HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA
HISTORIAS DE LA CIUDAD, LA NOCHE, LOS AUTOS Y LA RUTA
"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)
"Ya he escrito toda la carretera. He ido rápido porque la ruta es rápida. Es sobre tí, sobre mí y sobre el camino"
(Carta de Jack Kerouac a Neal Cassady fechada el 25/5/51)
viernes, 7 de agosto de 2020
miércoles, 19 de septiembre de 2018
AHÍ VA EL CAPITÁN QUIQUE
Aquella
noche, luego de una agitada discusión conyugal, mi amigo Quique salió dando un
portazo de su casa en zona sur -y bien al sur, donde por ese entonces vivía
cerca de la estación Turdera- y un rato más tarde terminó, quien sabe cómo, sentado
solo en una mesa del mítico Café Orleans de la avenida Córdoba y San Martín en
la zona de nuestro querido bajo porteño, pasada la medianoche de un martes, o
quizá miércoles muy frío de mediados de los noventas, cuando aquella esquina
era un faro en medio de tempestades, que atraía a todos los barflys náufragos
de Buenos Aires como nosotros. No importaba la hora, las 3 de la tarde luego de
la oficina, o las 3 de la mañana extraviados en la oscuridad, Orleans era un
lugar acogedor para los solitarios corazones de la contracultura beat en años
del “uno a uno”.
Con
sus mesitas de madera impecables, sus prolijos mantelitos, sus chicas
brasileñas algunas, centroamericanas otras y argentinas unas pocas, sus
cortinas con bolados siempre cerradas que protegían la intimidad del interior
del bar (era imposible ver desde la calle lo que adentro acontecía), y sus
mozos de viejo estilo con sus prolijos chalecos oscuros sobre blancas camisas,
que se acercaban a las mesas casi sin mirarte a la cara con una precisión
quirúrgica a tomar los pedidos -desde añejos tragos hasta el más simple de los
cafés en pocillo-. La amabilidad de aquellos camareros era propia de una Buenos
Aires señorial que desapareció; y estaban finamente entrenados para no cruzar
su vista con la de la clientela del local
(“no recordaré tu rostro” parecía ser el mensaje cómplice de quien sabe
de códigos).
No era un cabaret, no era un bar, no era un
café como todos los demás, o quizá era todo eso al mismo tiempo, allí podías
desayunar con unas excelentes medialunas a la mañana, tomar algo a la tarde
luego del trabajo, o echarte a perder en tu noche más melancólica, ya que como
todos los verdaderos lugares de leyenda, Orleans parecía nunca cerrar sus
puertas.
Lo
cierto es que el buen Quique allí estaba bajo la luna de un lejano invierno,
anclado como buque de gran porte cuyo puerto de escala era una mesita contra la
ventana justo en el corner norte de aquella cafetería crepuscular, posición que
le daba una visión de panóptico sobre todas aquellas aventureras de la vida que
lo miraban con ojos chispeantes, ojos de lobas (como diría el gran Hank), con
su metro noventa y sus más de cien kilos, mi amigo era un peso pesado al cual
respetar que se había acoderado en su mesa y levantaba las cejas resoplando entre
el humo que aún se respiraba en los locales nocturnos antes de que la
inquisición prohibicionista aboliera el cigarrillo primero, los cabarets luego,
y por último la vida misma. En aquel tiempo, aún se vivían noches reales donde
había que salir, lejos aún de la llegada del placebo de los celulares y las
nefastas redes sociales de perdedores.
Quique
había, por aquel entonces caído en la perversa telaraña de su primera esposa en
un matrimonio demasiado joven y prematuro que un tiempo más tarde no terminaría
bien. “Todo lo que termina, termina mal” diría el Salmón. Las discusiones eran
frecuentes, pero aquella noche al dar el portazo de salida hacia el bálsamo de
Orleans, de algún modo dejó atrás muchas inseguridades, reproches y aquel
sentimiento de tóxico cautiverio. Fue el comienzo de un final anunciado.
Poco
tiempo atrás habíamos visto Leaving Las
Vegas en el cine, y en la noche noventista de Buenos Aires era fácil
sentirse mimetizado con ese Nicolas Cage rescatado por una inolvidable
Elizaberh Shue encarnando a Sera, la puta más encantadora de la “ciudad del
pecado”.
La
Sera de Quique resultó ser una dominicana de piel más oscura que una noche sin
estrellas y un acento que para el oído del pirata romántico sonaba como el
canto de una sirena del caribe. Con ella compartieron algunas cervezas en
Orleans y un turno en el hotel de allí a la vuelta cuando acordaron todo. Pero
la charla fue lo más encantador de la velada, hablaron de viajes, de dejar
atrás un pasado que los oprimía por distintas razones, y de cómo escapar por
fin en busca de esa quimera de la libertad que mi amigo no parecía encontrar en
Turdera ni la dominicana en su lejana isla. Ese sueño de “la vida mejor” que
destella allá a lo lejos y parecemos nunca alcanzar. Por aquellos tiempos,
salir solo en la noche era como salir al mar en busca de un reino idealizado
como la leyenda de El Dorado. Atrás quedaba aquello de lo cual escapábamos y
por delante, quizá, una ilusión, pero en el océano éramos libres del oscuro
puerto de partida dejado a nuestras espaldas en busca de un anhelo. Lejos aún
de la irremediable irrupción de la tiranía de las redes antisociales, en ese
entonces, la noche era la ruta de los sueños.
10
AM de la mañana siguiente. Y yo ya estaba sentado en mi escritorio cubierto de
papeles, cuando Quique irrumpió en la oficina desprolijo, con el nudo de la
corbata flojo y sin afeitar. Me dijo: “estoy sin dormir. Vengo del telo de la
vuelta de Orleans”. Inmediatamente comprendí que la historia que tenía para
contarme era mucho más interesante que mis expedientes. Así que hice a un lado
dodos esos grises escritos judiciales y me dispuse a escuchar el relato de la
aventura nocturna de mi amigo, quien con lujo de detalle me relató su odisea.
Ocasionalmente
Quique resultaba ser mi compañero de salidas a la noche, en un tiempo donde
ambos éramos quijotescos conquistadores en recorridas porteñas más cercanas a un
guion de película de Olmedo y Porcel que a un film de superhéroes. Lugares ya
desaparecidos como el precitado Orleans, el mítico Montecarlo de la Calle
Carlos Pellegrini, o Affaire, de Córdoba y Pueyrredón solían servir como
nuestros refugios donde entre cerveza y cerveza nos dedicábamos a debatir sobre
los primeros largometrajes de Tarantino, o simplemente a putear a algunos de
nuestros jefes, con quienes jamás nos cruzaríamos en aquellos santuarios de la
vida y de la nocturnidad; hay sujetos a los cuales cuesta imaginar fuera del
horario laboral, gente que nació para el trabajo de escritorio y no podría
sobrevivir al caer la noche.
Trabajábamos
en el área de legales de una repartición de la Administración Pública. Allí no
abundaban los soñadores, por eso resultó natural que dos outsiders como Quique
y yo congeniáramos desde el principio. Ambos
éramos fanáticos del boxeo en tiempos en los cuales había grandes combates para
comentar los lunes: Tyson/Hollyfield 1 y 2, De la Hoya/Chávez etc. Y los dos
teníamos gustos similares en materia de cine, libros, música, etc., por eso
resultaba gratificante intercambiar opiniones acerca de Bukowski, Sabina, o
Nick Cave, mi amigo tenía además una prodigiosa memoria y era capaz de recitar
de corrido poemas o diálogos de películas, todo lo cual resultaba un idioma
críptico incomprensible para el resto de nuestros compañeros de celda en aquel
edificio público de paredes grises y geométricas.
El
gran Quique se desplazaba con la lentitud y la pesadez propia de su gran
lastre. Cercano a los dos metros, se cansaba con facilidad, sobre todo al subir
las escaleras desde la planta baja hasta apenas el segundo piso donde estaban
nuestras oficinas, y no era poco frecuente que cuando caminábamos por la calle,
me pidiese que aminore la marcha. “¡El león es el rey de la selva, pero con el
elefante no se mete!”, le dijo una vez a modo de consuelo al pasar por un
pasillo uno de nuestros jefes (de los pocos a quienes realmente apreciábamos):
el Doctor Lupani, un gran sujeto que una tarde de noviembre de 2002 se voló la
cabeza con su revólver Smith & Wesson
357 Magnum harto de la chatura que lo
rodeaba. “A mí nunca me verán envejecer”, le escucharon decir el día anterior
al salir de su oficina. Hombre de principios firmes.
Quique
tenía cierto pesar que arrastraba de familia. Quizá por tradición, mandato
cultural o vaya uno a saber qué, en su primera juventud se había volcado a
estudiar derecho, en contraposición con su hermano que solo jugaba al básquet.
Lo cierto es que con el tiempo, ese hermano que hacía picar una pelota de goma,
llegó a ser jugador de la selección nacional y luego Director Técnico de
equipos en Europa, con toda la fama y el glamour que eso conlleva, en tanto
quien había seguido los pasos formalmente correctos de ir a la facultad terminó
arrumbado en las frías oficinas de los empleados estatales. De allí, que seguramente
Quique se transformó en una suerte de hippie crónico comparado con quienes
ocupaban los escritorios que lo
rodeaban, como forma de tardía rebeldía.
Pero
igualmente cabe destacar que mi gran amigo era desde lo profesional,
inobjetable. De los mejores abogados penalistas que yo haya conocido. Cuando un
tema de justicia criminal era realmente picante, se lo asignaban a el, y todas
las críticas que le efectuaban por su manifiesta informalidad personal,
parecían esfumarse. El Quique tenía en su estudio privado paralelo a su trabajo
estatal, una nutrida cartera de clientes que incluía a sujetos de áspera
estirpe del bajo mundo del delito, y allí se movía como pez en el agua con una
agilidad que contrastaba con su fatigoso andar ya descripto. Si tenías un
problema de materia penal, el era el profesional indicado, ¡y a no dudarlo!
Tenía la pasta y los nervios de acero que esos menesteres requieren. Cierta vez
estábamos almorzando en un bar, y le sonó el celular, atendió y escuchó durante
unos segundos, luego se despidió cortésmente y cortó resoplando resignado.
“Quien era”, le pregunté. “No, nada. La familia de un preso, amenazándome de
muerte”, contestó. Y siguió charlando
conmigo como si nada.
Por
su forma de ser siempre fuera del sistema y de las formas, nunca fue valorado
en toda su magnitud desde lo profesional o laboral en aquella estructura
estatal donde trabajábamos. Sus desprolijidades, su impuntualidad y la falta de
cuidado de su imagen personal parecían -a los ojos de la “superioridad”- pesar más
que su inobjetable talento como abogado. Era como un Houseman del derecho. Y
por sus ironías nunca bien recibidas por la jefatura de turno, se asemejaba más
bien a un Ringo Bonavena con título universitario que se daba de bruces con la
rectitud y falsa sensatez de la pirámide jerárquica en la cual habíamos caído.
Con
esos pergaminos de irreverencia, el Quique no podía ser menos que uno de mis
mejores amigos y nunca me falló en las malas, cuando los cobardes suelen
hacerse a un lado.
Con
el paso de los años y las rotaciones de personal en la oficina, dejamos de
vernos a diario. No obstante cada tanto nos hacemos un tiempo para algún café o
una cerveza en nuestro medio natural: las calles del microcentro. En la
actualidad nuestras charlas conservan su halo de disconformidad y queja
permanente, propias de dos viejos antisistema en estado crónico. Pero seguimos
hablando de mujeres, de Bukowski y de Tarantino. Solo que ahora todo tiene un
dejo de nostalgia, esa nostalgia que de a poco empieza a ocupar el lugar
protagónico que antes tenía la ilusión.
Hoy
siento el viento frío de una tarde de invierno que me pega en la cara mientras
camino por la avenida Córdoba desde el bajo en dirección a Florida. Nuestro
querido Café Orleans ha sido clausurado allá por el año 2015 a raíz de una
infame denuncia de una ONG a la cual la Justicia Federal hizo lugar. Al
parecer, el lugar, vinculado a una consejal del
kirchnerismo, servía como base para el ejercicio de la prostitución de
algunas mujeres que de forma encubierta se sentaban en las mesas del bar,
desvirtuando la habilitación original de dicho local. ¡Quien lo hubiera dicho!,
¡cosa deshonrosa si las hay!, ¡enciendan las hogueras de la farsa del
puritanismo y arrojadlo todo a las llamas eternas! La hipocresía nuevamente
logró que las chicas de San Martín y Córdoba deban ocultarse ahora en páginas de
escorts de internet para continuar trabajando, solo que en forma insegura y
bajo su propio riesgo.
Los
hermosos ventanales clásicos de estilo francés del Café Orleans han sido
tapiados con inmensas placas de metal que impiden ver hacia adentro del local,
sobre los cuales se entretejen redes de alambres de púas a modo de bestial muro
de Berlín que resguarda a las almas puras que circulan por la calle del peligro
de los demonios pecadores que de seguro no fueron exorcizados de dicho antro y
aún moran en su interior… junto a nuestros recuerdos.
Aún
así, entre las abyectas chapas que a modo de blindaje moral cubren toda la
esquina, alcanzo a ver entre los cortantes filos del alambrado de navajas en
forma de espiral, un nombre grabado en letra cursiva en los cristales del
ventanal que se pretende ocultar. En medio de ese muro del horror, de cables de corona de espinas, por sobre las
placas, aún en tipografía dorada puede leerse: Café Orleans. El vocablo rebelde parece saludarme como un viejo
amigo prisionero que saca su mano entre las rejas y me dice: “no me olvides”. Y
claro que no te olvido, así como no olvido a los buenos compañeros de la ruta y
de las noches, como el gran Quique.
Justo
me está llamando, veo su nombre en el identificador de mi celular. Vayamos pues
por unas cervezas y brindemos por los buenos tiempos.
Por César Rodríguez Bierwerth
martes, 27 de junio de 2017
martes, 13 de junio de 2017
lunes, 30 de mayo de 2016
LA RUTA DE LOS INMORTALES nuevamente en Mar del Plata
Sábado 4 de junio. Estaré una vez más en Mar del Plata presentando mi libro. Puede escucharse una entrevista radial que me harán mañana martes 31 de mayo a las 18 hs en la Radio de la Universidad Pública de Mardel en el programa Juego de Palabras.
domingo, 28 de febrero de 2016
jueves, 10 de diciembre de 2015
CARTA DE UN FIERRERO A SU HIJO
(Dedicado a mi hijo
Mateo, nacido el 18/11/15)
Tomado fuertemente a la
mano de tu madre, estuve allí cuando llegaste. En ese instante fundacional,
marcado en la eternidad, cruzaste tu mirada con la mía y tu llanto –que fue mi
risa– sonó como el rugido del joven león que recién arribado a la selva anuncia
el comienzo de su reinado, espantando a las jaurías de oscuras hienas del
infierno.
Fue el triunfo del imperio de la luz por sobre las
tinieblas y sus fantasmas temerosos.
Luego te tomé en mis brazos, que fueron más fuertes que
nunca, te aferré a mi corazón en un abrazo que durará por siempre y te juré que jamás te abandonaría.
Bienvenido a la ruta, mi pequeño guerrero. “Welcome to
the jungle” como decía aquella canción de mis tiempos que ya te haré conocer,
como tantas otras pertenecientes a una época dorada donde mi generación fue
parte de ese milagro llamado rock n`roll. Te contaré historias de guitarras
estridentes y corazones rotos. Te contaré cuando pude ver en vivo a Luca, a
Cerati, a Federico, a Miguel Abuelo, a Cobain y Michael Hutchence de los INXS.
Esas leyendas cuyos nombres leerás en los libros donde se escribe la historia
de quienes ofrecieron sus vidas al fuego eléctrico dejándonos sus canciones. Te
contaré de mis noches en sótanos, bares y discotecas. Noches que se
transformaron en mañanas que destellaban en los ojos de los vampiros de mi
especie quienes nos reagruparíamos en la siguiente luna para nuevas y románticas cacerías piratas.
Bienvenido a la ruta, hijo del viento y las estrellas.
Antes de que duermas voy a contarte un cuento bajo el cielo de una noche cálida
en la que volarán tus sueños, y creeme que tengo muchos relatos para contarte.
Algunos dicen que soy bueno como narrador. Cuentos de carreteras perdidas y de
héroes inmortales. De batallas donde los fierros clásicos desafiaban al imperio
del plástico, cuentos de pumas, de fantasmas y de dragones. Algunos que incluso
mi abuelo me contaba, ese mismo viejo sabio que a veces aparece en mis
historias. Cuentos que te harán volar con tu imaginación a fantásticos reinos
donde aventureros en autos de hierro rescatan bellas princesas soñadoras.
Bienvenido a la ruta de los gladiadores, hijo mío, ya que
no nacimos como parte de la realeza sangre azul. Nuestra sangre es caliente y
se derrama por causas justas o por locas
utopías. Nunca le falles a un amigo,
algún día él también te dará una mano cuando la necesites mientras los cobardes
de siempre te ignoren. Podés enamorarte una y mil veces, y estate seguro de que
romperán tu corazón; pero te levantarás hasta llegar al alma de esa que te
soñaba aún antes de conocerte.
Solo podrás confiar en unas pocas cosas en esta vida que
inicias: en tu madre, en mí, en los perros…y en los autos clásicos. El día de que
le des arranque a un auto de seis u ocho cilindros y lo aceleres sintiendo ese
olor a nafta, y el rugido de ese motor, sentirás que algo en vos cambió para
siempre y ya no habrá vuelta atrás. De eso están hechos los verdaderos hombres,
allí sabrás que ningún sueño de libertad es imposible, y solo es cuestión de
girar la llave, poner en marcha y salir a buscarlo.
Bienvenido a la ruta, mi nuevo compañero de carretera. En
este camino conocerás amigos mecánicos que entre mate y mate te demostrarán que
son más de fiar que ese estúpido nerd graduado en Silicon Valley y que acaba de
diseñar el primer auto híbrido argentino. Conocerás chapistas, carburistas,
chasistas, y toda clase de locos forjadores de esta maravillosa cultura del
metal pesado.
Palabras como Chevy, Falcon, Valiant, GTX, Torino y
tantas otras, se te volverán familiares. Comprenderás que los mejores planes
surgen de charlas en las cafeterías de las estaciones de servicio. Y cuando
aceleres por una ruta despejada con el sol en el horizonte entenderás por fin
de que hablaban todas esas letras de rock que te haré conocer.
Recorreremos pueblos perdidos con personajes misteriosos
y protagonizaremos nuevas historias extraordinarias. Te presentaré a los locos
amigos que aparecen en mis cuentos para que veas que son reales. Pararemos al
costado del camino para comer un asado con ellos, y luego seguiremos adelante.
Aprenderás a percibir el perfume de los caminos cordobeses allá por la ruta 38,
y también a disfrutar del aroma de la sal marina cuando surquemos el camino de
la costa, y al regreso a la ciudad, el olor de la lluvia sobre el asfalto de
las calles te hará saber que retornamos a casa, solo para planificar nuestro
próximo viaje. A pura nafta súper.
Siempre voy a protegerte, mi pequeño ángel del camino.
Como alguna vez escribiera en otra historia: no voy a soltarte, no voy a
dejarte caer. Tengo infinitas heridas en el cuerpo y en el alma que me hicieron
más fuerte y más sabio, quizá también para enseñarte a no cometer mis errores.
Algunas cicatrices dignifican e inspiran respeto a quien sobrevivió para
contarlo. He perdido muchos buenos amigos que cayeron en batalla y a los que
nunca olvido. Y debés saber que cuando ahora te tengo en mis brazos y veo la
inocencia de tus ojos que me miran con asombro, sé que todas mis luchas
sirvieron para ser tu mejor custodio. Te enseñaré a sobrevivir en la noche, ese
apasionante territorio con sus miles de trampas mortales. A mí nadie me enseñó
y aprendí a los golpes. No es fácil, pero se aprende.
Bienvenido a la ruta, regalo de Dios, de seguro algún día
armaremos algún acorazado de cuatro ruedas con un gran motor naftero que nos
llevará juntos a escribir nuevas páginas de este libro de aventuras que para
vos recién comienza. Lo rescataremos del óxido y del tiempo, y sentirás que es
tuyo para siempre. Sé que en algún lugar hay uno que te espera.
Y así, cuando llegue el momento, finalmente estarás listo
para la carretera y te dejaré libre para que hagas tu propia historia, sabiendo
desde luego, que siempre contarás conmigo. Mientras tanto, y hasta que llegue
esa instancia: aferrate a mi mano. Bienvenido a la ruta de la vida y de los
sueños. Kilómetro cero.
Por César
Rodríguez Bierwerth
sábado, 8 de agosto de 2015
CUCHILLEROS FROM HELL
El Rambler Ambassador negro
estaba estacionado sobre la calle Salguero frente a la torre de
departamentos del 470 con sus luces
apagadas en esa fría noche de domingo. Su único ocupante sentado en silencio
tras el volante tenía su mirada clavada en el ventanal del segundo piso a la
calle de aquel edificio donde podía observarse un luminoso living bien
amoblado en el cual una bella mujer en sus cuarentas jugaba con sus dos
pequeños hijos, en tanto su marido entraba y salía de la escena hablando con un
teléfono inalámbrico como recorriendo los ambientes de la casa de punta a
punta.
Juan puso un cassette TDK en el estéreo del Rambler y
comenzó a sonar “Repetition” de Information Society. Volvió a dirigir su mirada
hacia aquel living donde ella jugaba con los niños en un clima mucho más cálido
y acogedor que el de la calle y suspiró: “Julieta, te dedico nuestra canción,
la que tanto escuchábamos en esta misma cinta, en este mismo auto”. Pero la
bonita dama del living no podía escucharlo. Ni a él, ni a su viejo tema
musical.
Entonces Juan se dijo a sí mismo: “Todo en orden esta
noche, tengo otras cosas que hacer”. Dio arranque a su motor Tornado y salió
rumbo al Obelisco, atravesando las luces cómplices de la noche más melancólica
de la semana, tomando por Corrientes, para no sentirse tan solo. “La avenida
Corrientes nunca me abandonará. Nunca se apaga”, dijo en voz baja. Cuando cruzó
la 9 de Julio para encontrar un lugar para estacionar sobre mano izquierda. Se
miró en el espejo retrovisor interno y controló que su peinado con gel tirante
hacia atrás como un tanguero fuera de tiempo estuviese correcto. Se bajó de su
auto y caminó hasta el bar que lo esperaba. Juan tiene una misión. Entró al
pequeño Café Parisien de Lavalle y
Carlos Pellegrini a la medianoche de aquel domingo, cuando la gente normal ya
está guardada en su casa viendo resúmenes de fútbol, tratando de anestesiar la
inexorable llegada del lunes.
El Café Parisien
es uno de los bares más minúsculos y estrechos de la ciudad, tanto como el Café del Biógrafo de la avenida San
Juan. Tiene sillas de madera y unos
manteles de cuerina roja son seguramente fáciles de limpiar para las camareras
morochas que lo atienden. Se quitó su piloto impermeable gris de Mc Taylor y lo
dejó en el respaldo de la silla desocupada de la mesa que eligió para sentarse,
junto a la ventana del lado de la peatonal, frente al negocio de cueros truchos
para turistas desprevenidos. Miró hacia afuera y vio a los tarjeteros con sus
holgados equipos de gimnasia imitación Adidas de la selección y sus gorras de
visera recta como reggaetoneros de baja estofa esperando potenciales clientes. Solo
había otras dos mesas ocupadas: en una, unas chicas dominicanas estaban
terminando de cenar unas milanesas con abundante cerveza, hablaban en voz alta
y reían festejándose cada cosa que decían. Un poco más allá, junto al gran
espejo lateral que ocupa una pared entera del bar, una madre con su hijo
adolescente en silla de ruedas tomaban unas Coca Colas –ella Coca Light, él
Coca común–. El chico en su asiento rodante prolijamente estacionado en su mesa
parecía no coordinar bien su motricidad física y con sus ojos extraviados
recorría las luces del techo, haciendo giros semicirculares con su cuello
desarticulado. Tenía un codo sobre el apoyabrazos de su silla y hacía
movimientos anárquicos con su muñeca y su mano izquierda. En tanto, con su mano
derecha se aferraba a su vaso y su madre lo ayudaba a servirse sorbos de su
bebida gaseosa. Juan los observó y percibió un aura luminosa en esa escena, en contraposición
con la carga negativa de la mesa de las dominicanas.
En el Parisien
tenían sintonizada la radio ASPEN 102.3 y en el aire sonaba un tema de los
Housemartins (Juan recordó parte de la letra). La camarera morocha turno noche
se acercó a su mesa y el pidió un café en jarrito. “Solo café”, aclaró. Cuando
la chica le dio la espalda y se dirigió a buscar el pedido, él la miró irse con
esos pantalones ajustados, por supuesto. No era la “gran cosa”. Pocos minutos
después, un africano vendedor de objetos brillantes entró en el bar con su
caja-muestrario de relojes, cadenas y pulseritas doradas. Pasó frente a las
dominicanas que lo ignoraron, en tanto la madre del chico de la silla de ruedas
le hizo señas como de no querer comprar nada. Entonces el negro alto se acercó
a Juan, quien con una sonrisa le dijo: “No, gracias, amigo”. Pero el inmigrante
en lugar de alejarse, apoyó su caja plegable de mercancías destellantes sobre
la mesa. La camarera morocha también se acercó a servir el café en jarrito, y
el vendedor esperó que la chica se alejase. Entonces mirando fijamente a Juan,
le dijo con acento subsahariano: “Uno de ellos está por venir”. Cerró su
portaobjetos y salió del bar. El solitario hombre engominado consumió su pedido
en tres sorbos, y allí sentado, disimuladamente comenzó a hacer leves
movimientos de elongación de cuello hacia ambos lados. Luego lo mismo con las
muñecas con pequeños giros circulares con las manos. Después, con mayor
discreción aún se tanteó la espalda a la altura del cinturón, y su arma estaba
allí, en su lugar.
De repente, el ambiente del bar pareció congelarse por
una bocanada de aire frío que vino de la calle cuando la puerta se abrió y
entró él. Ese sujeto de ojos achinados y certeros que se paró un instante en la
entrada mirando las mesas para elegir minuciosamente en cuál sentarse. Llevaba
puesto un poncho que resultaba algo llamativo en el centro de la ciudad y su
figura transmitía una aspereza cruda. Recorrió con su gélida mirada a las
dominicanas, a la madre con su hijo en la silla de ruedas y por último detuvo
su visión en Juan, quien a su vez lo observaba atento. Finalmente, se sentó
junto a la mesa del joven y su mamá, al lado de la escalera descendente que va
a los baños. Recién allí sentado se dibujó en su rostro una primer sonrisa como
cruel y burlona con sus labios delgados de expresión mentirosa. Entonces allí,
más cómodo observó a las caribeñas desinteresadamente, luego al adolescente que
intentaba terminar un sorbo de su Coca Cola, y allí esbozó una contenida
carcajada de sorna, todo ello para por último posar sus ojos rasgados sobre
Juan que con su estampa engominada se situaba expectante en la otra punta del
bar. Cuando la camarera se acercó al recién llegado, este solicitó una carta
como para ganar tiempo sin hacer ningún pedido en concreto. Cuando la chica le
dio la espalda, no la miró a ella, ni a la carta y continuó con sus ojitos
clavados en la figura del hombre que solitariamente ocupaba la mesa junto al
ventanal que da a la peatonal Lavalle, quien, peinado para atrás, tomó una
servilleta de papel de su mesa con la cual se secó la frente.
Luego de ello Juan pidió la cuenta y sonrió algo nervioso
a la mesera morocha. Ya no la miró alejarse. Cerró los ojos un instante y la imaginó
a Julieta, pero quizá no a aquella del segundo piso del departamento de Salguero
al 470, sino a “su” Julieta, seguramente la de veinte años atrás bajo el sol en
una playa a cuatrocientos kilómetros de buenos Aires. Cuando volvió a abrir sus
ojos, volvió a la realidad de la mirada achinada y rústica del sujeto sentado a
pocos metros de él. Era la mirada de un rival.
Entonces Juan se levantó, caminó hacia la puerta que baja
a los baños, y pasó junto al tipo del poncho como si el mismo no existiera. Este
lo siguió con esos ojitos certeros hasta que el engominado traspuso esa sobria
entrada hacia las profundidades más céntricas de la ciudad. Entonces, el hombre
de áspera figura, esperó unos segundos apenas, dejó de sonreír, se levantó de
su mesa y emprendió el mismo descenso que su predecesor hacia los baños del
subsuelo.
Cualquiera que haya estado en el Parisien sabe que la bajada a los toilettes es laberíntica,
estrecha y sinuosa, y al final de ese camino se encuentra el minúsculo baño de
hombres. Allí, con la espalda apoyada contra la puerta de la figura del
hombrecito de metal, estaba Juan esperando al forastero con su cuchillo japonés
Cold Steel táctico de acero
quirúrgico en su mano derecha. Su rival llegó hasta enfrentarlo a una distancia
prudencial, se quitó su poncho y lo enrolló alrededor de su antebrazo
izquierdo. Juan le dio tiempo a que terminara su preparativo. Códigos. El
achinado entonces sutilmente llevó la mano a su espalda y desde su cintura sacó
un facón plateado tan largo que parecía nunca terminar. Juan se perfiló, su
contrincante no. Este simplemente adelantó su brazo emponchado izquierdo a modo de defensa o escudo,
entrecerró sus pequeños ojos, emitió un chillido de chancho salvaje o quizá de
hiena, y tiró el primer puntazo apuntando al corazón del hombre de gris que en
puntas de pie, lo esquivó y tiró dos diagonales con su cuchillo táctico como
dibujando una “X” que cortaron las dos yugulares internas del cuello del
villano, que comenzó a sangrar, y como bestia herida se abalanzó resoplando
odio contra Juan, que lo frenó con una patada frontal al pecho.
El achinado cayó de espaldas. Perdía abundante sangre y
ya no tuvo fuerzas para levantarse. Lo último que vio fueron los spots del
techo del angosto pasillo subterráneo.
Segundos más tarde se escucharon los pasos descendentes
cada vez más cercanos del “recolector”. Toc
toc toc, sus pesados zapatos de trabajo Ombú
bajando la escalera resultaban inconfundibles. Al fin asomó su robusta figura
con su uniforme de encargado de edificio: “Recolectooor”, gruñó con la
resignación de quien tiene asumido un trabajo rutinario. El hombre traía una
gran bolsa de consorcio negra con cierre zip. Se detuvo frente al cuerpo sin
vida del cuchillero que yacía sin vida con el cuello ensangrentado con dos
profundos cortes. Lo miró a lo largo, como estudiándolo y se detuvo en los
detalles del poncho y el largo facón plateado. “Este debía tener más de un
siglo en la zona intermedia. Sin
aura… en fin… punto a favor de los buenos,
muchacho”, le dijo a Juan mientras este se retiraba escaleras arriba. Y agregó:
“¿Vos desde cuándo estás?”, “17 años ya”, le contestó el hombre del impermeable
gris sin darse vuelta mientras ascendía
por el angosto pasillo hacia la planta principal del Parisien.
Allí volvió a ver al chico en su silla de ruedas con sus
ojos extraviados que le extendió su mano desarticulada en señal de amistad.
“Buenas noches”, le dijo Juan frente a la sorprendida mirada de la madre
mientras chocaba los cinco con el adolescente.
Luego salió del bar. El Ford Fairlane fúnebre del “recolector”
estaba detenido con las balizas encendidas sobre Pellegrini.
Esa
fría noche de domingo aún no terminaba. Caminó hasta su Rambler Ambassador estacionado sobre Corrientes. Se subió, puso
primera y salió rumbo a la calle Salguero, donde volvería a estacionar a la altura del 470 para custodiar en
silencio una ventana desde la cual jamás
lo verían.
Existen ejércitos de cuchilleros del bien y del mal,
enfrentándose eternamente en la noche de
Buenos Aires esperando su turno para pasar a otros planos. Son invisibles
custodios de almas luminosas u oscuras. Los delincuentes les rezan a los suyos en
altares que levantan en cárceles y en sinestros rincones cuando planifican
algún golpe. En tanto que las buenas personas a veces los reconocen y estrechan
sus manos… y otras veces no saben escucharlos, pero sus ángeles ignorados y
llenos de recuerdos, con sus afiladas armas de seguro estarán allí. Cerca.
viernes, 29 de mayo de 2015
VIEJOS LOBOS
8
PM, hace rato que el tímido sol de otoño se escondió y la noche declaró el
comienzo de su reinado. Ayer fue viernes, mañana no sé, ni me importa. La avenida
Santa Fe bajo mis pies late. No como en otras épocas, pero aún lo hace, lejos
de su esplendor, lejos de Cinema, de Tower Records y de Filippo, aún trata de
conservar ese glamour que alguna vez la llenaba de orgullo. Ahora hasta la
hicieron doble mano, una atrocidad. Algo así como cambiar por la fuerza el
curso de un río. Daría cualquier cosa por escuchar a Crystal Waters. Nada le
sienta tan bien a la noche de sábado por esta zona como Crystal Waters o
Depeche Mode. A los Depeche los puedo
escuchar en unas horas en “El Living”, que inexplicablemente sobrevive, como
yo. A Crystal Waters creo que debo escucharla en algún lugar más vicioso y
oscuro, pero ya quedan pocos de esos, y en ninguno se respira aquella atmósfera
de vanguardia de las noches de “Gypsy Woman”, o de “Show me love” de Robin S.
Cuando sonaba “Show me love”, ya te sentías a salvo, en un sótano tan profundo,
sin reglas y con olor a humedad y cigarrillo, que ya no querías que nadie te
rescate de allí. Bienaventurados aquellos que conocimos aquellos pequeños
infiernos de habilitaciones municipales precarias, donde aún se podían
transgredir normas sociales.
A minutos de allí, la avenida
Corrientes mantiene su eterna vigencia nocturna con su infinita cartelera
teatral y las mejores pizzerías del mundo.
A
Recoleta la mataron cuando las huestes moralistas cerraron uno a uno sus
fantásticos cabarets. Y comenzaron a abrir patéticas franquicias de
hamburguesas caras, café caro, tortas caras y toda esa basura apta para todo
público, y así le quitaron la adrenalina de su oscura clandestinidad con clase,
llena de misterios y aventuras.
En
Palermo y en San Telmo es imposible estacionar, y si bien hay buenos lugares
para comer, el gran “medio pelo” argentino que abarrota todas las mesas de cada
local colapsado de gente, tira muy abajo la onda de esos lugares; tanto que ni
siquiera las turistas brasileñas que hablan fuerte y lucen orgullosas sus
escotes bronceados, pueden levantar la situación.
Aquel sentimiento que en otros tiempos
fue adrenalina pura, hoy mezcla sus agitadas aguas con cierta nostalgia que no
se si quiero tener. Pero es inevitable. Recuerdo aquellas líneas maestras de
una canción que rezaba eso de que “la noche tira un salto mortal…y el joven
lobo quemándose de amor” Hasta que el joven lobo se transforma en viejo lobo y
ya no puede quemarse de amor, porque se ha vuelto blindado con sus cicatrices.
Lobo al fin.
Pero en definitiva, solo aquel que
conoce la ciudad y la noche, es quien valora esa extraña paz que se alcanza en el
camino cuando uno se aleja de casa y toma la ruta. Supongo que hace siglos los
navegantes que dejaban las costas europeas, adentrándose en el mar sin saber lo
que les esperaba en ese océano de leyendas pobladas de mitos y monstruos
marinos, debían sentir algo parecido en cierta medida. Pero el espíritu de
aventura y las ansias de descubrimientos eran aquello que los impulsaba a
seguir adelante en aguas desconocidas.
Con mis amigos diseñamos un sistema
casero artesanal para el acelerador de mi motor V8 350 de 260 HP. Resortes,
cables y tuercas ajustadas por nosotros mismos, algo que sería impensable en un
auto nuevo con sus sistemas electrónicos de computadoras diseñadas para los
maricas que ven el “Informe Automotor” de
Canal 13 con las novedades del mercado del plástico. Yo prefiero bajar el pie
derecho pisando el acelerador hasta sentir las vueltas del metálico caracol de
metal que va a los brazos del scoop que abre sus ojos, tensando todo ese poder
que pasa por el burca que tira sus chorros de nafta; el perfume de los dioses.
Acelero cuando yo quiero, y cuando lo decido, puedo levantar el pie. Como la
vida misma. Busco el equilibrio entre el vértigo y la calma; golpear y ceder,
como decía Bruce Lee aplicando la teoría del yin y el yan.
Y si la avenida Santa Fe sonaba a
Depeche Mode y Crystal Waters, la ruta suena a Creedence y a The Cult, con sus
carteles de kilómetros y de avisos de maquinaria agrícola. Los extraterrestres
de la ruta 38 junto al Uritorco, los puestos de naranjas de la zona de San
Pedro, una parrilla pasando Zárate, o aquel bizarro hotel rutero de Armstrong
que tiene garaje techado, una excelente opción de cocina para la cena y es
ideal para hacer noche y seguir.
En la silenciosa soledad de esos
hospedajes y sus habitaciones singles básicas puedo encontrarme y reencontrarme
conmigo mismo y con los misteriosos monstruos marinos que me acechan en la
carretera.
Recuerdo que siendo un niño, mi abuelo en
los veraneos me llevaba a una quinta que tenía en las islas del delta, donde él
era seguramente feliz. Y una tarde en el muelle frente al río yo le pregunté:
“si te gusta tanto estar aquí en la naturaleza, ¿Por qué no te venís a vivir
acá?”, entonces él me contestó desde su infinita sabiduría: “porque uno
necesita un poco de todo. Cuando estoy mucho tiempo aquí, extraño cosas de la
ciudad, y cuando necesito volver a estar junto al rio entre los árboles y los
pájaros, simplemente vuelvo a mi ranchito del Delta”. En ese momento no se si
entendí. Años más tarde me veo haciendo algo parecido.
Hasta Luca Prodan llegó en su momento desde
Europa hasta las sierras cordobesas escapando de su adicción a la heroína. No
duró mucho allí, y poco tiempo más tarde estaba tocando con su banda Sumo en
los sótanos porteños. Doy gracias a Dios de haberlo visto en vivo.
Puedo alejarme de la ciudad cuando lo
necesito y ser parte de la ruta. Y luego volveré, sé que volveré una y otra vez
a Buenos Aires así como se vuelve a una novia a la que no se puede dejar. No sé
si pertenezco a la ciudad o a la ruta a esta altura. Historias de viejos lobos.
Por CESAR RODRIGUEZ
BIERWERTH
viernes, 8 de mayo de 2015
LA RUTA DE LOS INMORTALES POR POP RADIO
Gracias COCO SILY y CARLA CZUDNOWSKY por sus comentarios de elogio para mi libro en el programa de hoy de "Código Sily" (de 13 a 16 hs por Pop Radio 101.5 FM). Según anunciaron además, próximamente leerán uno de mis cuentos al aire y sortearán entre los oyentes un ejemplar de LA RUTA DE LOS INMORTALES.
http://www.pop-radio.com.ar/
http://www.pop-radio.com.ar/
lunes, 13 de abril de 2015
viernes, 20 de marzo de 2015
viernes, 6 de marzo de 2015
RESCATE EMOTIVO
“¿Estamos en tiempo?”, preguntó Edu mientras
manejaba aferrado a ese volante con el óvalo azul central por avenida Pavón
mano a Capital. “Sí, dale tranquilo que sobra tiempo”, le contestó Beto desde
el asiento trasero donde estaba sentado solo desparramado y mirando para afuera
con naturalidad las caras de asombro de la gente de otros autos que, al ponerse
a la par de aquel Falcon ´70 rojo imperial, trataban de mantenerse paralelos
para sacarle fotos con los celulares. Algunos, quizá los más educados, pedían
permiso a Edu para hacer sus tomas: “¿Te molesta si mi pibe se saca una fotito
con el celu?”, le preguntó el conductor de una Eco Sport mientras el niño hacía
lo posible por encuadrar su toma con un LG de 8 megapixeles que sacaba por la
ventanilla.
Desde el asiento del acompañante del Falcon,
Diego resoplaba “Pfff ¡cómo están
todos ahora con eso de las camaritas, y las fotitos! ¿Cuánto tiempo de sus
vidas se la pasan con esa zanata de las fotitos de acá, de allá? ¡Qué boludez,
por Dios!”. Mientras manejaba, Edu reflexionaba: “Es que les llama la atención
un auto así. Mirá lo que son los autos de ahora, todos de plastiquito, parecen
de juguete, ni ruido hacen”, y desde atrás Beto echaba leña al fuego:
“¿Juguetes?, un Duravit era un juguete. Estos de ahora no son ni eso. A un
Duravit lo podías tirar al piso, patear, te le podías parar encima y nada; no
se rompía ni en pedo. Mirá, mirá lo que es eso”, agregaba señalando a un Clio Mio recién sacado de la agencia. “A
ver, a ver… Renault. ¿Eso es un Renault? Un Renault era un Renault 12, un 18,
que se yo… una renoleta. Pero eso ¿qué es?”. “Bueno, el Renuault 12 siempre fue
feo”, lo interrumpió Edu. “Pará, que mi viejo tenía un Renault 12 de esos y se
la rebancaba”, se defendía indignado Beto. “Bueh… está bien, pero esto es un fierro”, intervenía Diego
golpeteando por fuera el techo del Falcon, y especificaba: “Seis cilindros,
todo de fierro, mirate a vos, todo despatarrado ahí atrás. ¿Adónde vas a estar
así?”. “Ok, ponete algo bueno en el estéreo”, cambió de tema Beto, que
efectivamente estaba despatarrado. Ponete ese de Deep Purple, o el de los
Rolling, que después en el boliche van a pasar toda esa música bailable de
mierda. El de los Rolling mejor”, sentenció Edu desde su puesto de conductor. Y
de inmediato Beto insertó el casete en el Pioneer que hizo clack! y empezó a sonar “Emotional
Rescue” (Rescate Emotivo). Con la voz de Jagger de fondo el Falcon ´70
cruzó Puente Pueyrredón y comenzó a deslizarse por calles y avenidas de la
Capital.
Un auto clásico. Y tres amigos hablando
temas livianos en una noche porteña de sábado. Algo tan simple y tan mágico
como eso.
Diego sacó la cabeza por su ventanilla de
acompañante, y respiró el delicioso aire nocturno de la libertad. Dijo a sus
compañeros: “Éramos tan felices, ¿se acuerdan?, y no lo sabíamos”.
En un semáforo de la avenida Independencia
se detuvieron a la par de un Chevrolet 400, que se veía impecable, con todos
sus cromados, su techo vinílico, sus molduras originales y sus insignias de
Super Sport. Adentro iban unos pibes que aparentaban no superar los 30 años.
Ambas naves pisaron sus aceleradores en el lugar como esperando una largada,
haciendo ruido con sus motores, y cuando el semáforo pasó a verde, en lugar de
salir despedidos hacia adelante, los habitantes de los dos bólidos comenzaron a
reírse cruzando miradas cómplices, mientras salían despacio en paralelo para
poder hablar de auto a auto. Beto bajó la ventanilla trasera del Ford y les
preguntó a los del Chevrolet: “¿Ustedes para dónde van?”. “A buscar a un amigo,
y después para Saint Thomas”, les respondieron los del 400. “Nosotros igual,
pero después nos volvemos para zona sur, Lanús” les dijo Beto con pulgar para
arriba. Al llegar a la Avenida La Plata, el Super Sport dobló, y los muchachos
del Falcon lo saludaron mientras lo veían alejarse. “Es lo que siempre digo”, reflexionaba
Edu. “¿Escuchaste cómo sonaba ese Chivo? ¡Qué importa la marca!, ¡qué sonido,
por favor!”. Beto desde atrás miraba el espejo retrovisor interno como para
cruzar miradas con sus compañeros y susurró con una sonrisa irónica de esas que
encierran secretos: “Saint Thomas, dijo…dijo Saint Thomas…”. “Sí, entendimos”,
dijo Diego como cerrando ese tópico.
Pocas
cuadras más adelante un control policial constituido por un patrullero y varios
uniformados de a pie les hizo señales con una linterna para que se detengan a
un costado de la avenida. Los chicos detuvieron el Falcon prolijamente junto al
cordón y vieron como el Oficial a cargo del grupo se les acercaba sonriente
haciéndoles el saludo militar, llevándose la mano derecha a la gorra. Se apoyó
en la puerta del conductor desde afuera, y mirando hacia el interior del auto
le dijo a Edu: “No te preocupes, era solo para ver el auto… te felicito. ¿Cómo
hacés para tenerlo tan original?”. Los muchachos respiraron aliviados a la vez
que Edu contestaba: “Y…es un laburo, y guita y sacrificio y sacarlo solo para
pasear los fines de semana”. En tanto una agente uniformada femenina se ponía
detrás del auto y anotaba los datos de la patente. “Bueno, sigan, te felicito
nuevamente”, remarcó el Policía, a lo que agregó: “Pero antes ponelo en marcha
y dejame escucharlo un poquito”. Edu giró la llave, de arranque y pisó un par
de veces el acelerador. Puso primera, le dijo buenas noches al uniformado y
siguió su camino con sus dos amigos. Mientras el Falcon se alejaba, la policía
femenina se acercó al Oficial y le dijo: “Estoy chequeando los datos de ese
Ford…y por radio me informaron que es un vehículo siniestrado en 1989…un rodado
que cayó al Riachuelo del lado de Provincia… donde murieron tres de sus
ocupantes y solo se salvó uno. Aparentemente chicos jóvenes haciendo locuras
con el auto…”, allí la Suboficial reflexionó: “¿No será un auto gemelo o algo
así?”.
El
vehículo en cuestión ya se había perdido en la noche de aquel sábado. El
Oficial a cargo del puesto se sacó la gorra y rascándose la cabeza dijo en voz
baja, mordiéndose los labios: “Y pensar que recién los teníamos acá… dejá, no
digas nada. No pasó nada”. El oficio de quien sabe evitar problemas.
Al
llegar a la avenida Díaz Vélez, minutos más tarde, Beto preguntó: “¿Cómo
venimos de tiempo?”. “Bien, bien”, contestó Diego mirando su reloj pulsera.
Estacionaron
frente a la puerta principal del Hospital Durand. En el piso de terapia
intensiva, el Cuerpo Médico acababa de decretar la muerte clínica de un hombre
de 50 años, que venía acarreando problemas cardíacos, sin parientes que lo
hayan acompañado en esa instancia final. El Jefe del equipo de profesionales de
la salud le dijo al grupo a su cargo: “Hicimos todo lo posible por este… Bruno…
como se llame. ¿Alguien para darle la noticia?”. “Negativo”, le contestó uno de
los doctores del recinto con una planilla en sus manos, “En la ficha figura como
divorciado. No sabemos si tenía hijos. Se presentó solo”. El cardiólogo en jefe
agachó la cabeza haciendo un gesto negativo a la vez que reflexionaba en voz
alta: “Qué triste morir así, tan solo sin que nadie venga a buscarte”.
Los
médicos se equivocaban. Solo sacaban conclusiones erróneas frente a un cuerpo
inerte. Bruno –o el Tano, para los amigos– bajó a la carrera las escaleras del
hospital. Y una vez que llegó a la puerta, salió a la vereda y allí los vio.
Sus tres amigos de siempre estaban apoyados en el Falcon 70 resplandeciente
como nunca, esperándolo para una nueva noche de parranda y aventuras.
“¡Por fin, Tano
querido!”, le gritó Edu con los brazos abiertos. Bruno corrió a abrazarlos y
los cuatro compinches de toda la vida volvieron a ser inseparables. Entraron al
Ford, que Salió quemando cauchos,
haciendo tronar ese seis cilindros nuevamente hacia zona sur. “¡Vamos
todos para La Casona a festejar!”,
gritaba Beto sentado atrás ahora con Bruno a su lado. “Ya son más de las dos de
la mañana y recién se empieza a poner bueno. Dale, poné de nuevo ese de los
Rolling”. Y todos rieron como no lo hacían juntos desde 1989.
Existe un plano donde
la amistad es más fuerte que la muerte, donde un Falcon Deluxe 70 espectral
puede ser visto surcar la noche de un sábado. Y donde La Casona y Saint Thomas nunca
cerraron.
Rescate emotivo.
lunes, 26 de enero de 2015
miércoles, 31 de diciembre de 2014
AMIGOS DE HIERRO 3
“Cuando uno sale por la puerta de casa, se enfrenta con un
millón de enemigos” (Gichin Funakoshi -padre del Karate Shotokan-)
Hace
tiempo hicimos un pacto de hierro. Yo curaría tus heridas y vos curarías la
mías. Allí te vi al costado del camino. Oxidado, maltratado, desparejo en
altura, con los anclajes quebrados de tu chasis, y falto de cariño y de
respeto. ¡Perfecto! Me dije a mi mismo. Quizá en definitiva nos parezcamos un
poco, con tu cuerpo y tu alma cubiertos de cicatrices propias del guerrero que
nunca entregó su espada de doble filo, cubierta de sangre seca de tus enemigos
a los que el tiempo olvidó.
Hicimos un pacto de hierro.
Yo te transformaría en héroe y vos harías lo mismo conmigo. Nuestros sueños
eran más grandes que nuestros obstáculos.
Así emprendimos este camino,
en el cual a nuestro paso fuimos conociendo a farsantes, pero también a
verdaderos hermanos de otras vidas con los cuales nos reagrupamos para nuevas
batallas. Locos hermanos forjadores de antiguas armas de metal, que se ocuparon
de la mecánica, chasis y casco (corazón, huesos y armadura). Hasta que
estuviste listo para la ruta, y al acelerar ya nada fue igual, ya no hubo
vuelta atrás.
Los he visto bajar en
caravana por las sierras cordobesas, nos hemos saludado pulgares para arriba en
las avenidas de mi ciudad y en pueblos fantasmas donde los búhos me hablaron en
la oscuridad. Los he visto en los talleres de barrio: fábricas de sueños de
tuercas ajustadas. Los he visto en recorridas nocturnas donde se celebra la
amistad, y junto al mar donde el canto de las sirenas de mi pasado sonaba como
poesía espectral bajo las estrellas.
Hicimos un pacto de hierro.
Yo te contaría algunas de mis historias y vos algunas de las tuyas…y ambos
callaríamos otras que nos reservamos en nuestros heridos corazones.
Yo te haré invencible, te lo
prometí hace años. Vos solo dame la fuerza para no caer.
La carretera que nos espera
está llena de misterios y de seres intemporales. Allá vamos juntos a buscar
buenas historias que luego serán repetidas en los rincones más lejanos como
leyendas ancestrales. Vamos por esa ruta sin nombre atravesando la niebla de
los tiempos a saludarnos con Thiago y su abuelo, con Víctor y Egar en su
Torino, con Guillermo, aquel pintor sin manos en su GTX fantasma; y luego al
llegar a un desierto tengamos una charla con un puma antes del zarpazo final.
Nos perderemos en algún
sendero para encontrarnos con nosotros mismos, mi viejo amigo de hierro. De eso
se trata esta historia que algunos nunca entenderán. Esos mismos que compran y
venden, y se compran y se venden. La historia nunca los
recordará, y algún día estallarán tan vacíos como los airbags de sus autos
diseñados para cobardes, pagaderos en interminables planes contra entrega de
sus almas, para acceder a su basura reciclable de bajas emanaciones tóxicas que
cumple con los estándares y protocolos de sus amos.
Así es, querido compañero de
aventuras. No vivirás como rata ni como topo, porque no naciste para ser
roedor. Tu destino es ser dragón, así te diseñaron en Detroit en los tiempos de
los verdaderos héroes de acción.
Tenemos la fuerza de las
cosas simples, el impacto del golpe con puño cerrado en línea recta –acaso el
camino más corto entre dos puntos-. Somos eternos como el rock pesado:
motor-caja-diferencial (guitarra-bajo-batería).
Hicimos un pacto de hierro.
Iniciamos un camino donde paso a paso nos daríamos lo mejor de cada uno, cada
día, cada mes, cada año. Y a lo largo del sendero vimos a muchos abandonar y
tirar la toalla. Allá ellos, un día se perdieron en nuestros espejos
retrovisores. Esto no es para cualquiera.
Tengamos la sabiduría que
tantos años y tantas noches nos han dado, sin perder aquella inocencia
vertiginosa de ese chico de barrio que en un carro de madera y rulemanes se
lanzaba barranca abajo por la pendiente del Parque Lezama tratando de superar
“la curva de la muerte”.
Así que abran paso y despejen
las rutas, que los dioses del trueno están volviendo.
Vamos mi viejo amigo de
hierro, no voy a soltarte, no voy a dejarte caer.
CESAR
RODRIGUEZ BIERWERTH
viernes, 26 de diciembre de 2014
jueves, 30 de octubre de 2014
EL VESUVIO
“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.” (Jorge Luis Borges –Fervor de Buenos Aires-)
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.” (Jorge Luis Borges –Fervor de Buenos Aires-)
No tiene lógica que ese tipo que vende mochilas, bolsos y camperas
militares en el pasaje subterráneo que va por debajo del obelisco siga allí,
con su mismo puesto con su misma mercadería sin haber envejecido luego de
tantas décadas.
A comienzos de mi secundaria, allá por el ’82, recuerdo que veía a
los pibes más grandes y cancheros que yo, en mi colegio, el Pueyrredón de San
Telmo, que en lugar de llevar sus libros y carpetas en la mano o en algún portafolios, llevaban “morrales” colgando de un hombro en forma vertical (y no
como los malditos posers palermitanos
de hoy, que lo llevan cruzado). Por lo general eran de color verde oliva, y
cuanto más gastados y garabateados con nombres de bandas de rock, escritos en
birome, mejor. Así que no tuve mucho que pensar, y para no ser menos, decidí
obviamente que yo debería tener mi propio morral, y me lo fui a comprar a la
galería subterránea de la 9 de Julio donde el vendedor era justamente este
sujeto de aspecto tan extraño. El tipo parecía una versión siniestra de Larry,
aquel de los tres chiflados, semicalvo y con dos matas de rulos a los costados
de la cabeza como payaso psycho killer. No sonreía ni tenía expresión en
los ojos, y para hablar movía su boca pequeña sin gesticular, con la mirada
perdida como si estuviese repitiendo un libreto de venta de su mercadería, pero
con sus pensamientos en otro lado. Todo eso nos llamó la atención a mí y también a mi compañero de banco del cole, el
gordo Fernando, que me acompañó y se compró también su propio morral. Era fácil
imaginar a aquel puestero con su cara pintarrajeada como un clown decadente y
blandiendo un cuchillo o algún otro elemento punzocortante. Pero, en fin,
tomamos nuestros nuevos morrales vacíos y salimos de la galería bajo el
asfalto, subiendo por la escalera de Carlos Pellegrini, en cuya desembocadura
en aquel entonces se encontraba el inolvidable Supermercado del Disco, un
fantástico megalocal donde vendían vinilos y casetes, y tenían todas las
novedades de aquello que alguna vez se llamó “industria discográfica”.
Luego caminamos por Lavalle, y con las pocas monedas que nos
quedaban hicimos una vaquita para comprar unas “frenys” en Pumper Nic, mientras
discutíamos acerca de si Queen era o no, mejor que Kiss, y viceversa. No nos
pusimos de acuerdo (los fans de Kiss nunca aprenderán). Éramos libres y felices.
Y teníamos nuestros morrales.
Desde entonces y a través de los años, camino a diario por esa zona
de la ciudad, pasando siempre por la vieja galería subterránea que conecta
Pellegrini con Cerrito, y el mismo tipo sigue allí, inmutable e inalterable al
tiempo con su rostro inexpresivo y su mirada en la eternidad. Con los años
comencé a descubrir, en mi andar de rata de microcentro, que ese no era el
único personaje inmune al paso del tiempo que circundaba el área del obelisco,
también está el mozo de cara redonda del bar “La Estrella” de Maipú esquina
Lavalle, o los viejos expertos lustrabotas de la casa de lustre “Argento” de la
calle 25 de mayo (que siempre fueron viejos). Ellos y algunos más, todos con
sus ojos en el vacío, quizá de alguna época en la cual se quedaron para no
cambiar jamás.
De todos estos extraños seres, quizá el más
llamativo y accesible al diálogo, es ese al que apodan “El Mago”, un tipo con
todo su cuerpo y cara tatuados, de contextura pequeña y pelado, lleno de piercings y cuanta modificación corporal
uno pueda imaginarse que trabaja justamente y según siempre dijo, de tatuador,
y a quien se puede ver a menudo por las galerías de Lavalle en su tramo
peatonal. En una época hablábamos seguido, incluso cuando viví en Mar de Plata
en los noventas, el tipo también estuvo un tiempo allá en La Feliz, escapando
de algo que oportunamente me contó y no viene al caso revelar ahora. Meses
atrás, yo volvía de una cena un jueves a la noche –casi medianoche- y me lo
encontré caminando solo por Carlos Pellegrini, desde Viamonte y en dirección al
obelisco, la vereda estaba desierta, y las luces de neón destellaban en la
avenida. Me le puse a la par y le dije: “Hey, Mago”, y el tipo se dio vuelta.
No sé si me reconoció o si me saludó de compromiso atento a que lo llamé por su
apodo, y me dice: “Hola, ¿Cómo andás?”, “Todo bien”, le contesto, “volviendo a
casa”. “Y si, mañana hay que laburar” me
agrega, “Pero estoy apurado”, dice acelerando el paso, como queriendo
despegarse. Percibí que mi presencia lo incomodaba, así que me despedí de él y
fingí que doblaba por Tucumán a la izquierda.
Luego retomé unos pasos, y al asegurarme de que no miraba para
atrás, lo seguí, pero a una distancia en la que él no pudiera verme, y así
amparado en la noche, fui tras sus
pasos. Cruzó la 9 de Julio, y caminó media cuadra por Corrientes hasta el bar “El
Vesuvio”. Entró. Tras él, entré yo. Como siempre el Vesuvio estaba abierto e
iluminado, vi como los mozos lo saludaban con la cabeza y le daban paso para
que subiera al piso de arriba. Conmigo no fue igual, cuando yo entré los camareros
me miraron como para que me siente en alguna de las mesas de la planta baja (es
sabido que ese bar solo tiene mesas abajo dando a la calle, y arriba solo están
los baños y un gran salón vacío). “Paso al baño y ya vuelvo. Te encargo un café
en jarrito” le dije al mozo que se me acercó. Con un gesto desconfiado, el
mozo, aceptó. Subí rápido y llegué a ver que el Mago en el primer piso se metía
por una puertita al costado de los baños. Todo lo que hay en esa planta son
mesas y sillas arrumbadas y una orquesta inmóvil de muñecos que representan a
figuras emblemáticas del tango como Gardel o Troilo con su bandoneón. Sin
dudarlo esperé unos segundos y atrás me metí yo por la misma entradita por
donde mi perseguido acababa de pasar. Solo había un pasillo oscurísimo y
estrecho. Nada se veía, ni el Mago, ni el final del corredor. Solo oscuridad.
Cerré la puerta a mis espaldas. Tengo mi experiencia en lugares oscuros y me sé
esa técnica de cerrar los ojos y contar hasta diez. Lo hice, y al abrirlos pude
ver algo mejor pero en penumbras. Caminé y caminé con las yemas de mis
dedos tocando las paredes a mis costados,
hasta que de repente del lado derecho percibí que la larga textura del corredor
se interrumpía por la madera de una puerta. Tanteé en la oscuridad y al
encontrar el picaporte lo giré y entré. Allí, había una escalera descendente
algo más iluminada que me llevó hasta otra puerta, a la cual a medida que me
acercaba iba escuchando ya los sonidos de la avenida. Al llegar a esa puerta
pasé y salí a la 9 de Julio nuevamente. Llegué a la vereda y allí parado vi que
algo había cambiado, o todo.
En el medio de la avenida no estaba el amarillo Metrobús, sino que
por el contrario había frondosos árboles que daban un halo de misterio a la
noche. Miré al obelisco y no tenía rejas que lo rodeasen, y agudizando la vista
en dirección a Corrientes logré ver las marquesinas de los teatros que anunciaban
el estreno de una puesta en escena rutilante con el Negro Olmedo en el rol
central: “El Manosanta está cargado”. Algunos taxis eran Falcon, otros eran
Peugeot 404, y se podía escuchar que al acelerar sonaban como autos verdaderos.
Caminé unos metros hasta la entrada del Hotel República por Cerrito, y allí lo
vi al Mago nuevamente, mirándome fijo con una sonrisa burlona. “Sabía que me
venías siguiendo”, me dijo. “Y te dejé llegar hasta aquí. Sabía que no me
defraudarías”, agregó. “Hay una Buenos Aires que viviste, y otra que imaginaste
o quizá soñaste. Bienvenido. Este lugar no es para cualquiera”. El mago hablaba
y los tatuajes de su cara parecían cobrar vida. Y siguió: “Un amigo tiene algo
para vos”. Desde el Hotel República, salió entonces aquel vendedor de bolsos
del pasaje subterráneo, quien se me acercó con gesto cómplice con un paquete de
papel envolviendo algo. Vi sonreír a ese tipo por primera vez en mi vida. “Esto
es para vos” me dijo con su cara de Larry. Y me entregó un misterioso regalo,
cuyo envoltorio de papel rompí en cuestión de segundos. Allí había un morral
idéntico a aquel que tuve en mis años de secundaria. Al agarrar mi presente
escuché que algo tintineaba allí dentro. Lo abrí, y había un juego de llaves de
un auto. Me quedé perplejo, y vi como el Mago y el vendedor de morrales me
saludaron con la mano y se alejaron por la avenida perdiéndose en la oscuridad.
Allí estaba yo, parado junto al cordón de la vereda de una extraña
avenida 9 de Julio con un morral colgado del hombro y unas llaves en la mano,
cuando escuché el sonido de un motor americano a mis espaldas y enseguida una
frenada justo al lado mío. Me di vuelta para ver que sucedía, y pegado a mí en
la entrada para autos del Hotel, acababa de estacionar una cupé Chevrolet ’51
color negra con todos sus cromados intactos. Del auto se bajaron dos viejos
personajes conocidos para mí: los lustrabotas de la casa Argento. El que estaba
del lado del conductor dejó su puerta abierta, diciéndome: “Esta es tu noche
pibe”, y también se alejaron entre las luces de la avenida. Inmediatamente y
con las llaves que tenía en mi mano derecha, entré al auto, y en efecto, las
llaves eran las indicadas: medio giro de tambor, una acelerada en punto muerto
y arrancó como coche nuevo.
Esa noche recorrí Buenos Aires en una cupé Chevrolet 1951. Pasé por
el Gran Rex y se anunciaba un show de Soda Stereo presentando “Sueño Stereo”,
bajé hasta Barracas y vi a los compadritos en la vereda de sus patios tangueros
mirarme desafiantes, retomé por la Manzana de las Luces y vi elegantes damas
con vestidos largos subirse a carruajes tirados por caballos de crines
impecables, doblé por Arroyo y lo vi a Ringo Bonavena en la puerta de Mau Mau,
paré a tomar un trago en la barra del Morocco y finalmente, al salir el sol me
fui a desayunar al Open Plaza.
Luego ya con la luz del día, volví con mi cupé 51, esa que muchas
veces había soñado, y la estacioné de
nuevo en la puerta misma del hotel República. Allí la dejé cerrada, pero me
quedé con mi morral y con las llaves de ese auto con el que me habían honrado
aquellos ciudadanos ilustres fuera de tiempo. Y me volví caminando hasta esa
pequeña puerta que, a través de pasillos oscuros me devolvió al primer piso del
bar El Vesuvio. Allí seguía la inmóvil orquesta fantasma y, escaleras abajo,
era una mañana común y corriente. Los mozos me saludaron, y mientras salía uno
de ellos me dijo: “Queda pendiente el café en jarrito”. Detrás de la barra de
esa cafetería, vi una foto-collage en blanco y negro en la cual entre infinitos
rostros me sonreían Pepitito, Tita Merello y Minguito. Al salir a la calle,
todo era normal, con taxis Voyage silenciosos, Metrobús y sin carteles de espectáculos
que valiesen la pena.
Conozco un pasaje clandestino, que me conecta con otra Buenos Aires.
De vez en cuando en noches de luna llena, suelo escaparme por esa puerta oculta
por la que pasan algunos personajes urbanos fuera de tiempo. A pocos metros de
allí me espera un auto legendario en el cual puedo pasear por una ciudad
eterna.
Recomiendo de tanto en tanto, darse una vuelta por el bar El Vesuvio
para tomarse un café comprendiendo ahora, los códigos que encierran su mural de
fotos y sus músicos inmóviles. Y claro, disimuladamente, escaparse un rato por
la puerta secreta subiendo las escaleras. No teman a la oscuridad.
CESAR
RODRIGUEZ BIERWERTH
miércoles, 22 de octubre de 2014
PRESENTACIÓN EN LA FERIA DEL LIBRO HEAVY
El 1 de noviembre estaré en la FERIA DEL LIBRO HEAVY METAL, en 33 Orientales 1150 Capital, desde las 16 hs. presentando mi libro para el público rocker, por la relación de mis historias de fierros con la filosofía del metal y la cultura rock en general. Allí venderé ejemplares de LA RUTA DE LOS INMORTALES, y hablaré en el escenario alrededor de las 20 30hs. Los espero.
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