Gracias COCO SILY y CARLA CZUDNOWSKY por sus comentarios de elogio para mi libro en el programa de hoy de "Código Sily" (de 13 a 16 hs por Pop Radio 101.5 FM). Según anunciaron además, próximamente leerán uno de mis cuentos al aire y sortearán entre los oyentes un ejemplar de LA RUTA DE LOS INMORTALES.
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HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA
HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA
"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)
"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)
viernes, 8 de mayo de 2015
lunes, 13 de abril de 2015
viernes, 20 de marzo de 2015
viernes, 6 de marzo de 2015
RESCATE EMOTIVO
“¿Estamos en tiempo?”, preguntó Edu mientras
manejaba aferrado a ese volante con el óvalo azul central por avenida Pavón
mano a Capital. “Sí, dale tranquilo que sobra tiempo”, le contestó Beto desde
el asiento trasero donde estaba sentado solo desparramado y mirando para afuera
con naturalidad las caras de asombro de la gente de otros autos que, al ponerse
a la par de aquel Falcon ´70 rojo imperial, trataban de mantenerse paralelos
para sacarle fotos con los celulares. Algunos, quizá los más educados, pedían
permiso a Edu para hacer sus tomas: “¿Te molesta si mi pibe se saca una fotito
con el celu?”, le preguntó el conductor de una Eco Sport mientras el niño hacía
lo posible por encuadrar su toma con un LG de 8 megapixeles que sacaba por la
ventanilla.
Desde el asiento del acompañante del Falcon,
Diego resoplaba “Pfff ¡cómo están
todos ahora con eso de las camaritas, y las fotitos! ¿Cuánto tiempo de sus
vidas se la pasan con esa zanata de las fotitos de acá, de allá? ¡Qué boludez,
por Dios!”. Mientras manejaba, Edu reflexionaba: “Es que les llama la atención
un auto así. Mirá lo que son los autos de ahora, todos de plastiquito, parecen
de juguete, ni ruido hacen”, y desde atrás Beto echaba leña al fuego:
“¿Juguetes?, un Duravit era un juguete. Estos de ahora no son ni eso. A un
Duravit lo podías tirar al piso, patear, te le podías parar encima y nada; no
se rompía ni en pedo. Mirá, mirá lo que es eso”, agregaba señalando a un Clio Mio recién sacado de la agencia. “A
ver, a ver… Renault. ¿Eso es un Renault? Un Renault era un Renault 12, un 18,
que se yo… una renoleta. Pero eso ¿qué es?”. “Bueno, el Renuault 12 siempre fue
feo”, lo interrumpió Edu. “Pará, que mi viejo tenía un Renault 12 de esos y se
la rebancaba”, se defendía indignado Beto. “Bueh… está bien, pero esto es un fierro”, intervenía Diego
golpeteando por fuera el techo del Falcon, y especificaba: “Seis cilindros,
todo de fierro, mirate a vos, todo despatarrado ahí atrás. ¿Adónde vas a estar
así?”. “Ok, ponete algo bueno en el estéreo”, cambió de tema Beto, que
efectivamente estaba despatarrado. Ponete ese de Deep Purple, o el de los
Rolling, que después en el boliche van a pasar toda esa música bailable de
mierda. El de los Rolling mejor”, sentenció Edu desde su puesto de conductor. Y
de inmediato Beto insertó el casete en el Pioneer que hizo clack! y empezó a sonar “Emotional
Rescue” (Rescate Emotivo). Con la voz de Jagger de fondo el Falcon ´70
cruzó Puente Pueyrredón y comenzó a deslizarse por calles y avenidas de la
Capital.
Un auto clásico. Y tres amigos hablando
temas livianos en una noche porteña de sábado. Algo tan simple y tan mágico
como eso.
Diego sacó la cabeza por su ventanilla de
acompañante, y respiró el delicioso aire nocturno de la libertad. Dijo a sus
compañeros: “Éramos tan felices, ¿se acuerdan?, y no lo sabíamos”.
En un semáforo de la avenida Independencia
se detuvieron a la par de un Chevrolet 400, que se veía impecable, con todos
sus cromados, su techo vinílico, sus molduras originales y sus insignias de
Super Sport. Adentro iban unos pibes que aparentaban no superar los 30 años.
Ambas naves pisaron sus aceleradores en el lugar como esperando una largada,
haciendo ruido con sus motores, y cuando el semáforo pasó a verde, en lugar de
salir despedidos hacia adelante, los habitantes de los dos bólidos comenzaron a
reírse cruzando miradas cómplices, mientras salían despacio en paralelo para
poder hablar de auto a auto. Beto bajó la ventanilla trasera del Ford y les
preguntó a los del Chevrolet: “¿Ustedes para dónde van?”. “A buscar a un amigo,
y después para Saint Thomas”, les respondieron los del 400. “Nosotros igual,
pero después nos volvemos para zona sur, Lanús” les dijo Beto con pulgar para
arriba. Al llegar a la Avenida La Plata, el Super Sport dobló, y los muchachos
del Falcon lo saludaron mientras lo veían alejarse. “Es lo que siempre digo”, reflexionaba
Edu. “¿Escuchaste cómo sonaba ese Chivo? ¡Qué importa la marca!, ¡qué sonido,
por favor!”. Beto desde atrás miraba el espejo retrovisor interno como para
cruzar miradas con sus compañeros y susurró con una sonrisa irónica de esas que
encierran secretos: “Saint Thomas, dijo…dijo Saint Thomas…”. “Sí, entendimos”,
dijo Diego como cerrando ese tópico.
Pocas
cuadras más adelante un control policial constituido por un patrullero y varios
uniformados de a pie les hizo señales con una linterna para que se detengan a
un costado de la avenida. Los chicos detuvieron el Falcon prolijamente junto al
cordón y vieron como el Oficial a cargo del grupo se les acercaba sonriente
haciéndoles el saludo militar, llevándose la mano derecha a la gorra. Se apoyó
en la puerta del conductor desde afuera, y mirando hacia el interior del auto
le dijo a Edu: “No te preocupes, era solo para ver el auto… te felicito. ¿Cómo
hacés para tenerlo tan original?”. Los muchachos respiraron aliviados a la vez
que Edu contestaba: “Y…es un laburo, y guita y sacrificio y sacarlo solo para
pasear los fines de semana”. En tanto una agente uniformada femenina se ponía
detrás del auto y anotaba los datos de la patente. “Bueno, sigan, te felicito
nuevamente”, remarcó el Policía, a lo que agregó: “Pero antes ponelo en marcha
y dejame escucharlo un poquito”. Edu giró la llave, de arranque y pisó un par
de veces el acelerador. Puso primera, le dijo buenas noches al uniformado y
siguió su camino con sus dos amigos. Mientras el Falcon se alejaba, la policía
femenina se acercó al Oficial y le dijo: “Estoy chequeando los datos de ese
Ford…y por radio me informaron que es un vehículo siniestrado en 1989…un rodado
que cayó al Riachuelo del lado de Provincia… donde murieron tres de sus
ocupantes y solo se salvó uno. Aparentemente chicos jóvenes haciendo locuras
con el auto…”, allí la Suboficial reflexionó: “¿No será un auto gemelo o algo
así?”.
El
vehículo en cuestión ya se había perdido en la noche de aquel sábado. El
Oficial a cargo del puesto se sacó la gorra y rascándose la cabeza dijo en voz
baja, mordiéndose los labios: “Y pensar que recién los teníamos acá… dejá, no
digas nada. No pasó nada”. El oficio de quien sabe evitar problemas.
Al
llegar a la avenida Díaz Vélez, minutos más tarde, Beto preguntó: “¿Cómo
venimos de tiempo?”. “Bien, bien”, contestó Diego mirando su reloj pulsera.
Estacionaron
frente a la puerta principal del Hospital Durand. En el piso de terapia
intensiva, el Cuerpo Médico acababa de decretar la muerte clínica de un hombre
de 50 años, que venía acarreando problemas cardíacos, sin parientes que lo
hayan acompañado en esa instancia final. El Jefe del equipo de profesionales de
la salud le dijo al grupo a su cargo: “Hicimos todo lo posible por este… Bruno…
como se llame. ¿Alguien para darle la noticia?”. “Negativo”, le contestó uno de
los doctores del recinto con una planilla en sus manos, “En la ficha figura como
divorciado. No sabemos si tenía hijos. Se presentó solo”. El cardiólogo en jefe
agachó la cabeza haciendo un gesto negativo a la vez que reflexionaba en voz
alta: “Qué triste morir así, tan solo sin que nadie venga a buscarte”.
Los
médicos se equivocaban. Solo sacaban conclusiones erróneas frente a un cuerpo
inerte. Bruno –o el Tano, para los amigos– bajó a la carrera las escaleras del
hospital. Y una vez que llegó a la puerta, salió a la vereda y allí los vio.
Sus tres amigos de siempre estaban apoyados en el Falcon 70 resplandeciente
como nunca, esperándolo para una nueva noche de parranda y aventuras.
“¡Por fin, Tano
querido!”, le gritó Edu con los brazos abiertos. Bruno corrió a abrazarlos y
los cuatro compinches de toda la vida volvieron a ser inseparables. Entraron al
Ford, que Salió quemando cauchos,
haciendo tronar ese seis cilindros nuevamente hacia zona sur. “¡Vamos
todos para La Casona a festejar!”,
gritaba Beto sentado atrás ahora con Bruno a su lado. “Ya son más de las dos de
la mañana y recién se empieza a poner bueno. Dale, poné de nuevo ese de los
Rolling”. Y todos rieron como no lo hacían juntos desde 1989.
Existe un plano donde
la amistad es más fuerte que la muerte, donde un Falcon Deluxe 70 espectral
puede ser visto surcar la noche de un sábado. Y donde La Casona y Saint Thomas nunca
cerraron.
Rescate emotivo.
lunes, 26 de enero de 2015
miércoles, 31 de diciembre de 2014
AMIGOS DE HIERRO 3
“Cuando uno sale por la puerta de casa, se enfrenta con un
millón de enemigos” (Gichin Funakoshi -padre del Karate Shotokan-)
Hace
tiempo hicimos un pacto de hierro. Yo curaría tus heridas y vos curarías la
mías. Allí te vi al costado del camino. Oxidado, maltratado, desparejo en
altura, con los anclajes quebrados de tu chasis, y falto de cariño y de
respeto. ¡Perfecto! Me dije a mi mismo. Quizá en definitiva nos parezcamos un
poco, con tu cuerpo y tu alma cubiertos de cicatrices propias del guerrero que
nunca entregó su espada de doble filo, cubierta de sangre seca de tus enemigos
a los que el tiempo olvidó.
Hicimos un pacto de hierro.
Yo te transformaría en héroe y vos harías lo mismo conmigo. Nuestros sueños
eran más grandes que nuestros obstáculos.
Así emprendimos este camino,
en el cual a nuestro paso fuimos conociendo a farsantes, pero también a
verdaderos hermanos de otras vidas con los cuales nos reagrupamos para nuevas
batallas. Locos hermanos forjadores de antiguas armas de metal, que se ocuparon
de la mecánica, chasis y casco (corazón, huesos y armadura). Hasta que
estuviste listo para la ruta, y al acelerar ya nada fue igual, ya no hubo
vuelta atrás.
Los he visto bajar en
caravana por las sierras cordobesas, nos hemos saludado pulgares para arriba en
las avenidas de mi ciudad y en pueblos fantasmas donde los búhos me hablaron en
la oscuridad. Los he visto en los talleres de barrio: fábricas de sueños de
tuercas ajustadas. Los he visto en recorridas nocturnas donde se celebra la
amistad, y junto al mar donde el canto de las sirenas de mi pasado sonaba como
poesía espectral bajo las estrellas.
Hicimos un pacto de hierro.
Yo te contaría algunas de mis historias y vos algunas de las tuyas…y ambos
callaríamos otras que nos reservamos en nuestros heridos corazones.
Yo te haré invencible, te lo
prometí hace años. Vos solo dame la fuerza para no caer.
La carretera que nos espera
está llena de misterios y de seres intemporales. Allá vamos juntos a buscar
buenas historias que luego serán repetidas en los rincones más lejanos como
leyendas ancestrales. Vamos por esa ruta sin nombre atravesando la niebla de
los tiempos a saludarnos con Thiago y su abuelo, con Víctor y Egar en su
Torino, con Guillermo, aquel pintor sin manos en su GTX fantasma; y luego al
llegar a un desierto tengamos una charla con un puma antes del zarpazo final.
Nos perderemos en algún
sendero para encontrarnos con nosotros mismos, mi viejo amigo de hierro. De eso
se trata esta historia que algunos nunca entenderán. Esos mismos que compran y
venden, y se compran y se venden. La historia nunca los
recordará, y algún día estallarán tan vacíos como los airbags de sus autos
diseñados para cobardes, pagaderos en interminables planes contra entrega de
sus almas, para acceder a su basura reciclable de bajas emanaciones tóxicas que
cumple con los estándares y protocolos de sus amos.
Así es, querido compañero de
aventuras. No vivirás como rata ni como topo, porque no naciste para ser
roedor. Tu destino es ser dragón, así te diseñaron en Detroit en los tiempos de
los verdaderos héroes de acción.
Tenemos la fuerza de las
cosas simples, el impacto del golpe con puño cerrado en línea recta –acaso el
camino más corto entre dos puntos-. Somos eternos como el rock pesado:
motor-caja-diferencial (guitarra-bajo-batería).
Hicimos un pacto de hierro.
Iniciamos un camino donde paso a paso nos daríamos lo mejor de cada uno, cada
día, cada mes, cada año. Y a lo largo del sendero vimos a muchos abandonar y
tirar la toalla. Allá ellos, un día se perdieron en nuestros espejos
retrovisores. Esto no es para cualquiera.
Tengamos la sabiduría que
tantos años y tantas noches nos han dado, sin perder aquella inocencia
vertiginosa de ese chico de barrio que en un carro de madera y rulemanes se
lanzaba barranca abajo por la pendiente del Parque Lezama tratando de superar
“la curva de la muerte”.
Así que abran paso y despejen
las rutas, que los dioses del trueno están volviendo.
Vamos mi viejo amigo de
hierro, no voy a soltarte, no voy a dejarte caer.
CESAR
RODRIGUEZ BIERWERTH
viernes, 26 de diciembre de 2014
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