipe necesario en mis mejores delitos impunes.
Aprendí a manejar en aquel Standard de color celeste gastado por el sol. Y desde allí en adelante fuimos inseparables por casi quince años en los cuales no me bajé de él y él no se bajó de mi vida.
Nunca fue tope de gama. Tres punto cero con caja de tercera al volante. Aún recuerdo sus ópticas delanteras rectas y cuadradas y su inolvidable asiento delantero enterizo que no era nada deportivo, pero que hacía que no fuese necesario pasarse al de atrás con una o hasta dos chicas.
Cuando mi viejo Standard ’81 vuelve a saludarme a mis recuerdos, no visualizo precisamente un auto, sino que revivo noches, rutas, calles, sótanos, amores, victorias, derrotas y fantasmas que ya nunca me abandonaron. Gran parte de lo que soy tiene mucho que ver con él. Doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino y darme sus llaves. El resto fue solo seguir la ruta. Llamalo como quieras, pero a veces estos autos nos buscan a nosotros para transformarnos en héroes: 400, Valiants, Ramblers: el destino del gladiador está marcado por su gladius, por la arena y en definitiva por la lucha. La voluntad de los dioses de la guerra y del camino hizo que aprendiese a manejar en un glorioso Falcon ’81. Y ya nada fue igual.
Si yo hubiese nacido en cuna de oro en los barrios al norte de Callao y con autos fabricados en las ejemplares plantas de Stutgart, mi vida hubiese sido muy distinta, mucho más tranquila y ordenada quizá. Pero no. Soy como un seis en línea de la vieja Argentina industrial, y tengo ese mágico olor a nafta que algunos desdichados nunca conocerán.
Todo se redimensionaba a bordo del Falcon, mi socio fiel en aventuras dignas de Julio Verne, de Kerouac o de Bukowski. Allí todo se transformaba en una odisea de héroe mitológico o de adelantado descubridor de nuevos continentes. Buenos Aires-Mar del Plata era como el New York –San Francisco de “On the Road”. Los recorridos que empezaban a las once de la noche y terminaban a las once de la mañana, los Irish Pubs, Ave Porco, el Morocco, el Club Caniche, El Dorado, y el mítico after Panteón de avenida de Mayo, que abría a las 7 de la mañana y donde pasaban a la por entonces “novedosa” banda Prodigy y su “Firestarter”!!
Mi primera novia, y la segunda, y el beso inolvidable, y las promesas infinitas en aquella noche de lluvia. Y las mujeres sin rostro. Y mi amigo y copiloto Andrés, y la críptica y oscura disco Star de avenida La Plata, donde había que entrar con contraseñas que cambiaban cada noche. Y la ruta 2, y la solitaria avenida Colón en Mar del Plata, iluminada como camino a las estrellas. Y “The Joshua Tree” sonando en la gastada cinta de mi cassette de aquel pesado Pioneer de carcaza metálica encastrado bajo la radio AM de fábrica. Todo ese universo encerraba mi viejo Falcon celeste. Éramos los mismísimos aventureros náufragos del fin del mundo.
En aquellas dos últimas y mágicas décadas del siglo veinte donde no existían ni los amigos virtuales ni las novias por Facebook, teníamos el desafío constante de aguardar a la caída del sol -como los vampiros de raza- y salir al apasionante desafío que nos proponía la noche, donde tu presa, acaso el amor de tu vida, debía ser capturada poniendo a prueba tus mejores técnicas de cazador. Quizá por eso me fascina tanto la figura del Stuntman Mike de Kurt Russell en Death Proof: un tipo de otra época, cuyo rostro muestra las cicatrices de su pasado, y que no acepta las modernas reglas del vacío y el mensaje de texto; su vida es perseguir y capturar chicas de la mitad de su edad usando las técnicas de la vieja escuela: un auto retro en la puerta, mirar a los ojos apoyado en la barra, y practicar el sagrado oficio de la “parla”, nada que ver con el chat.
Pero puedo ir aún más atrás en el pasado, y me veo a mi mismo de niño acompañando a mi abuelo a comprar aquel 3.0. de cero kilómetro en la agencia Quintana, si mal no recuerdo por la avenida Rivadavia, allá a la altura de Liniers o Villa Luro. Y luego volver andando hasta mi casa con el olor a nuevo de los asientos. Ese auto crecería a la par mía y de mis sueños, la mayoría de ellos rotos -desde ya-, pero que brillaban mientras aún latían en aquel largo asiento enterizo, sede de miles de juramentos y compromisos incumplidos de cara a las estrellas.
Con aquel Falcon anduve por calles, rutas, arena, barro y piedras. Y a mi derecha se sentaron princesas escandinavas, paulistas, eslavas y del conurbano bonaerense. Pero él jamás me falló. Y si alguien pudo haberse equivocado no una sino mil veces, ese seguramente fui yo en mi eterno western polvoriento, pero nunca mi caballo de tres velocidades y seis cilindros en línea.
Ángel guardián en noches y rutas extremas. Sabio sensei en caminos oscuros y encrucijadas endemoniadas. Junto a mi Falcon celeste salimos heridos y triunfantes de las profundidades más oscuras y de las tormentas más eléctricas y furiosas.
Juntos aprendimos y perfeccionamos miles de técnicas de supervivencia de esas que solo saben los guardianes de la verdadera y secreta sabiduría de las calles. Considero un privilegio haber forjado mi espíritu en aquel confiable 3.0 de asiento enterizo y tres marchas al volante.
Las lecciones del destino hicieron que un fanático de las Chevys como yo, tuviese como auto y hermano fundacional a aquel majestuoso Falcon ’81, que aún me saluda en sueños, en los cuales todavía puedo sentir el grip en las manos de aquel volante negro con su óvalo central.
La denuncia policial en la Comisaría 24 del Barrio de La Boca, consignaría en aquella fatídica noche de abril de 2002, que un Ford Falcon Standard celeste estacionado sobre la calle Lamadrid había sido robado en horas de la noche, mientras a pocas cuadras se jugaba un partido de la Copa Libertadores. Yo personalmente, creo que mi viejo amigo y maestro modelo ‘81, un día consideró que finalmente yo ya estaba listo para seguir mi camino solo, habiendo aprendido ya, sus valiosas enseñanzas en nuestro sendero marcial.
Te pido perdón entonces, guerrero de armadura de color gastado, si a veces me permito la debilidad de extrañarte. O de extrañar ese mundo que vivimos escuchando viejas canciones de los ochentas en aquel Pioneer de carcaza metálica.
Así que desde aquí me permito reverenciarte tal como los gladiadores lo hacían a su emperador: ¡los que van a morir te saludan!
Aprendí a manejar en aquel Standard de color celeste gastado por el sol. Y desde allí en adelante fuimos inseparables por casi quince años en los cuales no me bajé de él y él no se bajó de mi vida.
Nunca fue tope de gama. Tres punto cero con caja de tercera al volante. Aún recuerdo sus ópticas delanteras rectas y cuadradas y su inolvidable asiento delantero enterizo que no era nada deportivo, pero que hacía que no fuese necesario pasarse al de atrás con una o hasta dos chicas.
Cuando mi viejo Standard ’81 vuelve a saludarme a mis recuerdos, no visualizo precisamente un auto, sino que revivo noches, rutas, calles, sótanos, amores, victorias, derrotas y fantasmas que ya nunca me abandonaron. Gran parte de lo que soy tiene mucho que ver con él. Doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi camino y darme sus llaves. El resto fue solo seguir la ruta. Llamalo como quieras, pero a veces estos autos nos buscan a nosotros para transformarnos en héroes: 400, Valiants, Ramblers: el destino del gladiador está marcado por su gladius, por la arena y en definitiva por la lucha. La voluntad de los dioses de la guerra y del camino hizo que aprendiese a manejar en un glorioso Falcon ’81. Y ya nada fue igual.
Si yo hubiese nacido en cuna de oro en los barrios al norte de Callao y con autos fabricados en las ejemplares plantas de Stutgart, mi vida hubiese sido muy distinta, mucho más tranquila y ordenada quizá. Pero no. Soy como un seis en línea de la vieja Argentina industrial, y tengo ese mágico olor a nafta que algunos desdichados nunca conocerán.
Todo se redimensionaba a bordo del Falcon, mi socio fiel en aventuras dignas de Julio Verne, de Kerouac o de Bukowski. Allí todo se transformaba en una odisea de héroe mitológico o de adelantado descubridor de nuevos continentes. Buenos Aires-Mar del Plata era como el New York –San Francisco de “On the Road”. Los recorridos que empezaban a las once de la noche y terminaban a las once de la mañana, los Irish Pubs, Ave Porco, el Morocco, el Club Caniche, El Dorado, y el mítico after Panteón de avenida de Mayo, que abría a las 7 de la mañana y donde pasaban a la por entonces “novedosa” banda Prodigy y su “Firestarter”!!
Mi primera novia, y la segunda, y el beso inolvidable, y las promesas infinitas en aquella noche de lluvia. Y las mujeres sin rostro. Y mi amigo y copiloto Andrés, y la críptica y oscura disco Star de avenida La Plata, donde había que entrar con contraseñas que cambiaban cada noche. Y la ruta 2, y la solitaria avenida Colón en Mar del Plata, iluminada como camino a las estrellas. Y “The Joshua Tree” sonando en la gastada cinta de mi cassette de aquel pesado Pioneer de carcaza metálica encastrado bajo la radio AM de fábrica. Todo ese universo encerraba mi viejo Falcon celeste. Éramos los mismísimos aventureros náufragos del fin del mundo.
En aquellas dos últimas y mágicas décadas del siglo veinte donde no existían ni los amigos virtuales ni las novias por Facebook, teníamos el desafío constante de aguardar a la caída del sol -como los vampiros de raza- y salir al apasionante desafío que nos proponía la noche, donde tu presa, acaso el amor de tu vida, debía ser capturada poniendo a prueba tus mejores técnicas de cazador. Quizá por eso me fascina tanto la figura del Stuntman Mike de Kurt Russell en Death Proof: un tipo de otra época, cuyo rostro muestra las cicatrices de su pasado, y que no acepta las modernas reglas del vacío y el mensaje de texto; su vida es perseguir y capturar chicas de la mitad de su edad usando las técnicas de la vieja escuela: un auto retro en la puerta, mirar a los ojos apoyado en la barra, y practicar el sagrado oficio de la “parla”, nada que ver con el chat.
Pero puedo ir aún más atrás en el pasado, y me veo a mi mismo de niño acompañando a mi abuelo a comprar aquel 3.0. de cero kilómetro en la agencia Quintana, si mal no recuerdo por la avenida Rivadavia, allá a la altura de Liniers o Villa Luro. Y luego volver andando hasta mi casa con el olor a nuevo de los asientos. Ese auto crecería a la par mía y de mis sueños, la mayoría de ellos rotos -desde ya-, pero que brillaban mientras aún latían en aquel largo asiento enterizo, sede de miles de juramentos y compromisos incumplidos de cara a las estrellas.
Con aquel Falcon anduve por calles, rutas, arena, barro y piedras. Y a mi derecha se sentaron princesas escandinavas, paulistas, eslavas y del conurbano bonaerense. Pero él jamás me falló. Y si alguien pudo haberse equivocado no una sino mil veces, ese seguramente fui yo en mi eterno western polvoriento, pero nunca mi caballo de tres velocidades y seis cilindros en línea.
Ángel guardián en noches y rutas extremas. Sabio sensei en caminos oscuros y encrucijadas endemoniadas. Junto a mi Falcon celeste salimos heridos y triunfantes de las profundidades más oscuras y de las tormentas más eléctricas y furiosas.
Juntos aprendimos y perfeccionamos miles de técnicas de supervivencia de esas que solo saben los guardianes de la verdadera y secreta sabiduría de las calles. Considero un privilegio haber forjado mi espíritu en aquel confiable 3.0 de asiento enterizo y tres marchas al volante.
Las lecciones del destino hicieron que un fanático de las Chevys como yo, tuviese como auto y hermano fundacional a aquel majestuoso Falcon ’81, que aún me saluda en sueños, en los cuales todavía puedo sentir el grip en las manos de aquel volante negro con su óvalo central.
La denuncia policial en la Comisaría 24 del Barrio de La Boca, consignaría en aquella fatídica noche de abril de 2002, que un Ford Falcon Standard celeste estacionado sobre la calle Lamadrid había sido robado en horas de la noche, mientras a pocas cuadras se jugaba un partido de la Copa Libertadores. Yo personalmente, creo que mi viejo amigo y maestro modelo ‘81, un día consideró que finalmente yo ya estaba listo para seguir mi camino solo, habiendo aprendido ya, sus valiosas enseñanzas en nuestro sendero marcial.
Te pido perdón entonces, guerrero de armadura de color gastado, si a veces me permito la debilidad de extrañarte. O de extrañar ese mundo que vivimos escuchando viejas canciones de los ochentas en aquel Pioneer de carcaza metálica.
Así que desde aquí me permito reverenciarte tal como los gladiadores lo hacían a su emperador: ¡los que van a morir te saludan!
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Crónicas de viajes: CUBA

Tuve la suerte de visitar Cuba a comienzos de 2007. Viajar a esa isla es una experiencia que recomiendo a cualquiera, pero muy especialmente a todo fanático de los autos clásicos, y particularmente de los norteamericanos de la dorada década del 50.
Son muchos los argentinos que viajan a la isla a la que Nicolás Guillén se refiriera alguna vez como “un largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, pero rara vez cuentan anécdotas o datos de real interés que tengan que ver con la verdadera cultura de los cubanos. Y cada vez que menciono la palabra cultura me gusta aclarar su real sentido: “conjunto de costumbres de un pueblo”. Así es que, previo a mi viaje, cada compatriota que volvía de Cuba solo me mencionaba el color del agua, o me describía el hotel “all inclusive” donde había estado alojado. Algunos incluso me comentaban que los precios eran más baratos, y se quejaban de que no se aceptaban tarjetas de crédito de bancos norteamericanos, o de que no había Coca Cola. Paradójicamente después de eso, se sacaban una foto en la tumba del Che, quien seguramente se hubiese avergonzado de ellos tanto como yo.
Personalmente recomiendo a todo aquel que tenga la suerte de viajar a ese país, que trate de conectarse lo más posible con las verdaderas costumbres de los cubanos, y así podrán descubrir un lugar único en el mundo, detenido en el tiempo hace 50 años.
Cabe recordar que Cuba a mediados del siglo 20, fue el gran lugar barato de esparcimiento de los norteamericanos, y abundaban los casinos y hoteles de lujo donde industriales, millonarios y mafiosos estadounidenses despilfarraban alegremente sus dólares con la anuencia de los gobiernos títere que regían la isla. Esta situación alcanzó su pico en los años 50, donde estalla la revolución que finalmente triunfa en 1959 de la mano de Fidel Castro, nuestro compatriota el Che Guevara y otros laderos como Camilo Cienfuegos.
No es intención de esta nota hacer ningún análisis político ni emitir opiniones en tal sentido, pero resulta necesario describir ese marco para entender el porqué de las características únicas de los autos que circulan por toda la isla.
Desde entonces, y con el férreo sistema totalitario de Castro instalado en el poder, más el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos, lo cierto fue que los cubanos debieron arreglárselas con el parque automotor existente en la isla sin posibilidad de adquirir modelos nuevos. Y esto era: miles de autos americanos de los años 40 y 50 que aún hoy circulan por todas partes donde uno vaya.
Ni bien arribé a Cuba y mientras el taxi me llevaba por la ruta desde el aeropuerto, comencé a sentir que estaba en alguna película de la época de James Dean. Por la carretera circulaban con total normalidad Bel Airs y Mercurys de los años cincuenta, Dodges, Studebakers, y más en todas sus versiones: cupés, sedanes, de lujo.
Esa imagen surrealista de autos majestuosos se acrecentaba al entrar a las ciudades como La Habana, o Santa Clara o en pequeños pueblos como Cárdenas, Perico o Colón donde un Plymouth 56 aún en su versión convertible, puede ser un taxi que te lleve a donde le pidas sin dificultades en el tránsito, o donde una familia de clase trabajadora –quizá la única clase en Cuba, claro- sale a hacer su paseo de domingo a la tarde en su Dodge Sierra 57, o donde los veinteañeros cubanos salen en grupo a encararse chicas a bordo de la cupé Studebaker que fuera de sus abuelos, y luego de sus padres. En esas mismas ciudades y pueblos rurales, un repartidor de productos lácteos puede tranquilamente hacer su recorrida por almacenes en su fiel Chevrolet Sapo del `50 como si ello fuere lo más normal del mundo.
Lo cierto es que yo no salía de mi asombro, al tiempo que trataba de averiguar si de casualidad existiese alguna maldita fórmula para traerme una de esas joyas, lo cual es prácticamente imposible para mí o para cualquier extranjero, ya que el parque automotor de Cuba –único en el mundo- está protegido por duras leyes que impiden que las legiones de hot-roteros de todo el mundo puedan depredarlo en cuestión de horas.
Cabe mencionar que si bien los cascos de los autos se ven en muy buen estado de conservación, son pocos aquellos que conservan sus partes originales en un país bloqueado, con modelos que se han dejado de fabricar hace décadas y donde el sueldo promedio es de menos de 25 dólares mensuales. Por ello, al levantar el capot de un Cadillac (que bien puede ser un taxi, como ya dijera) seguramente encontraremos un motor Perkins gasolero o hasta algún engendro de Europa del Este. Prácticamente ningún clásico americano de los miles que circulan por la isla conserva su viejo V8 de fábrica. Se dice incluso que los rusos en la época del comunismo fabricaron un motor compatible con el Chevrolet 51 y muchos cubanos simplemente le cambiaron el motor americano por el ruso del cual existían y existen mas repuestos, y desde ya, es más económico. Por ello, el “Chevy 51” es uno de los autos que mas se ven por todo Cuba.
Todo esto ha hecho que los cubanos se vuelvan verdaderos maestros de la mecánica artesanal en el mejor sentido de la palabra y utilicen su ingenio para solucionar estas adversidades, “fabricando” piezas de motor y de carrocería, más otras como contornos de ópticas baguetas, etc. con una dedicación y amor inigualables.
Cuando hablaba con los cubanos y les contaba que yo estaba armando mi cupé Chevy 71, ellos me miraban como si yo les hablase de un auto nuevo, o quizá del futuro.
Es imposible encontrar un lugar igual en el mundo si lo que a uno lo apasiona son los autos americanos de la “Golden Age” de los cuarentas y cincuentas. Cualquier fanático de los autos clásicos o del hot rod puede llegar a perder la razón en un viaje a esa isla del Caribe, porque como no me canso de afirmar: viajar a Cuba no es ir a un “museo rodante” como muchos turistas sin cultura automovilística sostienen. Viajar a Cuba es conocer un lugar donde esos mágicos dinosaurios viven, trabajan, pasean y se divierten en calles y caminos. Lejos están del museo. Están tan activos como hace 50 años.
Paradógicamente, en las ciudades cubanas suelen verse conviviendo con los clásicos americanos, a varios subtipos de pequeños autos de cuatro cilindros del bloque soviético de los años 80, que seguramente llegaron a la isla por los convenios económicos de Fidel con el bloque socialista. Estos autos se ven decadentes y destartalados en contraste con el estado de conservación de los Cadillacs, Fords y Chevrolets cuarenta años más antiguos. El tiempo suele ser el mejor tester de la verdadera calidad. Cualquier similitud con casos de estas tierras es “pura coincidencia”.
Otro detalle de color que no puedo dejar de mencionar es que en varias ciudades cubanas he visto autos argentinos de las décadas del 60 y 70, siendo el más común el Peugeot 404. Las exportaciones de nuestro país en aquellos años también han dejado su rastro en Cuba. Así es, alguna vez fuimos un proyecto de país industrial.
Finalmente un viaje a un lugar tan mágico y con tantos matices me llevó a muchas conclusiones, algunas hasta de tinte social. Pero en lo que hace a nuestra pasión por estos autos puedo afirmar que los cubanos nos están dando un ejemplo maravilloso. Ellos con sueldos de veinte dólares al mes mantienen vivos y hermosos sus clásicos americanos de los años cincuenta. Lo que no tienen lo fabrican, pero esos monstruos siguen paseándose orgullosos por todo ese país. No nos quejemos nosotros entonces de nuestras dificultades y démosle la vida que se merecen a nuestros Toros, Chivos, Halcones y Chanchas. Empecemos de una vez a armar ese Hot o Rat que nos ronda la cabeza. Ningún dictador y ningún bloqueo económico nos lo impide. Y quizá algún día, al igual que los cubanos, nuestros nietos puedan decir: “este auto está en mi familia desde mi abuelo, y no se vende”.
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
Son muchos los argentinos que viajan a la isla a la que Nicolás Guillén se refiriera alguna vez como “un largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, pero rara vez cuentan anécdotas o datos de real interés que tengan que ver con la verdadera cultura de los cubanos. Y cada vez que menciono la palabra cultura me gusta aclarar su real sentido: “conjunto de costumbres de un pueblo”. Así es que, previo a mi viaje, cada compatriota que volvía de Cuba solo me mencionaba el color del agua, o me describía el hotel “all inclusive” donde había estado alojado. Algunos incluso me comentaban que los precios eran más baratos, y se quejaban de que no se aceptaban tarjetas de crédito de bancos norteamericanos, o de que no había Coca Cola. Paradójicamente después de eso, se sacaban una foto en la tumba del Che, quien seguramente se hubiese avergonzado de ellos tanto como yo.
Personalmente recomiendo a todo aquel que tenga la suerte de viajar a ese país, que trate de conectarse lo más posible con las verdaderas costumbres de los cubanos, y así podrán descubrir un lugar único en el mundo, detenido en el tiempo hace 50 años.
Cabe recordar que Cuba a mediados del siglo 20, fue el gran lugar barato de esparcimiento de los norteamericanos, y abundaban los casinos y hoteles de lujo donde industriales, millonarios y mafiosos estadounidenses despilfarraban alegremente sus dólares con la anuencia de los gobiernos títere que regían la isla. Esta situación alcanzó su pico en los años 50, donde estalla la revolución que finalmente triunfa en 1959 de la mano de Fidel Castro, nuestro compatriota el Che Guevara y otros laderos como Camilo Cienfuegos.
No es intención de esta nota hacer ningún análisis político ni emitir opiniones en tal sentido, pero resulta necesario describir ese marco para entender el porqué de las características únicas de los autos que circulan por toda la isla.
Desde entonces, y con el férreo sistema totalitario de Castro instalado en el poder, más el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos, lo cierto fue que los cubanos debieron arreglárselas con el parque automotor existente en la isla sin posibilidad de adquirir modelos nuevos. Y esto era: miles de autos americanos de los años 40 y 50 que aún hoy circulan por todas partes donde uno vaya.
Ni bien arribé a Cuba y mientras el taxi me llevaba por la ruta desde el aeropuerto, comencé a sentir que estaba en alguna película de la época de James Dean. Por la carretera circulaban con total normalidad Bel Airs y Mercurys de los años cincuenta, Dodges, Studebakers, y más en todas sus versiones: cupés, sedanes, de lujo.
Esa imagen surrealista de autos majestuosos se acrecentaba al entrar a las ciudades como La Habana, o Santa Clara o en pequeños pueblos como Cárdenas, Perico o Colón donde un Plymouth 56 aún en su versión convertible, puede ser un taxi que te lleve a donde le pidas sin dificultades en el tránsito, o donde una familia de clase trabajadora –quizá la única clase en Cuba, claro- sale a hacer su paseo de domingo a la tarde en su Dodge Sierra 57, o donde los veinteañeros cubanos salen en grupo a encararse chicas a bordo de la cupé Studebaker que fuera de sus abuelos, y luego de sus padres. En esas mismas ciudades y pueblos rurales, un repartidor de productos lácteos puede tranquilamente hacer su recorrida por almacenes en su fiel Chevrolet Sapo del `50 como si ello fuere lo más normal del mundo.
Lo cierto es que yo no salía de mi asombro, al tiempo que trataba de averiguar si de casualidad existiese alguna maldita fórmula para traerme una de esas joyas, lo cual es prácticamente imposible para mí o para cualquier extranjero, ya que el parque automotor de Cuba –único en el mundo- está protegido por duras leyes que impiden que las legiones de hot-roteros de todo el mundo puedan depredarlo en cuestión de horas.
Cabe mencionar que si bien los cascos de los autos se ven en muy buen estado de conservación, son pocos aquellos que conservan sus partes originales en un país bloqueado, con modelos que se han dejado de fabricar hace décadas y donde el sueldo promedio es de menos de 25 dólares mensuales. Por ello, al levantar el capot de un Cadillac (que bien puede ser un taxi, como ya dijera) seguramente encontraremos un motor Perkins gasolero o hasta algún engendro de Europa del Este. Prácticamente ningún clásico americano de los miles que circulan por la isla conserva su viejo V8 de fábrica. Se dice incluso que los rusos en la época del comunismo fabricaron un motor compatible con el Chevrolet 51 y muchos cubanos simplemente le cambiaron el motor americano por el ruso del cual existían y existen mas repuestos, y desde ya, es más económico. Por ello, el “Chevy 51” es uno de los autos que mas se ven por todo Cuba.
Todo esto ha hecho que los cubanos se vuelvan verdaderos maestros de la mecánica artesanal en el mejor sentido de la palabra y utilicen su ingenio para solucionar estas adversidades, “fabricando” piezas de motor y de carrocería, más otras como contornos de ópticas baguetas, etc. con una dedicación y amor inigualables.
Cuando hablaba con los cubanos y les contaba que yo estaba armando mi cupé Chevy 71, ellos me miraban como si yo les hablase de un auto nuevo, o quizá del futuro.
Es imposible encontrar un lugar igual en el mundo si lo que a uno lo apasiona son los autos americanos de la “Golden Age” de los cuarentas y cincuentas. Cualquier fanático de los autos clásicos o del hot rod puede llegar a perder la razón en un viaje a esa isla del Caribe, porque como no me canso de afirmar: viajar a Cuba no es ir a un “museo rodante” como muchos turistas sin cultura automovilística sostienen. Viajar a Cuba es conocer un lugar donde esos mágicos dinosaurios viven, trabajan, pasean y se divierten en calles y caminos. Lejos están del museo. Están tan activos como hace 50 años.
Paradógicamente, en las ciudades cubanas suelen verse conviviendo con los clásicos americanos, a varios subtipos de pequeños autos de cuatro cilindros del bloque soviético de los años 80, que seguramente llegaron a la isla por los convenios económicos de Fidel con el bloque socialista. Estos autos se ven decadentes y destartalados en contraste con el estado de conservación de los Cadillacs, Fords y Chevrolets cuarenta años más antiguos. El tiempo suele ser el mejor tester de la verdadera calidad. Cualquier similitud con casos de estas tierras es “pura coincidencia”.
Otro detalle de color que no puedo dejar de mencionar es que en varias ciudades cubanas he visto autos argentinos de las décadas del 60 y 70, siendo el más común el Peugeot 404. Las exportaciones de nuestro país en aquellos años también han dejado su rastro en Cuba. Así es, alguna vez fuimos un proyecto de país industrial.
Finalmente un viaje a un lugar tan mágico y con tantos matices me llevó a muchas conclusiones, algunas hasta de tinte social. Pero en lo que hace a nuestra pasión por estos autos puedo afirmar que los cubanos nos están dando un ejemplo maravilloso. Ellos con sueldos de veinte dólares al mes mantienen vivos y hermosos sus clásicos americanos de los años cincuenta. Lo que no tienen lo fabrican, pero esos monstruos siguen paseándose orgullosos por todo ese país. No nos quejemos nosotros entonces de nuestras dificultades y démosle la vida que se merecen a nuestros Toros, Chivos, Halcones y Chanchas. Empecemos de una vez a armar ese Hot o Rat que nos ronda la cabeza. Ningún dictador y ningún bloqueo económico nos lo impide. Y quizá algún día, al igual que los cubanos, nuestros nietos puedan decir: “este auto está en mi familia desde mi abuelo, y no se vende”.
CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH
jueves, 4 de noviembre de 2010
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