HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA

"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)





viernes, 6 de marzo de 2015

RESCATE EMOTIVO


 “¿Estamos en tiempo?”, preguntó Edu mientras manejaba aferrado a ese volante con el óvalo azul central por avenida Pavón mano a Capital. “Sí, dale tranquilo que sobra tiempo”, le contestó Beto desde el asiento trasero donde estaba sentado solo desparramado y mirando para afuera con naturalidad las caras de asombro de la gente de otros autos que, al ponerse a la par de aquel Falcon ´70 rojo imperial, trataban de mantenerse paralelos para sacarle fotos con los celulares. Algunos, quizá los más educados, pedían permiso a Edu para hacer sus tomas: “¿Te molesta si mi pibe se saca una fotito con el celu?”, le preguntó el conductor de una Eco Sport mientras el niño hacía lo posible por encuadrar su toma con un LG de 8 megapixeles que sacaba por la ventanilla.
   Desde el asiento del acompañante del Falcon, Diego resoplaba “Pfff ¡cómo están todos ahora con eso de las camaritas, y las fotitos! ¿Cuánto tiempo de sus vidas se la pasan con esa zanata de las fotitos de acá, de allá? ¡Qué boludez, por Dios!”. Mientras manejaba, Edu reflexionaba: “Es que les llama la atención un auto así. Mirá lo que son los autos de ahora, todos de plastiquito, parecen de juguete, ni ruido hacen”, y desde atrás Beto echaba leña al fuego: “¿Juguetes?, un Duravit era un juguete. Estos de ahora no son ni eso. A un Duravit lo podías tirar al piso, patear, te le podías parar encima y nada; no se rompía ni en pedo. Mirá, mirá lo que es eso”, agregaba señalando a un Clio Mio recién sacado de la agencia. “A ver, a ver… Renault. ¿Eso es un Renault? Un Renault era un Renault 12, un 18, que se yo… una renoleta. Pero eso ¿qué es?”. “Bueno, el Renuault 12 siempre fue feo”, lo interrumpió Edu. “Pará, que mi viejo tenía un Renault 12 de esos y se la rebancaba”, se defendía indignado Beto. “Bueh… está bien, pero esto es un fierro”, intervenía Diego golpeteando por fuera el techo del Falcon, y especificaba: “Seis cilindros, todo de fierro, mirate a vos, todo despatarrado ahí atrás. ¿Adónde vas a estar así?”. “Ok, ponete algo bueno en el estéreo”, cambió de tema Beto, que efectivamente estaba despatarrado. Ponete ese de Deep Purple, o el de los Rolling, que después en el boliche van a pasar toda esa música bailable de mierda. El de los Rolling mejor”, sentenció Edu desde su puesto de conductor. Y de inmediato Beto insertó el casete en el Pioneer que hizo clack! y empezó a sonar “Emotional Rescue” (Rescate Emotivo). Con la voz de Jagger de fondo el Falcon ´70 cruzó Puente Pueyrredón y comenzó a deslizarse por calles y avenidas de la Capital.
   Un auto clásico. Y tres amigos hablando temas livianos en una noche porteña de sábado. Algo tan simple y tan mágico como eso.
   Diego sacó la cabeza por su ventanilla de acompañante, y respiró el delicioso aire nocturno de la libertad. Dijo a sus compañeros: “Éramos tan felices, ¿se acuerdan?, y no lo sabíamos”.
   En un semáforo de la avenida Independencia se detuvieron a la par de un Chevrolet 400, que se veía impecable, con todos sus cromados, su techo vinílico, sus molduras originales y sus insignias de Super Sport. Adentro iban unos pibes que aparentaban no superar los 30 años. Ambas naves pisaron sus aceleradores en el lugar como esperando una largada, haciendo ruido con sus motores, y cuando el semáforo pasó a verde, en lugar de salir despedidos hacia adelante, los habitantes de los dos bólidos comenzaron a reírse cruzando miradas cómplices, mientras salían despacio en paralelo para poder hablar de auto a auto. Beto bajó la ventanilla trasera del Ford y les preguntó a los del Chevrolet: “¿Ustedes para dónde van?”. “A buscar a un amigo, y después para Saint Thomas”, les respondieron los del 400. “Nosotros igual, pero después nos volvemos para zona sur, Lanús” les dijo Beto con pulgar para arriba. Al llegar a la Avenida La Plata, el Super Sport dobló, y los muchachos del Falcon lo saludaron mientras lo veían alejarse. “Es lo que siempre digo”, reflexionaba Edu. “¿Escuchaste cómo sonaba ese Chivo? ¡Qué importa la marca!, ¡qué sonido, por favor!”. Beto desde atrás miraba el espejo retrovisor interno como para cruzar miradas con sus compañeros y susurró con una sonrisa irónica de esas que encierran secretos: “Saint Thomas, dijo…dijo Saint Thomas…”. “Sí, entendimos”, dijo Diego como cerrando ese tópico.
            Pocas cuadras más adelante un control policial constituido por un patrullero y varios uniformados de a pie les hizo señales con una linterna para que se detengan a un costado de la avenida. Los chicos detuvieron el Falcon prolijamente junto al cordón y vieron como el Oficial a cargo del grupo se les acercaba sonriente haciéndoles el saludo militar, llevándose la mano derecha a la gorra. Se apoyó en la puerta del conductor desde afuera, y mirando hacia el interior del auto le dijo a Edu: “No te preocupes, era solo para ver el auto… te felicito. ¿Cómo hacés para tenerlo tan original?”. Los muchachos respiraron aliviados a la vez que Edu contestaba: “Y…es un laburo, y guita y sacrificio y sacarlo solo para pasear los fines de semana”. En tanto una agente uniformada femenina se ponía detrás del auto y anotaba los datos de la patente. “Bueno, sigan, te felicito nuevamente”, remarcó el Policía, a lo que agregó: “Pero antes ponelo en marcha y dejame escucharlo un poquito”. Edu giró la llave, de arranque y pisó un par de veces el acelerador. Puso primera, le dijo buenas noches al uniformado y siguió su camino con sus dos amigos. Mientras el Falcon se alejaba, la policía femenina se acercó al Oficial y le dijo: “Estoy chequeando los datos de ese Ford…y por radio me informaron que es un vehículo siniestrado en 1989…un rodado que cayó al Riachuelo del lado de Provincia… donde murieron tres de sus ocupantes y solo se salvó uno. Aparentemente chicos jóvenes haciendo locuras con el auto…”, allí la Suboficial reflexionó: “¿No será un auto gemelo o algo así?”.
El vehículo en cuestión ya se había perdido en la noche de aquel sábado. El Oficial a cargo del puesto se sacó la gorra y rascándose la cabeza dijo en voz baja, mordiéndose los labios: “Y pensar que recién los teníamos acá… dejá, no digas nada. No pasó nada”. El oficio de quien sabe evitar problemas.
Al llegar a la avenida Díaz Vélez, minutos más tarde, Beto preguntó: “¿Cómo venimos de tiempo?”. “Bien, bien”, contestó Diego mirando su reloj pulsera.
Estacionaron frente a la puerta principal del Hospital Durand. En el piso de terapia intensiva, el Cuerpo Médico acababa de decretar la muerte clínica de un hombre de 50 años, que venía acarreando problemas cardíacos, sin parientes que lo hayan acompañado en esa instancia final. El Jefe del equipo de profesionales de la salud le dijo al grupo a su cargo: “Hicimos todo lo posible por este… Bruno… como se llame. ¿Alguien para darle la noticia?”. “Negativo”, le contestó uno de los doctores del recinto con una planilla en sus manos, “En la ficha figura como divorciado. No sabemos si tenía hijos. Se presentó solo”. El cardiólogo en jefe agachó la cabeza haciendo un gesto negativo a la vez que reflexionaba en voz alta: “Qué triste morir así, tan solo sin que nadie venga a buscarte”.
Los médicos se equivocaban. Solo sacaban conclusiones erróneas frente a un cuerpo inerte. Bruno –o el Tano, para los amigos– bajó a la carrera las escaleras del hospital. Y una vez que llegó a la puerta, salió a la vereda y allí los vio. Sus tres amigos de siempre estaban apoyados en el Falcon 70 resplandeciente como nunca, esperándolo para una nueva noche de parranda y aventuras.
“¡Por fin, Tano querido!”, le gritó Edu con los brazos abiertos. Bruno corrió a abrazarlos y los cuatro compinches de toda la vida volvieron a ser inseparables. Entraron al Ford, que Salió quemando cauchos,  haciendo tronar ese seis cilindros nuevamente hacia zona sur. “¡Vamos todos para La Casona a festejar!”, gritaba Beto sentado atrás ahora con Bruno a su lado. “Ya son más de las dos de la mañana y recién se empieza a poner bueno. Dale, poné de nuevo ese de los Rolling”. Y todos rieron como no lo hacían juntos desde 1989.
Existe un plano donde la amistad es más fuerte que la muerte, donde un Falcon Deluxe 70 espectral puede ser visto surcar la noche de un sábado. Y donde La Casona y Saint Thomas nunca cerraron.
Rescate emotivo.

                                    Por César Rodríguez Bierwerth                                            

miércoles, 31 de diciembre de 2014

AMIGOS DE HIERRO 3


“Cuando uno sale por la puerta de casa, se enfrenta con un millón de enemigos” (Gichin Funakoshi -padre del Karate Shotokan-)

                        Hace tiempo hicimos un pacto de hierro. Yo curaría tus heridas y vos curarías la mías. Allí te vi al costado del camino. Oxidado, maltratado, desparejo en altura, con los anclajes quebrados de tu chasis, y falto de cariño y de respeto. ¡Perfecto! Me dije a mi mismo. Quizá en definitiva nos parezcamos un poco, con tu cuerpo y tu alma cubiertos de cicatrices propias del guerrero que nunca entregó su espada de doble filo, cubierta de sangre seca de tus enemigos a los que el tiempo olvidó.  
                   Hicimos un pacto de hierro. Yo te transformaría en héroe y vos harías lo mismo conmigo. Nuestros sueños eran más grandes que nuestros obstáculos.
                   Así emprendimos este camino, en el cual a nuestro paso fuimos conociendo a farsantes, pero también a verdaderos hermanos de otras vidas con los cuales nos reagrupamos para nuevas batallas. Locos hermanos forjadores de antiguas armas de metal, que se ocuparon de la mecánica, chasis y casco (corazón, huesos y armadura). Hasta que estuviste listo para la ruta, y al acelerar ya nada fue igual, ya no hubo vuelta atrás.
                   Los he visto bajar en caravana por las sierras cordobesas, nos hemos saludado pulgares para arriba en las avenidas de mi ciudad y en pueblos fantasmas donde los búhos me hablaron en la oscuridad. Los he visto en los talleres de barrio: fábricas de sueños de tuercas ajustadas. Los he visto en recorridas nocturnas donde se celebra la amistad, y junto al mar donde el canto de las sirenas de mi pasado sonaba como poesía espectral bajo las estrellas.
                   Hicimos un pacto de hierro. Yo te contaría algunas de mis historias y vos algunas de las tuyas…y ambos callaríamos otras que nos reservamos en nuestros heridos corazones.
                   Yo te haré invencible, te lo prometí hace años. Vos solo dame la fuerza para no caer.
                   La carretera que nos espera está llena de misterios y de seres intemporales. Allá vamos juntos a buscar buenas historias que luego serán repetidas en los rincones más lejanos como leyendas ancestrales. Vamos por esa ruta sin nombre atravesando la niebla de los tiempos a saludarnos con Thiago y su abuelo, con Víctor y Egar en su Torino, con Guillermo, aquel pintor sin manos en su GTX fantasma; y luego al llegar a un desierto tengamos una charla con un puma antes del zarpazo final.
                   Nos perderemos en algún sendero para encontrarnos con nosotros mismos, mi viejo amigo de hierro. De eso se trata esta historia que algunos nunca entenderán. Esos mismos que compran y venden, y se compran y se venden. La historia nunca los recordará, y algún día estallarán tan vacíos como los airbags de sus autos diseñados para cobardes, pagaderos en interminables planes contra entrega de sus almas, para acceder a su basura reciclable de bajas emanaciones tóxicas que cumple con los estándares y protocolos de sus amos.   
                   Así es, querido compañero de aventuras. No vivirás como rata ni como topo, porque no naciste para ser roedor. Tu destino es ser dragón, así te diseñaron en Detroit en los tiempos de los verdaderos héroes de acción.
                   Tenemos la fuerza de las cosas simples, el impacto del golpe con puño cerrado en línea recta –acaso el camino más corto entre dos puntos-. Somos eternos como el rock pesado: motor-caja-diferencial (guitarra-bajo-batería).
                   Hicimos un pacto de hierro. Iniciamos un camino donde paso a paso nos daríamos lo mejor de cada uno, cada día, cada mes, cada año. Y a lo largo del sendero vimos a muchos abandonar y tirar la toalla. Allá ellos, un día se perdieron en nuestros espejos retrovisores. Esto no es para cualquiera.
                   Tengamos la sabiduría que tantos años y tantas noches nos han dado, sin perder aquella inocencia vertiginosa de ese chico de barrio que en un carro de madera y rulemanes se lanzaba barranca abajo por la pendiente del Parque Lezama tratando de superar “la curva de la muerte”.
                   Así que abran paso y despejen las rutas, que los dioses del trueno están volviendo.
                   Vamos mi viejo amigo de hierro, no voy a soltarte, no voy a dejarte caer.


                                      CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

jueves, 30 de octubre de 2014

EL VESUVIO


“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.”  (Jorge Luis Borges –Fervor de Buenos Aires-)
No tiene lógica que ese tipo que vende mochilas, bolsos y camperas militares en el pasaje subterráneo que va por debajo del obelisco siga allí, con su mismo puesto con su misma mercadería sin haber envejecido luego de tantas décadas.
A comienzos de mi secundaria, allá por el ’82, recuerdo que veía a los pibes más grandes y cancheros que yo, en mi colegio, el Pueyrredón de San Telmo, que en lugar de llevar sus libros y carpetas en la mano o en algún  portafolios, llevaban “morrales”  colgando de un hombro en forma vertical (y no como los malditos posers palermitanos de hoy, que lo llevan cruzado). Por lo general eran de color verde oliva, y cuanto más gastados y garabateados con nombres de bandas de rock, escritos en birome, mejor. Así que no tuve mucho que pensar, y para no ser menos, decidí obviamente que yo debería tener mi propio morral, y me lo fui a comprar a la galería subterránea de la 9 de Julio donde el vendedor era justamente este sujeto de aspecto tan extraño. El tipo parecía una versión siniestra de Larry, aquel de los tres chiflados, semicalvo y con dos matas de rulos a los costados de la cabeza como payaso psycho  killer. No sonreía ni tenía expresión en los ojos, y para hablar movía su boca pequeña sin gesticular, con la mirada perdida como si estuviese repitiendo un libreto de venta de su mercadería, pero con sus pensamientos en otro lado. Todo eso nos llamó la atención a mí y  también a mi compañero de banco del cole, el gordo Fernando, que me acompañó y se compró también su propio morral. Era fácil imaginar a aquel puestero con su cara pintarrajeada como un clown decadente y blandiendo un cuchillo o algún otro elemento punzocortante. Pero, en fin, tomamos nuestros nuevos morrales vacíos y salimos de la galería bajo el asfalto, subiendo por la escalera de Carlos Pellegrini, en cuya desembocadura en aquel entonces se encontraba el inolvidable Supermercado del Disco, un fantástico megalocal donde vendían vinilos y casetes, y tenían todas las novedades de aquello que alguna vez se llamó “industria discográfica”.
Luego caminamos por Lavalle, y con las pocas monedas que nos quedaban hicimos una vaquita para comprar unas “frenys” en Pumper Nic, mientras discutíamos acerca de si Queen era o no, mejor que Kiss, y viceversa. No nos pusimos de acuerdo (los fans de Kiss nunca aprenderán). Éramos libres y felices. Y teníamos nuestros morrales.
Desde entonces y a través de los años, camino a diario por esa zona de la ciudad, pasando siempre por la vieja galería subterránea que conecta Pellegrini con Cerrito, y el mismo tipo sigue allí, inmutable e inalterable al tiempo con su rostro inexpresivo y su mirada en la eternidad. Con los años comencé a descubrir, en mi andar de rata de microcentro, que ese no era el único personaje inmune al paso del tiempo que circundaba el área del obelisco, también está el mozo de cara redonda del bar “La Estrella” de Maipú esquina Lavalle, o los viejos expertos lustrabotas de la casa de lustre “Argento” de la calle 25 de mayo (que siempre fueron viejos). Ellos y algunos más, todos con sus ojos en el vacío, quizá de alguna época en la cual se quedaron para no cambiar jamás.
  De todos estos extraños seres, quizá el más llamativo y accesible al diálogo, es ese al que apodan “El Mago”, un tipo con todo su cuerpo y cara tatuados, de contextura pequeña y pelado, lleno de piercings y cuanta modificación corporal uno pueda imaginarse que trabaja justamente y según siempre dijo, de tatuador, y a quien se puede ver a menudo por las galerías de Lavalle en su tramo peatonal. En una época hablábamos seguido, incluso cuando viví en Mar de Plata en los noventas, el tipo también estuvo un tiempo allá en La Feliz, escapando de algo que oportunamente me contó y no viene al caso revelar ahora. Meses atrás, yo volvía de una cena un jueves a la noche –casi medianoche- y me lo encontré caminando solo por Carlos Pellegrini, desde Viamonte y en dirección al obelisco, la vereda estaba desierta, y las luces de neón destellaban en la avenida. Me le puse a la par y le dije: “Hey, Mago”, y el tipo se dio vuelta. No sé si me reconoció o si me saludó de compromiso atento a que lo llamé por su apodo, y me dice: “Hola, ¿Cómo andás?”, “Todo bien”, le contesto, “volviendo a casa”.  “Y si, mañana hay que laburar” me agrega, “Pero estoy apurado”, dice acelerando el paso, como queriendo despegarse. Percibí que mi presencia lo incomodaba, así que me despedí de él y fingí que doblaba por Tucumán a la izquierda.
Luego retomé unos pasos, y al asegurarme de que no miraba para atrás, lo seguí, pero a una distancia en la que él no pudiera verme, y así amparado en la noche,  fui tras sus pasos. Cruzó la 9 de Julio, y caminó media cuadra por Corrientes hasta el bar “El Vesuvio”. Entró. Tras él, entré yo. Como siempre el Vesuvio estaba abierto e iluminado, vi como los mozos lo saludaban con la cabeza y le daban paso para que subiera al piso de arriba. Conmigo no fue igual, cuando yo entré los camareros me miraron como para que me siente en alguna de las mesas de la planta baja (es sabido que ese bar solo tiene mesas abajo dando a la calle, y arriba solo están los baños y un gran salón vacío). “Paso al baño y ya vuelvo. Te encargo un café en jarrito” le dije al mozo que se me acercó. Con un gesto desconfiado, el mozo, aceptó. Subí rápido y llegué a ver que el Mago en el primer piso se metía por una puertita al costado de los baños. Todo lo que hay en esa planta son mesas y sillas arrumbadas y una orquesta inmóvil de muñecos que representan a figuras emblemáticas del tango como Gardel o Troilo con su bandoneón. Sin dudarlo esperé unos segundos y atrás me metí yo por la misma entradita por donde mi perseguido acababa de pasar. Solo había un pasillo oscurísimo y estrecho. Nada se veía, ni el Mago, ni el final del corredor. Solo oscuridad. Cerré la puerta a mis espaldas. Tengo mi experiencia en lugares oscuros y me sé esa técnica de cerrar los ojos y contar hasta diez. Lo hice, y al abrirlos pude ver algo mejor pero en penumbras. Caminé y caminé con las yemas de mis dedos  tocando las paredes a mis costados, hasta que de repente del lado derecho percibí que la larga textura del corredor se interrumpía por la madera de una puerta. Tanteé en la oscuridad y al encontrar el picaporte lo giré y entré. Allí, había una escalera descendente algo más iluminada que me llevó hasta otra puerta, a la cual a medida que me acercaba iba escuchando ya los sonidos de la avenida. Al llegar a esa puerta pasé y salí a la 9 de Julio nuevamente. Llegué a la vereda y allí parado vi que algo había cambiado, o todo.
En el medio de la avenida no estaba el amarillo Metrobús, sino que por el contrario había frondosos árboles que daban un halo de misterio a la noche. Miré al obelisco y no tenía rejas que lo rodeasen, y agudizando la vista en dirección a Corrientes logré ver las marquesinas de los teatros que anunciaban el estreno de una puesta en escena rutilante con el Negro Olmedo en el rol central: “El Manosanta está cargado”. Algunos taxis eran Falcon, otros eran Peugeot 404, y se podía escuchar que al acelerar sonaban como autos verdaderos. Caminé unos metros hasta la entrada del Hotel República por Cerrito, y allí lo vi al Mago nuevamente, mirándome fijo con una sonrisa burlona. “Sabía que me venías siguiendo”, me dijo. “Y te dejé llegar hasta aquí. Sabía que no me defraudarías”, agregó. “Hay una Buenos Aires que viviste, y otra que imaginaste o quizá soñaste. Bienvenido. Este lugar no es para cualquiera”. El mago hablaba y los tatuajes de su cara parecían cobrar vida. Y siguió: “Un amigo tiene algo para vos”. Desde el Hotel República, salió entonces aquel vendedor de bolsos del pasaje subterráneo, quien se me acercó con gesto cómplice con un paquete de papel envolviendo algo. Vi sonreír a ese tipo por primera vez en mi vida. “Esto es para vos” me dijo con su cara de Larry. Y me entregó un misterioso regalo, cuyo envoltorio de papel rompí en cuestión de segundos. Allí había un morral idéntico a aquel que tuve en mis años de secundaria. Al agarrar mi presente escuché que algo tintineaba allí dentro. Lo abrí, y había un juego de llaves de un auto. Me quedé perplejo, y vi como el Mago y el vendedor de morrales me saludaron con la mano y se alejaron por la avenida perdiéndose en la oscuridad.
Allí estaba yo, parado junto al cordón de la vereda de una extraña avenida 9 de Julio con un morral colgado del hombro y unas llaves en la mano, cuando escuché el sonido de un motor americano a mis espaldas y enseguida una frenada justo al lado mío. Me di vuelta para ver que sucedía, y pegado a mí en la entrada para autos del Hotel, acababa de estacionar una cupé Chevrolet ’51 color negra con todos sus cromados intactos. Del auto se bajaron dos viejos personajes conocidos para mí: los lustrabotas de la casa Argento. El que estaba del lado del conductor dejó su puerta abierta, diciéndome: “Esta es tu noche pibe”, y también se alejaron entre las luces de la avenida. Inmediatamente y con las llaves que tenía en mi mano derecha, entré al auto, y en efecto, las llaves eran las indicadas: medio giro de tambor, una acelerada en punto muerto y arrancó como coche nuevo.
Esa noche recorrí Buenos Aires en una cupé Chevrolet 1951. Pasé por el Gran Rex y se anunciaba un show de Soda Stereo presentando “Sueño Stereo”, bajé hasta Barracas y vi a los compadritos en la vereda de sus patios tangueros mirarme desafiantes, retomé por la Manzana de las Luces y vi elegantes damas con vestidos largos subirse a carruajes tirados por caballos de crines impecables, doblé por Arroyo y lo vi a Ringo Bonavena en la puerta de Mau Mau, paré a tomar un trago en la barra del Morocco y finalmente, al salir el sol me fui a desayunar al Open Plaza.
Luego ya con la luz del día, volví con mi cupé 51, esa que muchas veces había soñado,  y la estacioné de nuevo en la puerta misma del hotel República. Allí la dejé cerrada, pero me quedé con mi morral y con las llaves de ese auto con el que me habían honrado aquellos ciudadanos ilustres fuera de tiempo. Y me volví caminando hasta esa pequeña puerta que, a través de pasillos oscuros me devolvió al primer piso del bar El Vesuvio. Allí seguía la inmóvil orquesta fantasma y, escaleras abajo, era una mañana común y corriente. Los mozos me saludaron, y mientras salía uno de ellos me dijo: “Queda pendiente el café en jarrito”. Detrás de la barra de esa cafetería, vi una foto-collage en blanco y negro en la cual entre infinitos rostros me sonreían Pepitito, Tita Merello y Minguito. Al salir a la calle, todo era normal, con taxis Voyage silenciosos, Metrobús y sin carteles de espectáculos que valiesen la pena.
Conozco un pasaje clandestino, que me conecta con otra Buenos Aires. De vez en cuando en noches de luna llena, suelo escaparme por esa puerta oculta por la que pasan algunos personajes urbanos fuera de tiempo. A pocos metros de allí me espera un auto legendario en el cual puedo pasear por una ciudad eterna.
Recomiendo de tanto en tanto, darse una vuelta por el bar El Vesuvio para tomarse un café comprendiendo ahora, los códigos que encierran su mural de fotos y sus músicos inmóviles. Y claro, disimuladamente, escaparse un rato por la puerta secreta subiendo las escaleras. No teman a la oscuridad.

                                                                                              CESAR RODRIGUEZ BIERWERTH

miércoles, 22 de octubre de 2014

PRESENTACIÓN EN LA FERIA DEL LIBRO HEAVY

El 1 de noviembre estaré en la FERIA DEL LIBRO HEAVY METAL, en 33 Orientales 1150 Capital, desde las 16 hs. presentando mi libro para el público rocker, por la relación de mis historias de fierros con la filosofía del metal y la cultura rock en general. Allí venderé ejemplares de LA RUTA DE LOS INMORTALES, y hablaré en el escenario alrededor de las 20 30hs. Los espero.

sábado, 18 de octubre de 2014

AUDIO COMPLETO DE LA ENTREVISTA POR FM PURA

https://soundcloud.com/radiopura/cesar-patrick